El crecimiento de la población española, por encima de la media europea de estos últimos años, y el fuerte tirón del turismo, como una palanca que parecía inagotable de la economía española, han permitido ofrecer un marco general que distaba mucho de la realidad de las familias, pero que era irrebatible. España crece y crece más que la economía del euro y, además, recibe felicitaciones por doquier. Este fetiche sobre el que ha cabalgado Pedro Sánchez buena parte de su mandato y, sobre todo, esta última legislatura está, cuando menos, en revisión. Que el IPC pase del 3,2 % en junio al 3,6 % en julio y el 4,3 % provisional en agosto demuestra que las medidas adoptadas por el Gobierno —cinco meses por encima del 3 %— no han conseguido contener suficientemente el impacto con toda la retahíla de consecuencias que tiene para los ciudadanos.
Las familias sí que van a notar inmediatamente este aumento, ya que, al no aumentar igual los ingresos, pueden comprar menos, con lo que su poder adquisitivo se reduce. Se encarecen la electricidad, los carburantes, el transporte, la vivienda, los huevos, la carne de vacuno y numerosos productos. No se trata de una subida aislada de las energías, sino de la constatación de que la presión inflacionista sigue extendida por la economía española. En este contexto, es muy difícil que el BCE rebaje tipos y, en cambio, viene a confirmar que el aumento de junio está en línea con lo que ahora se necesita. Es preocupante para España el diferencial de inflación armonizada del 3,9 % respecto al 2,9 % de la zona euro. Un punto de diferencia acaba encareciendo progresivamente producir en España frente a sus socios.
Las medidas adoptadas por el Gobierno no han conseguido contener suficientemente el impacto, con toda la retahíla de consecuencias que tiene para los ciudadanos
A ese pésimo IPC se une productividad insuficiente y una proporción relativamente baja de población empleada, debido principalmente al elevado paro. La OCDE ha venido destacando que las ganancias recientes de producción se han apoyado más en el empleo que en la productividad, y señala como problema el reducido tamaño empresarial. Los servicios de menor valor añadido actúan como motor de la economía, con las ventajas y los inconvenientes ya conocidos; mientras se produce una inversión insuficiente en I+D, tecnología y activos intangibles, existe un menor peso industrial que en Alemania y otras economías del centro de Europa y la formación profesional y universitaria no conecta siempre con las necesidades empresariales.
Y pese al récord de turistas que, seguramente, tendremos al final del verano, se ha evidenciado algo que tiene su relación con el aumento del IPC y la pérdida de poder adquisitivo de las familias. Más de uno y más de dos hoteleros y restauradores de la Costa Brava o de la Costa Daurada coincidían en una reducción importante del consumo por persona y en cómo se habían apretado el cinturón este mes de julio y agosto. El mismo número de personas y un gasto mucho menor por habitante. Esta frase de uno de ellos es más gráfica que cualquier presentación macro que se pueda hacer: "Aquella alegría de años anteriores no la hemos visto; al revés".
