En el reportaje del domingo pasado (20/08/2017), "La primera independencia de Catalunya. Una cuestión de pactos", se explicaba que una de las causas de aquella desconexión fue el cambio de la dinastía reinante en Francia. Los pactos personales de vasallaje entre Carolingios, la dinastía depuesta, y los Belónidas, la estirpe condal de Barcelona, que articulaban la relación entre el poder central y los territorios de la frontera meridional, quedaban repentinamente rotos con la irrupción de los Capetos en el trono francés. La coronación de Hugo Capeto, el primero de una dinastía que reinaría 341 años, comportó muchos cambios, a todos los niveles, más allá de la independencia de facto catalana, que contribuyen a explicarla y a entenderla. La dinastía Capeto, más adelante, Anjou, quedaría, exclusivamente, como reinante de Francia y desplazaría la capital de su particular imperio a París. Con la entronización de los Capeto surgían Francia, estrictamente, y Catalunya.

El primeros mapas de Francia y de Catalunya

Una de las consecuencias de la entronización de los Capeto fue la liquidación del Imperio carolingio —el precedente más remoto de la actual Unión Europea—, que habían construido Carlomagno y su cancillería dos siglos antes. La dignidad imperial quedó recluida dentro de un rompecabezas de principados centroeuropeos semiindependientes que, ocho siglos más tarde, serían unificados a la fuerza para crear el actual Estado alemán. Los Capeto quedaban como soberanos de la parte del territorio imperial que, aproximadamente, enmarca el hexágono francés actual, pero con la particularidad de que aquellos soberanos franceses no prestarían juramento de vasallaje al emperador, o a lo que quedaba del Imperio. El primer mapa de Francia se afirmaba sobre los dominios de los Capeto y de los condes territoriales de la antigua Galia romana que les habían renovado el homenaje, el compromiso de patronazgo, que tenían con los Carolingios. Los condes catalanes no estuvieron presentes.

Mapa de Europa en los siglos X y XI / Fuente: Gifex. World Maps and Satellite Photos

El reparto del poder

El cambio del dibujo del mapa europeo no sería la única consecuencia. La fragmentación del Imperio carolingio impulsaría, también, un cambio de sistema. La revolución feudal, que tenía mucho de feudal y muy poco de revolución, consolidaría el sistema de vínculos personales entre poderosos. Pero en detrimento, y mucho, de la autoridad real en beneficio de las clases dominantes. Un redibujo de las jerarquías, que se explica por la ambición de las clases inicialmente subordinadas a la figura del rey. Los poderosos de las espadas, de las hachas, de las picas y de las cotas de malla —la clase militar que ostentaba cargos— medían sus fuerzas con parámetros de violencia. En la Catalunya de la desconexión, los barones desafiaron la autoridad condal, tal como los condes franceses estaban haciendo con los primeros reyes Capetos. La Catalunya del año 1000 no era más que una reproducción a escala del proceso de feudalización que afectaba a Francia y toda Europa.

Condes independientes en lugar de reyes soberanos

El resultado fue que los condes catalanes conservaron el prestigio pero no la autoridad. Y la traducción de eso es que, a partir de entonces, un barón de primera podía reunir más fuerzas, y por lo tanto, más poder, que el conde. Y que un barón de segunda podía hacer lo mismo respecto a uno de primera. La feudalización convirtió a los soberanos —reyes, duques o condes— en coordinadores del poder. Y eso explica por qué durante el siglo siguiente, la centuria de 1100, existen condes y duques, dependientes o independientes, más poderosos que reyes. No sería hasta después de la liquidación de la Edad Media (después de 1500) que se recuperaría la jerarquía de los títulos. Esta podría ser una de las diversas hipótesis que explicarían por qué los condes independientes de Barcelona no optaron a la condición de reyes. No les hacía falta para afirmar su independencia, lo que quiere decir que no tenían ningún patrón por encima de su cabeza, ni los barones que apoyaron la desconexión lo habrían consentido.

El revoltijo de condes, reyes y duques

Aunque no está directamente relacionado con el tema, estas ideas van muy bien para echar luz sobre la perversa mentira, convertida en dogma, que afirma que Catalunya, en el transcurso de la historia medieval, no fue más que un simple condado del reino de Aragón, una simple dependencia administrativa del poder aragonés. El sistema feudal convirtió a condes y duques independientes en personajes tanto o más poderosos que sus reyes vecinos. Los condes independientes de Barcelona o los de Flandes, con toda su hilera de vasallos y de vasallos de los vasallos, llegaron a reunir una capacidad de acción armada muy superior a la de los reyes de Aragón o de Borgoña. Por no mencionar al dux de la República de Venecia, militarmente más poderoso que los reyes de Croacia o de Hungría. Pero Borrell, cuando la desconexión, no reunía bastantes fuerzas para hacer frente a un eventual conflicto militar con Hugo Capeto y su extensa hilera de vasallos.

Mapa de los condados catalanes el año 1000 / Fuente: Enciclopèdia

La apuesta romana

Por este motivo Borrell se fue a Roma. Entonces Europa ya estaba dividida en dos grandes bloques políticos; más o menos como pasaría, casi mil años después, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Al alba del año 1000 Europa estaba dividida entre el bloque imperial y el bloque pontifical. La dicotomía emperador/pontífice era el equivalente medieval de la dicotomía contemporánea Roosevelt/Stalin o Einsenhower/Jrushchov. Y Borrell hizo un poco lo que Castro hizo en Cuba en 1960. Se fue a Roma y solicitó al pontífice pasar a formar parte de su órbita política. Habría podido acudir a Pamplona. Entonces el rey navarro Sancho había reunido todos los dominios cristianos peninsulares —independientes, por supuesto— y se había convertido en un poder alternativo —el "no alineado" medieval. Pero Borrell y sus barones debieron de pensar que con la desconexión ya hacían historia y que el proverbial "a poc a poc i bona lletra", tan catalán, era lo que tocaba en aquel momento.

La vocación europea

Los barones de Borrell eran "romanistas" —no podían ser otra cosa. El feudalismo, la erosión del poder real, no había triunfado en la península Ibérica. "Spain is different" no lo inventó Fraga Iribarne. Los reinos cristianos peninsulares se impermeabilizaron a la revolución feudal que barría Europa, condados catalanes incluidos. Y en Pamplona, el rey había afirmado el poder mandando a los barones al rincón de pensar. La alianza con el pontificado era la salida natural a la desconexión. Reforzó el proyecto. Borrell y sus sucesores consiguieron trazar políticas de alianzas con los condes occitanos, con el propósito de apartarlos del vasallaje que mantenían con los Capetos franceses y reunir el patrimonio condal de los primeros Belónidas, los antepasados de Borrell, que, antes de fragmentar la herencia, gobernaban desde Carcasona hasta Barcelona. Lo podían hacer porque el Capeto ya no era el patrón y porque el pontífice los animaba a hacerlo.

El imperio catalán de Occitania / Fuente: Fundació d'Estudis Històrics Catalans

La proyección marítima

La relación entre el pontífice y los condes catalanes no era de vasallaje. Era una alianza mutua que, naturalmente, comprometía especialmente al Pontificado como superpotencia que era. Pero el interés de Roma no era tener un nuevo vasallo en los Pirineos. Sí lo tenía, pero en el caso de los catalanes, no era la prioridad. El Pontificado ambicionaba un aliado político y militar, una potencia naval emergente, en el cuadrante del golfo del León para conquistar Mallorques, Cerdeña y Sicilia, entonces en poder de los musulmanes, y Córcega y los puertos del Languedoc, seriamente amenazados por las fuerzas de la media luna. Esta era la parte fundamental del pacto. Activar la conquista de territorios musulmanes sin el concurso imprescindible del Pontificado. Los primeros pasos que dio la primera Catalunya independiente iban dirigidos hacia el norte y hacia el mar. Por razones obvias, sus elites, los barones y los bailes, no tuvieron nunca la vista puesta en el proyecto peninsular hispánico.

 

Imagen principal: El conde de Barcelona recibe el vasallaje de los barones de Caracasona / Fuente: Wikipedia

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