Esta semana hemos estado esperando que la Luna se pusiera delante del Sol. Y me ha parecido una noticia extraordinaria. No tanto por el eclipse —que también—, sino porque durante unos días hemos tenido algo para esperar. Algo pequeño, inútil, maravilloso y efímero. No nos iba nada en ello. No nos cambiaría la vida. Al día siguiente tendríamos que seguir yendo a trabajar, poniendo lavadoras y pensando qué narices cenar, pero llegaría un momento concreto del día en que miraríamos hacia arriba y pasaría algo que nos haría ilusión.
Hemos buscado gafas, hemos consultado horarios, hemos mirado desde dónde se vería mejor y hemos sufrido por las nubes. Nos hemos enviado mensajes para recordarnos que no miráramos directamente al sol, como si de repente todos fuéramos un poco astrónomos y un poco madres. Y durante unas horas había gente preguntando "¿ya ha empezado?" y saliendo al balcón, a la calle o al jardín a comprobarlo. Pero lo mejor de todo es que no había absolutamente nada que pudiéramos hacer para que pasara antes.
El eclipse sería a la hora que tenía que ser. Y eso, en pleno 2026, ya es totalmente revolucionario. Porque nos hemos desacostumbrado mucho a esperar. Si queremos una película, la ponemos. Si queremos una canción, la buscamos. Si queremos comprar algo, mañana lo recibimos en casa. Si un audio dura cuatro minutos, lo ponemos a velocidad 2x porque, al parecer, ya ni siquiera tenemos cuatro minutos para escuchar cuatro minutos.
Hemos perfeccionado tanto la manera de no esperar que casi hemos eliminado la espera de nuestra vida
Hemos perfeccionado tanto la manera de no esperar que casi hemos eliminado la espera de nuestra vida. Y con ella quizás también nos hemos cargado una parte de la ilusión. Y la ilusión necesita tiempo, necesita ese espacio un poco absurdo entre saber que algo va a pasar y que finalmente pase. Necesita imaginar. Hacer planes. Mirar el calendario. Volver a preguntar…
Cuando éramos pequeños lo hacíamos constantemente. Esperábamos la Navidad desde un mes antes. El cumpleaños, dos meses. Las vacaciones de verano desde Semana Santa. Esperábamos una excursión del colegio, que llegaran los primos, que pasaran una película concreta por televisión o que los padres cumplieran aquel "el domingo ya iremos".
Y no creo que antes viviéramos mejor, pero sí creo que hemos confundido un poco la comodidad con la felicidad. Tenerlo todo inmediatamente es cómodo. Esperar algo con ganas es otra cosa. Quizás por eso me ha gustado tanto ver gente ilusionada por un eclipse. Porque no era un gran viaje, ni una compra, ni una experiencia de doscientos euros que luego colgaremos en Instagram. Era mirar al cielo durante un rato y punto.
Y pienso que quizás nos faltan estas cosas. No necesariamente eclipses, porque tampoco podemos ir pidiendo alineaciones astronómicas cada vez que estemos un poco aburridos, pero sí pequeñas cosas que sucedan un poco más adelante.
Un concierto para el que tienes las entradas desde hace meses. La primera noche de fiesta mayor. Una lluvia de estrellas en agosto. Aquel viaje que reservaste cuando todavía hacía frío. La verbena de Sant Joan. El día que abren la piscina. La primera nevada que hace días que anuncian. Cosas que quizás duran una noche, una tarde o incluso solo unos minutos, pero que tienen la virtud de empezar mucho antes de que lleguen.
Y quizás esto es lo que nos ha enseñado el eclipse. Que, a pesar de las entregas en veinticuatro horas, los mensajes instantáneos y la manía de quererlo todo ahora, todavía sabemos esperar. Solo nos hace falta algo por lo que todavía valga la pena esperar. Anteayer fue un eclipse, mañana puede ser cualquier otra cosa.