Me peleé muchísimo con mis padres para conseguir mi primer móvil. Utilicé todos los argumentos que se me ocurrían: “soy la última de la clase”, “lo necesito para hablar con mis amigos”, “mi hermana ya tiene uno”… Y finalmente, después de mucha insistencia, me lo regalaron cuando hacía 3.º de ESO. Era un Nokia 3220. No pesaba nada, hacía ruido, e incluso hacía luz, y tenía una pantalla en color que te hacía sentir cerca del futuro. Era sencillo: solo llamadas y SMS, la “serpiente” y poca cosa más. Ah, sí: y siempre sin saldo. Y con eso ya tenía suficiente.
Ahora miro hacia atrás y me resulta gracioso y me da rabia a la vez. Aquella sencillez contrasta con la dictadura invisible que hoy ejerce un teléfono inteligente. Mi móvil actual no solo me conecta: me controla. Cómo pienso, cómo me relaciono, cómo vivo. Las notificaciones no paran, las alarmas son absurdas, y yo vivo con el tic mental de revisar la pantalla cada X minutos. Somos esclavos voluntarios de una maqueta digital que decide por nosotros qué es urgente y qué es prescindible.
David Uclés ha vuelto a su Nokia viejo. Dijo que haber sucumbido a los smartphones había sido un error, que “necesitaba volver a ver el mundo como lo veía antes”. Sin filtros, sin notificaciones, sin el ruido constante. ¡Qué envidia! Yo también quiero volver a vivir así.
Sé que la culpa es mía. No hay dramatismo: sé que me he dejado meter ahí, que me he conectado a todo y a todos, pero también sé que el trabajo me ha atado a este aparato más de lo que hubiera querido. Pero ya basta de justificarme: quiero respirar sin tener que comprobar correos electrónicos, grupos de WhatsApp y deadlines que no son urgentes.
La vida digital no es neutral, no es inocente; te roba momentos, te condiciona la forma de hablar, de sentir e incluso de reír
El teléfono nos lo condiciona todo: conversaciones, silencios, momentos de aburrimiento que antes servían para imaginar o crear… o simplemente aburrirnos y no hacer nada. Ahora todo tiene que ser visible, productivo, rápido. Nos roba la paciencia, la observación y la memoria. Nos hace creer que debemos estar disponibles cada minuto, cuando en realidad solo deberíamos dejar que las cosas pasen.
Pienso en aquel Nokia 3220 y me pregunto cómo vivía antes de sentir esta necesidad constante de estar conectada. Cómo podía perder el tiempo, esperar una llamada, llegar tarde sin drama. Todo era más lento, pero más vivo. Y eso es precisamente lo que quiero recuperar: ver, sentir y pensar con mis propios ojos, no con un aparato que dicta cada minuto de mi vida.
Ahora sé que no es solo nostalgia: es una decisión que debo asumir. La vida digital no es neutral, no es inocente. Te roba momentos, te condiciona la forma de hablar, de sentir e incluso de reír. Y no hablamos solo de las redes: el trabajo también tiene la culpa. Cada correo electrónico, cada mensaje urgente, cada reunión improvisada te mantiene atada al móvil como si fuera un cautivo voluntario. Y yo me lo he dejado poner en el cuello, con buena voluntad y excusa de productividad.
Por eso este verano será distinto. Quizás empezaré la desconexión digital, y a mí no me encontrarán más en grupos de WhatsApp, ni pendiente de hilos que solo hacen ruido, ni atrapada en notificaciones que podrían esperar semanas y no pasaría nada. Quiero ver la vida sin esperar respuestas de WhatsApp, y si alguien quiere algo, ¡¡¡que me llame, cojones, que me llame!!!
No será fácil. Quizás me costará días o semanas volver a caminar sin GPS, perderme pequeñas cosas que tampoco sabré, sentir que me he perdido sin saber exactamente dónde estoy. Pero sé que valdrá la pena y entonces entenderé que aquel Nokia 3220 no era solo un móvil: era el primer recuerdo de cuando estar conectada y disponible era solo una opción.