Yo de mayor quiero ser consellera de Educació. Lo digo en serio. No por vocación de servicio —que también—, sino porque he hecho cálculos y me ha salido que con 8.885,13 € al mes la vida se ve (y se vive) de otra forma. A lo mejor incluso el catalán correcto deje de dar pereza y las reuniones interminables pasen a ser “espacios de reflexión estratégica”.
Si fuera consellera, lo primero que haría sería prohibir el Drive. Dejemos de hacer carpetas, informes y actas de reuniones. Dejemos de crear documentos y documentos y documentos que no van a ninguna parte y no aportan nada. Demos clase y ya está. ¡Preparemos la materia y ya está! También me aprendería los nombres de todas las direcciones de Catalunya y les diría: ¡BASTA! Vosotros ya no mandáis ni cortáis el bacalao. A partir de ahora mandan los que corrigen en la cocina mientras se les quema el sofrito, los que hacen de psicólogos sin haber estudiado psicología, los que explican la Revolución Francesa en un aula a treinta grados y una ventana que no cierra desde 1998. Los miraría a los ojos y les diría: “Tranquilos, ya estoy aquí, y ahora, con mi sueldo de casi nueve mil euros, os arreglaré la vida”. Y todos los equipos directivos, con lo educados que son, quizás hasta me aplaudirían.
Después haría un gesto heroico, revolucionario: escuchar al profesorado. No solo no les haría hacer informes con gráficos de colores, sino que les haría utilizar frases reales, simplemente les haría decir la verdad: “los niños no saben leer”, “en el patio ya no se habla catalán”, etc. Me lo apuntaría todo en una libreta muy mona, de piel reciclada y pagada con dinero público, cortesía de todos vosotros, claro está.
También decretaría que el catalán dejara de ser esa lengua que siempre tiene que pedir perdón. Basta de “hagamos la reunión en castellano porque los padres no nos entienden” y basta de “habla como quieras, no pasa nada, que ya te entiendo”. Sí que pasa. Pasa que la lengua se debilita, se encoge y acaba siendo solo la lengua de los exámenes y de los discursos institucionales. Yo desearía un catalán de patio, de grito, de broma sucia y de nota de amor mal escrita dentro del estuche. Si hay que insultar a un profesor, que no se le llame ‘gilipollas’, que se le llame ‘datpelcul’, y a poder ser que no se caguen en ‘nuestros muertos’, que se caguen ‘en la mare que ens va arribar a parir’, pero que sea en catalán.
Si yo fuera consellera, prohibiría otra práctica muy concreta: las frases vacías y los eufemismos. Eso de “pondremos al alumno en el centro del aprendizaje”, “impulsaremos la innovación”, “trabajaremos para la excelencia”. Cada vez que alguien pronunciara una de estas fórmulas, tendría que pasar un día entero sustituyendo a un profesor de segundo de ESO un viernes a última hora. ¡Ah, y también acabaré con la dictadura de las siglas. ¿Qué cojones es esto de sacar un NA? ¡No! ¡Con la consellera Valentina Planas, volveremos a suspender y volveremos a sacar sobresalientes!
Si yo fuera consellera, a los maestros simplemente les haría decir la verdad: “los niños no saben leer”, “en el patio ya no se habla catalán”, etc.
También revisaría esa manía de tratar a las familias como a clientes de un hotel con bufé libre. La escuela no es un Tripadvisor donde puntúas a la maestra con estrellitas porque ha puesto demasiados deberes o muy pocos. Educar es incomodar un poco, frustrar un poco, decir que no de vez en cuando. Y esto, lo siento, no entra en ninguna hoja de reclamaciones.
Y con mi sueldo glorioso realizaría otro acto obsceno e impensable: invertiría en dignidad. Más maestros, menos powerpoints. Más bibliotecas abiertas, menos proyectos con nombres en inglés que nadie sabe pronunciar. Más hacer proyectos de base, con sentido y juicio, aunque no ganemos concursos o que no nos presentemos a premios, aunque no nos den subvenciones. Cuando yo sea la cara visible de esta conselleria, no se caerá nunca más en la tentación de hacer “por los demás”. Ah, y también tendremos más tiempo para preparar clases y menos tiempo para demostrar que preparamos clases.
Está claro que desde mi macrodespacho todo parecerá más fácil. Las aulas vistas desde un coche oficial son como maquetas: silenciosas, ordenadas, sin olor a rotulador gastado ni a mochila de adolescente. El peligro es este: que los 8.885,13 € mensuales hagan de amortiguador entre la realidad y el sillón.
Por eso yo, si fuera consellera, me pondría una alarma en el móvil todas las mañanas: “Recuerda que tú eras profesora y recuerda quién eres”. Y otra por la tarde: “No te lo creas demasiado, Valentina”. Porque gobernar la educación debería ser esto: no olvidar nunca que detrás de cada decreto hay un niño que aprende a leer y un maestro que todavía cree que vale la pena todo esto de enseñar.
Yo de mayor quiero ser consellera de Educació, sí. Pero solo si puedo mirar a los docentes sin que se me caiga la cara de vergüenza. Y si no, siempre me quedará otra opción: regresar al aula, cobrar mucho menos y seguir haciendo lo que realmente sostiene a este país: hablar, enseñar y resistir en nuestra lengua.
Espero la llamada con la propuesta, pero mientras tanto… Mucha paciencia para todos.