Si me lo permitís, dejadme empezar con un consejo: conviene no ver Rufkin's Festival después de comer o con la barriga llena. De hecho, es altamente recomendable sustituir las clásicas palomitas por un buen café y cruzar los dedos a fin de que la cafeína disuada la somnolencia que provoca el film, comparable a la de una etapa media del Tour de Francia alguna tarde de julio. La modorra de lo nuevo de Woody Allen parece un sopor generado por el mismo director neoyorquino, que a lo largo de la cinta invoca el sueño y el mundo onírico para decirnos lo que cualquier estereotipo de artista torturado dice todo el santo día: que la ficción, ya sea en un sueño, en un filme o en una novela, es un refugio infinitamente más agradable que la realidad.

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Una escena de Rifkin's Festival, con Gina Gershon en el papel de Sue. (The Mediapro Studio)

Problemas de corazón y del corazón

Estrenada en el pasado Festival de Cine de San Sebastián, la nueva película del creador de Match Point está ambientada en el mismo festival y, rebozada con los clichés repetitivos y por suerte entrañables del director judío, explica la historia de siempre: un neurótico profesor de cine que pretende escribir su primera novela se desplaza a Euskadi para acompañar a su mujer al festival de cine donostiarra. Con este telón de fondo, Allen fabrica una película con cuarenta gramos de crisis existencial del protagonista, treinta gramos de crisis amorosa de pareja, veinte gramos de ironía y diez gramitos de lugares comunes que ya hace años que pueblan las últimas películas del americano, todas ellas, seguramente las que han precedido Blue Jasmine, filmes menores en una filmografía prolífica y de la cual el mismo director afirmaba hace poco que sólo salvaría un 10% de la producción.

La "fórmula Allen" para crear películas es más efectiva que una máquina de hacer churros, eso no se puede negar, pero tampoco eso salva el hecho de que Rufkin's Festival formará sin duda parte del grupo de aquellas películas que, si pudiera, el genio de Brooklyn borraría de su filmografía. En la ciudad de la Concha, el protagonista del filme, magníficamente interpretado por Wallace Shawn y alter ego inconfundible del director, vive el derribo de su matrimonio mientras ve en primera persona cómo su mujer se enamora de un exitoso director de cine más joven que él. Al mismo tiempo, debilitado por unos metafóricos pinchazos en el pecho, el miedo a sufrir un infarto lo lleva a la consulta de una cardióloga interpretada de forma inexpresiva por Elena Anaya y que agravará todavía más sus problemas del corazón, pero aquellos que nada tienen a ver con arterias ni válvulas coronarias. ¿Qué pretende decirnos Allen con este argumento incapaz de despertar ternura ni emoción en ningún momento? Posiblemente nada, simplemente edificar una historia irregular con la cual poder exponer sus filias y fobias particulares, como por ejemplo el amor en el cine clásico europeo mediante un discurso con aires de viejo gruñón cascarrabias.

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El director de fotografía Vittorio Storaro y Woody Allen, en un momento del rodaje. (The Mediapro Studio/Quim Vives)

Un homenaje al cine europeo

Las calles de San Sebastián, sus fabulosas playas o los prados de Guipúzcoa son una especie de lujoso y estético capítulo de "Callejeros Viajeros Donostia" con el sello de Vittorio Storaro y la firma de alguien que pasará a la historia del cine pero sin duda no lo hará gracias a esta película que parece un panfleto destinado a engordar el turismo en la preciosa capital guipuzcoana. Para Allen, la ciudad no es nada más que un complemento circunstancial de lugar, un inmenso croma de carne y huesos que le permite hacer cine sobre el cine, motivo por el cual la película podría haber estado exactamente igual si se hubiera rodado en Venecia, Berlín, Sitges, Cannes o cualquier otra ciudad que durante una semana es la capital europea del cine.

De Godard en Fellini pasando por Bergman o Buñuel, Rifkin's Festival hace constantemente guiños a películas de culto como El fin de la escapada, 8 y 1/2, El ángel exterminador o Jules y Jim, pero de una forma extraña e incluso ridícula, ya que los sueños del protagonista convertidos en escenas de los grandes maestros europeos parecen más bien parodias dignas de un sketch de Polonia o incluso de José Mota. En una película protagonizada por un hombre que tiene miedo de morir sin llegar a escribir nunca como Joyce o Dostoievsky y que acaba jugando una partida de ajedrez con la muerte de El séptimo sello en la playa de Zumaia, los homenajes oníricos y en blanco y negro que Allen va haciendo caer con gotero a lo largo del film son el agradecimiento de un cineasta de 85 años que quiere rendir homenaje a aquellos maestros que representan todo lo contrario del joven director francés, interpretado por Louis Garrel, que triunfa en el Festival de San Sebastián narrado en la ficción.

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Elena Anaya y Wallace Shawn en la escena de su escapada amistosa, que no amorosa, por la costa donostiarra. (The Mediapro Studio)

En definitiva, una defensa del cine de autor y de la alta cultura en general entendida como bote salvavidas en un mundo donde se confunde ser culto con ser pedante. El mismo mundo en el cual Woody Allen, desde hace ya algunos años, parece no encontrar la fórmula para impedir que incluso sus admiradores más acérrimos, los que incluso hemos leído de cabo a rabo su autobiografía, salgamos del cine entristecidos y con la sensación que estamos asistiendo a las últimas funciones de un espectáculo que ya no da para más. O lo que es peor: con la certeza que las películas de aquel director que otoño tras otoño tanto nos habían hecho soñar ahora, en cambio, provocan bostezos.

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