Hoy quiero confesarme, como lamentaba la Pantoja en su copla: escuchando las notas de una guitarra / que le debo a la vida tantas cosas / y he cantado bajito alguna nana / alguna nana, hoy quiero confesar. Tiraré rápido de la tirita, pa’que duela menos: a mí C. Tangana no me gustaba. No le vi nunca la gracia a su ritmo de rap cuando su nombre artístico era Crema, tampoco al Mala mujer que tanto arrasó en las discotecas y que le convirtió descaradamente en El Elegido de la crítica para revolucionar cualquier género y salvar la música popular española. Si empiezo contando esto es para que se entienda mejor mi vara de medir, porque solo quien renegó de la música de Antón Álvarez en algún momento ve con lupa la distancia recorrida entre la desconsideración y el éxtasis y valora mucho más su contraste. Y tras la confesión y el empacho de palabras, viene la certeza: lo que hace Pucho en el escenario es uno de los mejores espectáculos que he visto en mi vida.

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Foto: Sergi Alcàzar

Desde que interpretó un concierto apoteósico en el Palau Sant Jordi de Barcelona —y seguramente, también antes—, las expectativas por ver a C. Tangana en el Sónar 2022 se habían multiplicado como panes. Precedido de Santos Bacana –director creativo de Little Spain, el estudio responsable de la imagen de la gira El Madrileño–, que puso la entradilla en formato DJ con una oda electrónica a la España castiza y a su cultura popular, Pucho se volvió a revelar como el patriarca de las sobremesas de domingo que es, un título que defiende a capa y espada entre compadreo, cigarros, copas medios vacías y servilletas sucias. El artista, en un espectáculo a medio camino entre tablao y videoclip, se marcó otro Tiny Desk acompañado de La Húngara, Niño de ElcheJuan José Carmona, y muchos más, que perfilaron lo mejor de la cultura latina alrededor de una mesa. No hay juerga sin palmas, no hay griterío sin bulerías. Se lo pasaban bien los tipos ahí arriba, como en un corrillo improvisado.

Pucho se volvió a revelar como el patriarca de las sobremesas de domingo que es, un título que defiende a capa y espada entre compadreo, cigarros, copas medio vacías y servilletas sucias

La ambición desmedida de C. Tangana sabe hacia dónde va pero también de dónde viene. Arrancó con Still rapping, un tema de rap del 2018, y siguió sin descanso con el álbum en el que están todas aquellas canciones que le han encumbrado, con algunos paréntesis como Llorando en la limo o Antes que morirme, que ya entonó en su visita al Sónar cinco años atrás. Demasiadas mujeres, Nunca estoy, Ingobernable, Comerte entera, Un veneno, ya todas clásicos imborrables. También apostó por Ateo, esta vez con Nathy Peluso al escenario –tras el concierto inaugural, la argentina también volvió a actuar en solitario– en una bachata sensualmente infernal a más de 30 grados, y ya al cierre Tú me dejaste de querer, que hizo enloquecer al público y confirmó la leyenda.

Foto: Sergi Alcàzar

Pero el techno tampoco falla

Antes de subir al escenario de Puchito, Niño de Elche ya interpretó Concert de músika festera –​junto a una cuarentena de músicos, Ylia y la formación La Valenciana– en el Sónar de Día. El espectáculo es una conjunción de bandas sonoras valencianas y música makina, una sonoridad que los nostálgicos de la ruta del bakalao recordarán bien: la mezcla se convirtió en un preludio para reivindicar la fiesta y el júbilo ahora que se puede. Samantha Hudson, con su Liquidación Total, fue otra de las protagonistas de una jornada extremadamente calurosa en la que sobresalían las gafas de sol, las gorras y las camisas abiertas.

Y si C. Tangana colocó la primera piedra para que la noche fuera impepinable, la electrónica puso el broche a una jornada nocturna marcada por la ola de calor y las ganas de volver a vivir un Sónar tras tres años de orfandad. Moderat o The Blaze destaparon sus sesiones con un espacio lleno a rabiar, lo mismo que Richie Hawtin, clásico entre los clásicos del festival, que lideró el jolgorio ya en sus coletazos finales y volvió a demostrar porque es uno de los imprescindibles de cada año.