Más de 34 años después de que el ayatolá Jomeini llamara a matar a Salman Rushdie por haber escrito la novela Los versos satánicos, una obra ficticia en la que combina la reflexión filosófica con el sentido del humor sobre el profeta Mahoma, el escritor angloindio —ya que nació en Bombay pero se trasladó al Reino Unido para estudiar en la facultad de Historia de Cambridge— ha sido apuñalado en el cuello en el Estado de Nueva York, cuando se dirigía a pronunciar una conferencia. La acción merece una condena sin paliativos, que esperemos se oiga alto y claro por parte de todos, y el deseo de una rápida recuperación. Al parecer, ha sido herido con una arma blanca diversas veces antes de que el atacante fuera reducido por los equipos de seguridad de la sala. Su estado, sin confirmación oficial, sería grave y le estarían operando.
Salman Rushdie, que vive en Nueva York, ha contado desde 1988 con protección policial de diversa intensidad en función de que las amenazas que recibía periódicamente fueran más o menos creíbles. Igualmente, se acostumbró a vivir primero oculto de la opinión pública, una situación que se prolongó durante nueve años, y, más tarde, en un cierto aislamiento. Durante la última década su situación cambió y pasó a disfrutar de una importante actividad social en la ciudad de los rascacielos. Recluido o hiperactivo, el éxito de Rushdie como escritor le ha convertido en uno de los autores más vendidos en lengua inglesa.
Para una generación formada intelectualmente en los años ochenta y noventa, Rushdie ejemplariza mejor que ningún otro los valores en defensa de la libertad de expresión, tantas veces cuestionada también por razones religiosas, una circunstancia que le ha llevado durante todos estos años de amenazas y dificultades a convertirse en un símbolo y un genuino representante frente a la barbarie, el odio, la intolerancia y el fanatismo. De ahí, también, que el despreciable ataque que ha sufrido en Nueva York haya tenido un enorme impacto mundial y una amplia condena en el mundo occidental.
Habrá que esperar a conocer las razones que han llevado al joven que le atacó y le hirió a realizar la acción, pero siempre ha sobrevolado la idea durante estos años de que, en parte, seguía pesando la fetua de Jomeini y la orden pública de ejecución formulada a toda la población musulmana del mundo. Eso pese a que dos décadas después de la orden del ayatolá, el gobierno iraní declaró que ya no buscaba su ejecución. Porque detrás del brazo ejecutor suele haber un instigar de fondo que alimenta toda esta barbarie.