Una de las mayores preocupaciones, cerrada esta medianoche la campaña electoral, es la participación en la jornada de votación del próximo domingo. Ninguna encuesta electoral ha pronosticado, por ejemplo, en Barcelona una participación similar a la de 2019, que fue del 66,17%, sino varios puntos por debajo, situándose alrededor del 60%. Es obvio, por lo que parece, que la polarización política entre bloques que había hace cuatro años tenía una mayor capacidad de movilización que la disputa que ha habido en esta ocasión para llevar a la práctica el enorme malestar existente en la ciudad por la gestión de sus principales problemas —seguridad, limpieza y movilidad— y la pérdida de autoestima de la capital catalana.
Volvemos, por tanto, a una participación más cercana a momentos preprocés cuando, por ejemplo, en 2015 fue del 60,59%; en 2011 del 52,98%, o en 2007 del 49,62%. Como la abstención es selectiva y la alcaldía puede depender de unos pocos miles de votos, van a acabar siendo muy importantes dos cosas: la movilización de los votantes propios y las ganas de acabar con el proyecto de Barcelona de estos últimos ocho años. ¿Quién va a tener más voto oculto y quién ha aprovechado mejor los mensajes que se emiten estas últimas horas para concentrar el voto útil?
Lo hemos dicho en varias ocasiones durante estas últimas semanas, el triple empate beneficia a Ada Colau, al ser la única que defiende el legado de estos ocho años y al desplazarse el candidato socialista Jaume Collboni a disputar el liderazgo del cambio pese a haber compartido gobierno y responsabilidades de la gestión de Barcelona durante estos últimos ocho años. La idea de cambio es claramente ganadora —el 70% de los barceloneses apuestan por un relevo en el ayuntamiento— el problema surge cuando el candidato del PSC se encuentra más cómodo criticando las políticas que se han hecho que defendiéndolas.
El desembarco este viernes de la plana mayor del PSOE —desde Pedro Sánchez a José Luis Rodríguez Zapatero— y de Sumar —con la vicepresidenta Yolanda Díaz al frente— remarca la idea de la importancia que tiene Barcelona en clave española ante las previsibles derrotas de la izquierda en muchos feudos que ahora gobiernan. La cuestión es si este interés de balón de oxígeno que tiene para la izquierda en España, lo tiene dentro de Catalunya y de Barcelona para aquellos catalanes y barceloneses que votan formaciones políticas sin vinculaciones a partidos con sede en Madrid.
La movilización de las municipales de 2019 tenía este punto de tracción a la hora de empujar a este tipo de formaciones políticas. En esta jornada de reflexión de este sábado vale la pena que el mensaje sea de reclamar la mayor participación posible para que el resultado sea un fiel reflejo de lo que los ciudadanos quieren. Mejor eso que quejarse después durante cuatro años.