Lima (virreinato español del Perú), 12 de octubre de 1761. Hace 265 años. Manuel d’Amat i de Junyent tomaba posesión del cargo de virrey del Perú, el territorio colonial más rico de la América hispánica. Amat venía de Santiago de Chile, donde había sido gobernador del distrito más meridional del virreinato del Perú (1755-1761). El ascenso de gobernador a virrey era el camino natural trazado para un alto funcionario capaz de ejercer la autoridad con lealtad y honestidad a la Corona, y capaz, también, de cultivar y mantener una buena sintonía con las oligarquías criollas. Amat, al jurar el cargo, se convertía en el primer catalán, desde 1714, que era nombrado virrey hispánico, y despertaba muchas expectativas y, al mismo tiempo, muchas reservas. ¿Sería, realmente, el funcionario leal y honesto con la Corona y apreciado por su sociedad que merecería pasar a la posteridad?
¿Cómo llega Amat al sitial virreinal de Lima?
La carrera de Amat estaría muy asociada a la de otro alto funcionario de la Corona española: José Antonio Manso de Velasco. En 1755, Manso de Velasco, gobernador de Chile, era ascendido a virrey del Perú, y Amat, que era comandante en Mallorca, era nombrado al frente de aquella gobernación americana. Hasta aquí, este movimiento no indica nada. Pero, seis años después (1761), el virrey Manso de Velasco se retiraba y lo relevaba, de nuevo, Amat. Y este nombramiento ya indicaba algo. ¿Por qué Amat seguía los pasos de Manso? Pues, por ejemplo, porque el virrey saliente y el padre del virrey entrante habían sido amigos y compañeros de armas en el ejército de Felipe V durante la Guerra de Sucesión hispánica (1701-1714/15) y, más concretamente, durante la campaña de ocupación borbónica de Catalunya (1707-1714).

¿Por qué Carlos III nombró a Amat?
El eje que une las carreras de Manso y de Amat —que transpira un hedor de amiguismo y de favoritismo— se explica, también, desde el clima de guerra sorda que dominaba la cancillería borbónica de Madrid y que enfrentaba al partido del poderoso marqués de la Ensenada —Zenón de Somodevilla—, secretario de Hacienda y de Marina durante el reinado de Fernando VI y que tenía el apoyo incondicional de la Compañía de Jesús, con la facción del, también, poderoso duque de Alba —Fernando de Silva y Álvarez de Toledo—, amigo personal de los reyes —Fernando VI y Bárbara de Braganza— y que se movía con la complicidad de las sociedades secretas de illuminati y de masones. Los ascensos de Manso y Amat, eslabones de la cadena de poder de Ensenada y de los jesuitas, se producirían cuando este partido tenía el favor del rey. De Fernando VI (1746-1759) o de Carlos III (1759-1788).

¿Por qué Carlos III nombró a un virrey catalán?
Un simple vistazo a la nómina de altos funcionarios de la España del siglo XVIII revela que el régimen borbónico nunca confió en los catalanes. Ni siquiera en los botiflers. De los cuarenta capitanes generales —la máxima autoridad política, militar y judicial en la “provincia”— que el régimen borbónico nombró en Catalunya entre 1714 y 1800, no había ni uno que fuera catalán. Y en el resto de las “provincias” de la metrópoli (los territorios peninsulares), tampoco. Por lo tanto, el catalán Amat, con su nombramiento como virrey (un cargo muy superior al de capitán general de “provincias”), se convertía en una exótica novedad. Pero, ¿por qué Amat? Pues, por su relación clientelar con Manso de Velasco y con Ensenada —en aquel momento, la facción que tenía el poder en la cancillería de Madrid— y... por su carácter.

El carácter de Amat
Las minas de Potosí eran, en 1761, la última fuente de recursos en forma de metales de la América colonial hispánica. Y eso daba una especial importancia al virreinato del Perú, porque las extracciones de Potosí aliviaban la pésima situación de las arcas de la Corona española. No obstante, aquella fuente de recursos era, paradójicamente, un problema para la Corona, porque, a partir del tránsito de aquellos metales (Potosí-Lima-Cádiz), el aparato colonial —en manos de las clases criollas— había creado un fenomenal agujero de corrupción. Carlos III y Squillace aceptarían el relevo de Manso por Amat porque venía de parte de quien venía y porque venía precedido por una fama de personaje extremadamente seco, duro, hosco y grosero. Y con todo eso se supuso que tenía el perfil que se necesitaba para desmantelar aquella trama de corrupción.
En la entrega de hoy hemos presentado las causas que explican el ascenso de Amat a un cargo que el régimen borbónico había vedado a los catalanes. Y en la entrega de mañana examinamos la gestión política y la vida personal de Amat en Lima y damos respuesta al enunciado de la pieza: “¿El virrey Amat fue, realmente, un funcionario leal, honesto y apreciado?”.