Cuesta encontrar un calificativo suficientemente preciso y que pueda ponerse por escrito para calificar el grado de cinismo del presidente del gobierno español a la hora de trasladar la responsabilidad de la represión que está padeciendo el independentismo a sus propios dirigentes. No es un disparate que pueda ser inhabilitado por el Tribunal Supremo un president de la Generalitat por colgar una pancarta, es que él se lo ha buscado. No es una aberración jurídica la exagerada condena de los miembros del Govern y entidades soberanistas por el referéndum del 1 de octubre, es que ellos se lo han buscado. No vale la pena entrar en la actitud de la Fiscalía General del Estado, primero con el PP y ahora con el PSOE, porque actúa siempre con gran profesionalidad, olvidando aquellas palabras que le perseguirán siempre cuando quiso hacer un guiño al independentista en campaña y se atribuyó la autoridad sobre ella ya que la designación venía directamente del Consejo de Ministros.

Y así podríamos ir siguiendo ya que de la boca de Pedro Sánchez, cómodo en una de sus plataformas favoritas, La Sexta, no hay autocrítica sino un único mensaje: el independentismo tiene que pasar página y aceptar unas reglas de juego que no se van a modificar. La ley tal como se está aplicando ha venido para quedarse y los procesos judiciales seguirán mientras no haya un cambio de actitud. Eso sí, formalmente mano tendida al diálogo y a la rectificación del independentismo para iniciar lo que él define como un reencuentro y que a buen seguro tiene muchos otros nombres que no se parecen a este. El final desde que Sánchez está en la Moncloa siempre es el mismo: el líder del PSOE en el centro del tablero habla y habla de lo que no practica mientras el independentismo no sabe cómo jugar la partida ya que pasan más tiempo pensando en anularse entre ellos que en preparar el embate con el Estado que dicen querer llevar a cabo.

Este domingo se ha cumplido el tercer aniversario de los hechos del 20 de septiembre de 2017, una fecha clave en todo el desencadenante de los hechos de octubre y el primer acto en que se pudo visualizar que el estado español iba a jugar a fondo la partida de la represión policial y judicial. La entrada en la Conselleria d'Economia plasmó el choque en directo, y de aquella impresionante respuesta popular ante la sede de Rambla de Catalunya vendría a las pocas semanas la entrada en prisión de los dos Jordis y la condena posterior a nueve años por sedición que cumplen en la prisión de Lledoners.

También debe de ser culpa de ellos, según Pedro Sánchez, a quien no le importa nada que numerosas organizaciones, como Amnistia Internacional o un grupo de trabajo de la ONU, hayan pedido insistentemente su inmediata puesta en libertad por la vulneración de los derechos de libertad de expresión y de reunión. Culpabilizar a las víctimas es una estrategia demasiado vieja e irresponsable aunque permite observar que hace mucho tiempo que la verdad dejó de interesarle.