Barcelona, 1 de septiembre de 1901. Hace 125 años. Alejandro Lerroux, diputado de la Unión Republicana, creaba el concepto “Jóvenes bárbaros” para referirse a los secuaces de su movimiento llamados a perseguir y destruir cualquier forma de propiedad privada, de expresión en lengua catalana o de tradición y patrimonio de la Iglesia católica. En un artículo publicado en la revista La rebeldía, se despachaba con expresiones como “Luchad, hermosa legión de rebeldes, por los santos destinos, por los nobles destinos de una gran raza, de un gran pueblo que perece, de una gran patria que se hunde”. Lerroux sería el creador del perverso eje burguesía catalana-lengua catalana-Iglesia católica. Pero, ¿cuál era el verdadero objetivo de Lerroux? Y, sobre todo, ¿quién había creado ese “producto político-ideológico”, ese monstruo llamado Lerroux?

El contexto. La derrota en Cuba
Para entender por qué Lerroux arenga con la frase “Luchad, hermosa legión de rebeldes, por los santos destinos, por los nobles destinos de una gran raza, de un gran pueblo que perece, de una gran patria que se hunde”, debemos conocer el contexto histórico en el que fue proclamada. En el año 1901, España y, especialmente, su núcleo del poder, estaba sumida en una profunda crisis —económica, política e ideológica—, provocada por tres fenómenos que ponían en cuestión la existencia del reino y de aquel núcleo de poder. El primero, la humillante derrota en la Guerra de Cuba (1895-1898), lápida y epitafio del Imperio español de ultramar, que se había saldado con la muerte de 55.000 soldados de leva y con la pérdida de toda la marina de guerra española (que permanecería, para siempre, en el fondo de las bahías de Cavite y de Santiago).
El contexto. El anarquismo y el catalanismo
El segundo fenómeno era la emergencia del anarquismo, especialmente en los centros industriales de Catalunya (Barcelona, Reus, Mataró, Sabadell, Terrassa, Manresa). Este movimiento representaba la culminación de un proceso de construcción de la conciencia de clase obrera y de su definitiva separación de los postulados liberales de la clase patronal industrial. Un movimiento que, en aquel momento, ya era muy combativo con las diferentes formas del poder —social, político y económico—. Y un tercer fenómeno, que era la fundación de la Lliga Regionalista (1901), el primer partido de obediencia catalana y el pionero de las formaciones periféricas españolas, surgido de la crisis del Tancament de Caixes, la rebelión de fabricantes y comerciantes catalanes contra la política fiscal discriminatoria a la industria catalana del gobierno español (1899).

El contexto. La amenaza catalana
El poder español, representado por la corona (la regente María Cristina y el rey-niño Alfonso XIII), por las oligarquías banqueras y latifundistas castellano-andaluzas (personificadas en la figura del incombustible Romanones) y por los partidos dinásticos que se alternaban el gobierno (los conservadores de Silvela y los liberales de Sagasta), contemplaba con inquietud el paisaje catalán. Sobre todo después de la gran manifestación del Tancament de Caixes (octubre, 1899), que había unido a patronos y trabajadores catalanes, interpelados por una misma amenaza, y que había sido, también, una exhibición de músculo social del embrionario catalanismo político y cultural. En 1899, la Lliga aún no había sido creada, pero el catalanismo —patronal y obrero— ya era el denominador común de las reivindicaciones de la sociedad catalana.

¿Quién era Lerroux?
Lerroux sería un producto del poder español, fabricado a propósito para dividir y enfrentar a la sociedad catalana e impedir la culminación de un proceso de recuperación de la personalidad nacional, iniciado con el nacimiento del catalanismo cultural (Oda a la Pàtria, 1833), y proseguido por la eclosión del catalanismo político (Lo Catalanisme, 1886) y nacional (Bases de Manresa, 1892). Lerroux, un personaje con un pasado oscuro (transpiraba españolismo incluso por las axilas, pero tenía que ocultar que era un desertor del ejército español), fue “reclutado” por el poder español e inoculado en Barcelona con la colaboración de otro personaje, también de pasado oscuro, Enric Junoy, el “Negrito de la Rambla”, y se dio a conocer con un agresivo discurso que señalaba el catalán como la lengua de la burguesía y, por lo tanto, la lengua enemiga de la clase obrera.

Realmente, ¿el catalán era la lengua de los burgueses?
La respuesta es que no, y eso prueba la intención que perseguía el discurso de Lerroux y la perversidad del poder español que lo amparaba. A principios del siglo XX, la sociedad catalana era, casi totalmente, catalanohablante. Y el castellano era el sistema... ¡¡¡oh, sorpresa!!!... tan solo de ciertas familias de la élite burguesa catalana y del aparato de dominación español en Catalunya (funcionarios civiles, policiales, judiciales y militares). La clase obrera catalana era, totalmente, catalanohablante. Y el conocimiento de castellano que tenían las clases humildes catalanas (tanto las urbanas e industriales como las rurales y campesinas) era mínimo. Se estima que entre el 90% y el 95% de la población del país tenía el catalán como lengua materna y de uso habitual, y que entre un 60% y un 80% de la sociedad catalana no tenía competencia en lengua castellana.
Después de Lerroux… ¡¡¡la FAI!!!
Lerroux fue desembarcado en Catalunya en 1901, coincidiendo con aquella profunda crisis que hemos expuesto y con el objetivo que hemos explicado. Transcurridos treinta años, el poder español, sintiendo de nuevo la amenaza de la autodeterminación de Catalunya, replicaría la estrategia divide et impera (abril, 1931). Macià había restaurado el autogobierno de Catalunya —proscrito desde 1714— con el objetivo puesto en la constitución de una unión confederal de pueblos ibéricos, y en aquel contexto de ilusión colectiva, se produciría el misterioso desembarco de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), dominada por los siniestros Durruti, Ascaso, Abad de Santillán o Aurelio Fernández, que fagocitó a la CNT, de tradición catalana —la del difunto “Noi del Sucre”—, y que convocó huelgas salvajes con el propósito de boicotear el joven autogobierno catalán.

La FAI y la retroalimentación del discurso lerrouxista
En una Catalunya, todavía, casi totalmente catalanohablante (1931), la FAI también proclamaría que el catalán era la lengua de los burgueses y el castellano era la de las clases proletarias. Y, en este punto, conviene no olvidar que esta FAI —en colaboración con elementos de Falange Española— asesinaría a dirigentes independentistas (Badia y Capell; abril, 1936) y a periodistas que habían desenmascarado su propósito (Planes; agosto, 1936). Y durante el llamado “período revolucionario” (julio, 1936 – mayo, 1937), perseguiría, saquearía y asesinaría —solo en Catalunya— a más de 8.000 personas por su ideología independentista o conservadora, por su profesión empresarial, por su opción confesional o por su condición religiosa.
Amortizados y desaparecidos
Estos “activos” fueron inoculados para destruir la lengua catalana, nervio de la identidad de Catalunya. Obedecían a oscuros intereses y, una vez amortizados, el mismo poder que los había impulsado los eliminaría. Lerroux, que había efectuado un curioso viaje político-estratégico hacia la derecha, en la peor crisis de su carrera (Estraperlo, septiembre, 1936), vería cómo su socio Gil-Robles, líder de la monárquica y españolista CEDA, lo precipitaba hacia la muerte política y social. Ascaso y Durruti, al inicio de la Guerra Civil (julio – noviembre, 1936), morirían tiroteados de forma más que sospechosa. Y Fernández y Abad de Santillán serían condenados, respectivamente, por las justicias francesa y argentina, mientras el poder español miraba hacia otro lado. Madrid no paga a sus vasallos. Madrid no paga a sus traidores.