Como era previsible y no podía ser de otra manera, el grave accidente de Urda, en Toledo, en el que murieron 69 personas fruto de una evidente falta de inversión en la seguridad de la vía, que desembocó aquel fatídico día en que se produjera un problema informático que provocó la caída del sistema LZB, y que el encargado de supervisar la seguridad errara, seguramente, en la gestión del tráfico ferroviario, ha acabado teniendo un efecto sobre la campaña de las elecciones del 29N. El tono, sin duda, es diferente, y vectores como la seguridad, la estabilidad, la economía y una cierta idea de final de ciclo parecen estar ganando posiciones en la decisión de los electores.
Las diferentes encuestas coinciden en una alta movilización de las derechas, concentración del voto de izquierdas en el PSOE y una cierta desmovilización del electorado moderado socialista, que prefiere más quedarse en casa que votar al PP. Este fin de semana, volveremos a tener una nueva oleada de proyecciones demoscópicas y, seguramente, pocas cosas habrán cambiado. Pedro Sánchez sigue muy lejos de poder continuar en la Moncloa después del 29N, e incluso va por detrás en la batalla —importante, pero en la práctica menor— de superar al PP, aunque estos sumaran la mayoría absoluta con Vox. Y el tiempo se le agota al líder socialista, ya que este domingo faltarán tan solo tres semanas para acudir a votar y la catástrofe ferroviaria sigue demasiado presente, por más que el PSOE intente fijar el frame de la DANA de Mazón o de la gestión de las residencias de Isabel Díaz Ayuso durante la pandemia a un mismo nivel y explicar que la respuesta de unos ha sido dimitir y la de otros, cogerse a la silla.
El tono, sin duda, es diferente, y vectores como la seguridad, la estabilidad, la economía y una cierta idea de final de ciclo parecen estar ganando posiciones en la decisión de los electores
Pero eso no funciona, si hacemos caso a las encuestas. Una de las cosas del tiempo actual es la rapidez con que las cosas pasan y son consumidas mediáticamente. Solo hace falta recordar el llamado caso Maricarmen, fallecida el pasado 7 de octubre en Madrid, y que fue el detonante para que Sánchez convocara elecciones avanzadas tras el rechazo de los reales decretos ley en materia de vivienda. Tenía una bandera, la vivienda, más allá de que hubiera hecho poco su gobierno en ocho años, que dejaba de lado los casos de corrupción. De hecho, parece haber un convencimiento general en la sede de los dos grandes partidos de que este jamón ya ha tocado hueso. Este sábado, 7 de noviembre, se cumple un mes de Maricarmen y ha desaparecido del radar mediático.
Queda la huelga del próximo miércoles, claro está. Que será el banderín de lanzamiento y de enganche de la campaña, que formalmente se inicia el jueves noche con la tradicional pegada de carteles. Vamos a ver cómo se mide el éxito o el fracaso de la misma, teniendo en cuenta el teletrabajo y el primer pulso que se está produciendo entre empresarios y sindicatos sobre cuáles han de ser los servicios mínimos. Sánchez y la izquierda necesitan una victoria aplastante de la jornada para volver a intentar estar en la partida electoral. La suerte parece echada y la campaña, más allá de insultos y descalificaciones, tiene poco de atractiva. Incluso, parecen haber caído en desuso el aprovechar estas semanas para poner propuestas encima de la mesa. Será también que han perdido credibilidad y la gente utiliza otros parámetros para decidir su voto.
