Sevilla, 23 de noviembre de 1248, hace 777 años, las huestes del rey castellanoleonés Fernando III vencían las últimas resistencias andalusíes de la ciudad. Aquella operación tenía una gran importancia porque abría el paso de los castellanoleoneses hacia las costas meridionales de la Península. Y se sumaron —con la promesa de un generoso botín— diversas huestes extranjeras. Entre las tropas aliadas del rey Fernando III había un contingente de cien caballeros catalanes a las órdenes del infante Alfonso, hijo primogénito del rey Jaime I y de su primera esposa Leonor de Castilla. La participación de la hueste de Alfonso en aquella empresa conquistadora pondría la primera piedra de una larga relación entre Barcelona y Sevilla, que se proyectaría en el decurso de los siglos siguientes. Por este motivo, Sevilla es la “prima andaluza” de Barcelona.

Representación de los astilleros de Sevilla (siglo XVI). Fuente Wikimedia Commons
Representación de los astilleros de Sevilla (siglo XVI) / Fuente: Wikimedia Commons

Los catalanes y Coria del Río

La participación catalana en la empresa militar de conquista de Sevilla (una de las más importantes del siglo XIII europeo) no se perdió en la nebulosa del tiempo. Poco después de la conquista de la vieja Hispalis —Isbiliya, durante la etapa andalusí— (1252), las tropas cristianas del rey castellanoleonés Alfonso X, hijo y sucesor de Fernando III y yerno del rey catalanoaragonés Jaime I, conquistaron y ocuparon la ciudad de Qawra, situada a diez kilómetros de Sevilla —río abajo—, que a partir de aquel momento fue llamada Coria del Río. Según las Crónicas de Alfonso X, la población musulmana —que representaba la totalidad de la masa demográfica de la plaza— fue expulsada, y las casas y tierras desocupadas fueron entregadas, a régimen de repoblación, a ciento cincuenta familias catalanas vasallas del infante Alfonso.

Representación moderna de la conquista cristiana de Sevilla. Fuente Museo Marítimo de Sevilla
Representación moderna de la conquista cristiana de Sevilla / Fuente: Museo Marítimo de Sevilla

Coria, la “catalana”

Durante el primer siglo de aquella nueva era cristiana (segunda mitad del XIII y primera mitad del XIV), Coria fue catalanoparlante, al menos la lengua de sus casas, de sus talleres y de sus calles fue la catalana. Las ciento cincuenta familias del infante Alfonso, que representaban un colectivo de setecientas a ochocientas personas, fueron, inicialmente, la única comunidad organizada de la plaza y, posteriormente, la base genética y cultural de aquella sociedad local. Pero el progresivo deterioro de las relaciones entre Alfonso y Jaime —con el ruido de fondo de los hijos del segundo matrimonio del rey— y la prematura muerte del infante-heredero (1260) provocarían la desconexión entre esta comunidad catalana arraigada en la ribera del Guadalquivir y su matriz de origen y la desaparición del catalán como lengua local.

La salida al Atlántico

Durante el segundo tercio del siglo XIV se produjeron dos hechos que tendrían una importancia capital en el desarrollo de la historia peninsular. Por un lado, la Corona castellanoleonesa completaba la empresa iniciada con la conquista de Sevilla (1248). Derrotaba y expulsaba a los benimerines magrebíes del campo de Gibraltar y alcanzaba el extremo sur de la costa peninsular. Y, por el otro, la marina catalana derrotaba y liquidaba la piratería musulmana que, durante siglos (VIII al XIV), había taponado el estrecho. A partir de aquel momento, las empresas exploratorias catalanas, castellanas, genovesas, venecianas o toscanas en la costa atlántica africana, en busca de las fuentes de aprovisionamiento de oro, esclavos y especias, o de la ruta marítima que debía conducir al Extremo Oriente, se sucederían de forma constante.

Plano de Sevilla (1588). Fuente Universidad de Sevilla
Plano de Sevilla (1588) / Fuente: Universidad de Sevilla

El creciente papel de Sevilla

Con el estrecho de Gibraltar despejado, los puertos de la Baja Andalucía atlántica adquirieron una gran importancia. La estratégica posición de aquel territorio, totalmente encarado hacia el océano, lo convertiría en la plataforma de lanzamiento de todos los viajes atlánticos que partían de los estados Trastámara (las coronas catalanoaragonesa y castellanoleonesa). Pero el puerto que alcanzaría el liderazgo de aquel emporio sería Sevilla. Su puerto fluvial era mucho más seguro y defendible que los puertos marítimos de la bahía de Cádiz y, a principios del siglo XV, iniciaría un despegue que la convertiría en el principal núcleo de atracción de las grandes sagas de negociantes europeos de la época, como las poderosas familias judeoconversas catalanas y valencianas que jugarían un papel decisivo en la empresa americana.

Mapa de la Baixa Andalusia (1579). Font Cartoteca de Catalunya
Mapa de la Baja Andalucía (1579) / Fuente: Cartoteca de Catalunya

Los comerciantes catalanes de Sevilla

Las fuentes documentales revelan que, a inicios del siglo XVI, en Sevilla había 310 familias de comerciantes catalanesla gran mayoría originarias de Barcelona, y, en menor grado, de Perpinyà, de València, de Alacant y de Palma. En aquel momento, Sevilla ya había superado los 80.000 habitantes y era la segunda concentración demográfica de la Península. Si hacemos un cálculo de la masa demográfica que podía representar este colectivo (y considerando que eran familias extensas formadas por personas de diversas generaciones, por los empleados y criados de aquellas compañías mercantiles familiares y por los esclavos domésticos), estimamos que sumarían una masa de entre 2.000 y 3.000 personas. Esta cifra representaría tan solo entre un 3% y un 4% de la población de la ciudad. Pero su fuerza económica y su influencia política sería notable.

¿Quiénes eran los comerciantes catalanes de Sevilla?

Las fuentes revelan el protagonismo de los linajes Ferrer, Planes, Desclergue, Forcadell, Fonoll, Ràfols, Pedralbes, Tries, Círia, Jorba, Morell, Torregrossa, Aymerich, Cereroles, Ros, Font, Miquel, Jové, Robert, Codina, Vendrell o Sadurní en la vida económica y política de aquella Sevilla de la era de las navegaciones. Una comunidad que, inicialmente, se agrupó alrededor del templo de San Pablo de los Catalanes y que, posteriormente, se desplazaría a la collación de Santa María la Blanca, en un silencioso —pero revelador— movimiento de compra de casas de la trama urbana del antiguo barrio judío. Aquella comunidad, secretamente relacionada con el primer foco clandestino protestante de la Península (San Isidoro del Campo), acabaría desapareciendo súbitamente al inicio de una terrible operación represiva inquisitorial.

Bonaplata y la Feria de Abril

En 1835, los catalanes vuelven a estar presentes en la vida económica y política de Sevilla. En ese momento son los Bonaplata. Poco antes, su fábrica de Barcelona —la primera de la Península en introducir el vapor como fuerza motriz— había sido incendiada por los luditas (los trabajadores que contemplaban las máquinas como una amenaza) y, en compensación, el gobierno les había ofrecido la compra —a precio de saldo— de la Fundición San Antonio en Sevilla. Los Bonaplata pasarían a Sevilla y el más pequeño de la saga, Narcís, convertiría aquella fábrica en un emporio industrial. La San Antonio sería la constructora del puente de Triana, la obra civil más destacada del siglo XIX sevillano. Y Bonaplata, convertido en concejal del gobierno municipal, sería, junto con el vasco José María de Ybarra, el cofundador de la Feria de Abril (1846).

Representación de la Feria de Sevilla (siglo XIX). Fuente Ayuntamiento de Sevilla
Representación de la Feria de Sevilla (siglo XIX) / Fuente: Ayuntamiento de Sevilla