Paraje de Culloden (a siete kilómetros al oeste de Inverness, capital de las Tierras Altas escocesas), 16 de abril de 1746. Hace 280 años. Se libraba la decisiva batalla de Culloden, que enfrentaría a las fuerzas jacobitas, formadas, principalmente, por los viejos clanes católicos escoceses de las Tierras Altas (mitad norte de Escocia), y el ejército regular británico. El resultado de aquella batalla, favorable a los británicos, marcaría el inicio de una larga etapa represiva y el principio del fin del corpus identitario basado en la milenaria tradición escocesa. Uno de los elementos identitarios que sufriría aquella ola represiva sería el gaélico escocés, que había sido la lengua de la sociedad de las Tierras Altas desde la Edad de Hierro (siglo VIII a.C.) ¿Qué hicieron los ingleses para exterminar la lengua gaélica en Escocia?
Las leyes represivas
Tres meses después de la derrota jacobita en Culloden (1 de agosto de 1746), el Parlamento de Londres aprobaba una batería de disposiciones represivas —la Proscription Act (Ley de Proscripciones)— con el objetivo de destruir la identidad de la sociedad escocesa de las Tierras Altas. Aquel mismo día entraba en vigor la primera de estas disposiciones, la Dress Act (Ley de Vestimenta), que prohibía el uso del vestuario tradicional escocés. Esta ley represiva tendría un gran impacto, porque en las Tierras Altas de Escocia, la gente se vestía con tejidos hilados con un patrón geométrico. Las franjas y cuadros que trazaban aquellos hilados creaban un dibujo que era representativo de un clan. Es decir, que el tartán (el tejido hilado con esta técnica y que, generalmente, era la falda) identificaba a la persona que vestía aquella prenda con su clan. Después de Culloden, los escoceses fueron obligados a vestir "a la inglesa".
La destrucción de los clanes
Pero lo peor aún no había llegado. La derrota de Culloden marcó, también, el fin del sistema tradicional de clanes. Desde la antigüedad, las Tierras Altas se organizaban en clanes (reunión de varias familias extensas que reconocían un antepasado común y que podían sumar cientos o miles de individuos). El clan otorgaba identidad —por las razones mencionadas— y seguridad —porque el jefe del clan, que era también el propietario del latifundio, garantizaba la protección personal, económica y jurídica a todas las familias extensas que formaban parte de él. La derrota de Culloden conduciría a muchos jefes de clan escoceses a las mazmorras inglesas y a la confiscación de sus tierras. Después de Culloden, miles de familias arrendatarias de las Tierras Altas, que habían explotado su granja durante generaciones – de padres a hijos – quedarían totalmente expuestas a las arbitrariedades de los nuevos dueños británicos.
Las "Highlanders Clearances" (las limpiezas de las Tierras Altas)
La sustitución de la clase propietaria de las Tierras Altas desencadenó el episodio más dramático de aquel proceso represivo: las llamadas "Highlanders Clearances" (las limpiezas de las Tierras Altas). Medio siglo después de Culloden (finales del siglo XVIII), los nuevos propietarios (ingleses relacionados con el aparato de dominación o escoceses colaboracionistas) pondrían en marcha la fase más crítica de aquel proceso represivo. El inglés George Lavenson —duque de Sutherland y nuevo propietario de un extensísimo latifundio en el extremo norte de Escocia— y sus administradores, los escoceses Patrick Sellar y William Young urdirían una perversa maniobra legal que les permitiría desahuciar a cientos de familias granjeras que hacía siglos que trabajaban aquellas tierras. De la noche a la mañana, cientos de familias que no conocían otra profesión que la actividad agropecuaria se quedarían sin casa y sin trabajo.
Miles de desahucios
Las prácticas de Lavenson, Sellar y Young se extendieron rápidamente, y a caballo de los siglos XVIII y XIX, se produciría una brutal oleada de desahucios que afectaría a docenas de miles de familias. Los nuevos latifundistas defendían aquellas expulsiones con un argumento de tipo económico: sustituir el tradicional modelo productivo fundamentado en el cobro de las rentas de las parcelas alquiladas (las granjas), por uno nuevo consistente en introducir miles de cabezas de oveja Cheviot y Scottish Blackface, en régimen de pasto trashumante porque creaban una lana muy valorada por la industria textil inglesa. Estos nuevos propietarios vencerían la resistencia de las familias inquilinas con el uso de una brutal violencia, que practicarían con la complicidad de las autoridades británicas: reducir a cenizas la casa y la granja. Reducían a cenizas la vida de aquellas familias que personificaban la derrota jacobita.
La despoblación de las Tierras Altas y la desaparición del gaélico escocés
Al inicio de este proceso represivo (1750), las Tierras Altas censaban unos 300.000 habitantes, que representaban un 25% de la población del país. Hacia 1825, en plena fase de las Highlanders Clearances, las Tierras Altas alcanzarían su punta demográfica histórica y censarían 400.000 habitantes. Pero a partir del momento en que se completa el proceso de expulsiones y, sobre todo, a partir del momento en que la sociedad de las Tierras Altas acepta que aquellas infames prácticas son la consecuencia final de la derrota jacobita (y, por lo tanto, que la justicia no existe, porque en Escocia la justicia británica no es justicia, solo es británica), se inicia una hemorragia demográfica imparable que vaciará las regiones de Caithness, Sutherland, Ross, Skye y Lochaber. La principal reserva de gaelicoparlantes del país sufriría una espectacular hemorragia demográfica que explicaría la desaparición de la lengua gaélica.
¿Adónde fueron a parar las familias granjeras desahuciadas?
Las Highlanders Clearances provocaron una huida masiva de población hacia Estados Unidos (entonces ya era un país independiente) y hacia Canadá (que todavía era una colonia británica). Contribuyó, también, la epidemia de la patata de 1846-1856, que fue especialmente intensa y trágica en Irlanda. Durante la primera mitad del siglo XIX, los muelles del puerto de Glasgow verían marchar a miles de familias injustamente desahuciadas, que se llevaban las cuatro cosas materiales que les quedaban y una lengua y una cultura milenarias. Y a pesar de que en el lugar de destino se producirían ciertas concentraciones de escoceses (el efecto llamada de los pioneros que siempre está presente en este tipo de fenómenos migratorios), la lengua gaélica no sobreviviría el paso del Atlántico y el cambio de paisaje y desaparecería —engullida por el inglés— al final de la existencia de cada una de las primeras generaciones que la habían llevado hasta América.
