El tío de Víctor Amela formó parte de la quinta del biberón, aquellos chicos que fueron movilizados por el bando republicano para ir a la guerra con 16 o 17 años. Pero nunca le explicó nada de los hechos, a duras penas sabía que tenía una herida de bala en el pecho. Cuando murió, hace 15 años, Amela se preguntó porque no sabía nada de la historia de su tío, y por eso empezó a entrevistar a veteranos de la quinta del biberón que habían pasado por experiencias similares. Al fin, consiguió entrevistar 25 y estableció una relación especial con uno de ellos, Miquel Morera, de la Agrupación de Supervivientes Quinta del Biberón-41. Fruto de estas entrevistas, publica ahora Nos robaron la juventud (Rosa dels Vents en catalán y Plaza & Janés en castellano), un libro que ha presentado hoy con Miquel Morera, de 99 años.

Las respuestas que nunca tuvo

Amela asegura que con este libro trataba de averiguar qué le pasó a su tío y porque nunca habló. Y asegura haber encontrado respuestas. Las vivencias de otros miembros de la quinta, y algunas cartas de su tío y testigos diversos le han ayudado en este proceso (incluso se documentó sobre los "pelargones", los miembros de la "leva del biberón" del bando franquista). En realidad, el tío de Amela no fue el único al callarse. El mismo Miquel Morera pasó décadas ocultando los hechos. Era un pasado extremadamente doloroso, para toda la familia, ya que él y su padre pasaron 8 meses en la prisión, su madre estuvo encerrada 50 días a la penitenciaría de Les Corts. Y su hermano murió como consecuencia de las enfermedades adquiridas en el frente. La madre, que entonces estaba encerrada, no lo pudo acompañar durante su última enfermedad: "No lo pudo ver, ni vivo, ni muerto," explica. "Todos teníamos una herida abierta", comenta Miquel Morera, quién asegura que empezó a escribir sus experiencias hace 43 años, cuando nació su nieto, porque no quería que este ignorara lo que le había pasado. A partir de aquí empezó a reflexionar sobre el pasado, e incluso acabó formando parte de la junta de la Agrupación de Supervivientes. Ahora está muy satisfecho de hablar de una historia que cree que no debería olvidarse.

Una historia de piojos, miedo y hambre

Amela asegura que en sus entrevistas recogió un "material extraordinario, maravilloso", que tiene una gran riqueza por sus detalles. Afirma que la historia que aportan es más real que la de los libros de historia. Las historias son muy diversas: desde un soldado que explica que cuando se subía la cremallera de la chaqueta quedaba toda de color rojo al reventar los piojos que llevaban incrustados por todas partes, hasta el relato de Morera, que explica que a media guerra hicieron algunos intercambios con los franquistas. A cambio de papel de fumar (uno de los pocos bienes que los soldados republicanos tenían en abundancia) obtenían latas de carne, botellas de coñac... Unos encuentros que, según Morera, le otorgaban una gran satisfacción, porque ofrecían un espacio de humanidad en plena guerra, aunque afirmaba que habría disparado contra los soldados con los que habían separado en caso de un combate. Sabe de qué habla. Afirma que en un enfrentamiento en Miralbueno, cerca de Teruel, con una ametralladora disparó contra muchos soldados franquistas que se acercaban a la posición. Asegura que quizás mató a más de 50. Pero no se arrepiente: "si llegan a acercarse más y tirar bombas de mano en nuestra trinchera, nos hubiéramos muerto todos", comenta.

De la tragedia a la comedia

Morera tiene recuerdos extremadamente trágicos de la guerra, que él empezó con 16 años, acompañando a su padre, un militante de ERC que fue nombrado armero de la columna Macià-Companys, en el frente de Teruel. Explica que estuvo a punto de morir en un bombardeo de la Legión Cóndor, en Benassal, en el Alt Maestrat. En aquella ocasión, tras sobrevivir al quedar su casa en ruinas, se dedicó a recoger fragmentos de cadáver durante un par de días. Un recuerdo tan duro como los de los 30 días que se pasó en el Valle de los Pedroches, con una lluvia inacabable. Pero estas anécdotas se combinan con otras de un tono más tragicómico. Comenta que en una ocasión, en los Ports de Morella, un grupo de soldados que estaban haciendo una paella de conejo estuvieron a punto de ser rodeados por las tropas franquistas. Tuvieron que huir a toda velocidad antes de que los capturaran. Para evitar que el enemigo se aprovechara de la comida, que ya casi estaba a punto los soldados decidieron mearse dentro la paella antes de marcharse.

Del pasado al presente

Una de las gracias del libro es que combina los recuerdos del pasado con el posicionamiento actual de los veteranos. Amela los pregunta por su posición con respecto a la independencia, por qué piensan de la tumba de Franco... El mismo Morera, con su lazo amarillo en la solapa, no ahorra críticas a la CNT, tanto por la muerte del padre Donato, un mínimo del Guinardó con el que había tenido mucha amistad, como por su falta de determinación en defender la República. Pero confiesa que, todavía, no se sentiría a gusto hablando con un veterano del ejército franquista. Hace cinco años, unos mil veteranos fueron al homenaje que se hace cada 25 de julio al Cub de la Pau, en la Serra de Pàndols, en el municipio del Pinell de Brai (Terra Alta). El año pasado sólo quedaban cinco. Los veteranos supervivientes de esta quinta ya tienen cien años. Era la hora de salvar su legado y este libro puede contribuir a no olvidar a estos hombres con los que el país tiene una deuda. Miquel Morera se siente muy feliz de haber podido ver este libro, y asegura que había que hablar del tema.

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