Isabel Díaz Ayuso ha vuelto a meter la pata. En esta ocasión, como en muchas otras, subida a lomos de su intransigente visión uniforme de España que le hace ser un arquetipo de política madrileña: con ella no hace falta Vox, ya que Ayuso engloba con su discurso primario pero convincente la idea de que las autonomías han de ser meros gestores de competencias transferidas. Pero nada de tener poder, ni tampoco de conservar rangos identitarios. Para la presidenta madrileña, cualquier asomo de identidad diferente a la española es poco menos que un anatema y también provinciano.
Ayuso ha sacado sus garras después de que el presidente del gobierno vasco haya intensificado su reclamación histórica para el traslado del Guernica de Pablo Picasso desde el Museo Reina Sofía de Madrid —en el que se encuentra desde 1992, después de once años en el Casón del Buen Retiro— al País Vasco, específicamente al Museo Guggenheim de Bilbao. El pintor malagueño realizó el mural en su taller de París por encargo del Gobierno de la Segunda República para el Pabellón Español de la Exposición Internacional de 1937. Después de su gira por Europa y los Estados Unidos, recaudando fondos, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la posterior dictadura de Franco, Picasso decidió que la obra quedara bajo la custodia del Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York hasta que se restablecieran las libertades democráticas en España.
Para la presidenta madrileña, cualquier asomo de identidad diferente a la española es poco menos que un anatema y también provinciano
Pero en 1981 el Guernica volvió a España. Fue poco después del golpe de Estado de 23F y el Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo decidió que su ubicación era Madrid, ya que esa era la voluntad de Picasso. También influyó que no había ningún museo en el País Vasco, un museo con las características de seguridad y envergadura internacional necesarias para albergar una pieza de tal calibre. El Museo Guggenheim Bilbao, por ejemplo, no se inauguró hasta el año 1997. Ahora todo es diferente: las condiciones políticas, por descontado, y las museísticas, también. Y la mayoría de Pedro Sánchez permiten negociaciones de esta envergadura.
Ayuso, que es incapaz de matices y de ahí también su punch electoral, ha tildado las pretensiones nacionalistas de "ciegas, absurdas, catetas; un burdo negocio político". Más allá de que carece de razón alguna, estirando de este hilo, sorprende que no se alinee con Catalunya en el traslado de las pinturas de Sijena. Porque todo lo que ahora defiende, desde el peligro de deterioro en el cuadro hasta donde ha estado ubicado en los últimos años, es justamente lo que le daría la razón a la Generalitat frente al gobierno aragonés.
Y eso que el gobierno vasco solo pide el traslado temporal del Guernica a Bilbao para su exposición entre el 1 de octubre de este año y el 30 de junio de 2027 con motivo del 90 aniversario del primer gobierno vasco y del bombardeo de la localidad vizcaína de Gernika el 26 de abril de 1937, en plena Guerra Civil. Para Ayuso, los vascos pueden venir a Madrid al Reina Sofía a disfrutar de esta obra, que también está a disposición del resto de ciudadanos, ya que, según ella, es patrimonio de todos los españoles. Su argumento final es que "lo que no se puede hacer es dividirlo por 17 estados, naciones y de esta manera seguir alentando ese sentimiento". O sea, que todo se quede en Madrid. Lo preocupante no es que ella lo diga, sino que son muchos los que lo hacen y no lo dicen.