El país que paga por leer

Singapur ha decidido plantar cara a una de las consecuencias de la era digital con un arma aparentemente sencilla: los libros. La ciudad-estado del sudeste asiático ha puesto en marcha este septiembre una nueva campaña nacional de cinco años para fomentar la lectura y recuperar un hábito que, según las autoridades, pierde terreno ante el consumo incesante de contenidos breves en las pantallas.

La iniciativa tiene un elemento poco habitual: los ciudadanos pueden recibir pequeñas recompensas económicas si registran sus minutos de lectura en una plataforma del gobierno. Cada sesión de al menos 15 minutos permite obtener 20 monedas virtuales y hay que acumular 1.000 para conseguir un dólar de Singapur, unos 0,67 euros —para los curiosos, con un dólar de Singapur se puede comprar un café o té, un pequeño roti prata o una parte de billete de transporte—. Como solo se puede registrar una sesión al día, hay que leer durante al menos 50 días para obtener esta recompensa.

El importe es deliberadamente modesto, por lo tanto, el objetivo no es hacer dinero leyendo. La intención es introducir un mecanismo de juego que ayude a transformarla en una rutina. El programa, de momento en fase piloto hasta finales de año, forma parte de una estrategia más amplia de la National Library Board para construir una sociedad con más hábitos de lectura.

Los beneficios de una lectura prolongada

Según un artículo de la CNN sobre la iniciativa, las autoridades singapurenses consideran que la lectura prolongada tiene beneficios que difícilmente ofrecen los contenidos digitales consumidos de manera rápida y fragmentada. La responsable de la National Library Board, Melissa Tam, ha defendido que leer textos largos refuerza la atención, el pensamiento crítico y la imaginación.

El debate llega en un momento en que el concepto de brain rot —literalmente, "cerebro podrido"— ha ganado presencia para describir la percepción de un deterioro de la capacidad de concentración provocado por un consumo excesivo de contenidos superficiales. El fenómeno está especialmente relacionado con el doomscrolling, la práctica de pasar largos ratos desplazando contenidos en las redes sociales, a menudo sin un objetivo concreto.

Singapur, paradójicamente, parte de una posición privilegiada. Sus estudiantes se encuentran entre los que obtienen mejores resultados mundiales en competencia lectora. Pero el problema aparece cuando la lectura deja de ser una actividad vinculada a la escuela. La presión académica y los grandes exámenes pueden hacer que los adolescentes acaben asociando los libros exclusivamente con las obligaciones educativas y pierdan el interés por leer durante el tiempo libre.

No todo el mundo está de acuerdo con estos incentivos 

La campaña también ha abierto un debate sobre los límites de los incentivos económicos. Algunos críticos consideran que pagar por leer puede desvirtuar el valor de la actividad y dificultar que se desarrolle una motivación genuina. La psicóloga clínica Charissa Ng apunta, en la CNN, que las recompensas pueden funcionar especialmente con personas que ya tienen algún interés por la lectura, pero que pueden ser menos eficaces para crear un hábito entre aquellos que no están nada motivados.

Otros defienden, en cambio, que cualquier estrategia es válida si consigue interrumpir el círculo de distracción permanente impuesto por los algoritmos. La recompensa económica sería, en este caso, solo el primer paso: un pequeño empuje para que los ciudadanos recuperen una actividad que luego pueden continuar sin necesidad de ningún premio.

¿Podrán retener la atención?

El programa incluye, además, una dimensión solidaria. Singapur espera recoger este año hasta 7,5 millones de minutos de lectura mediante una campaña benéfica, con la que prevé recaudar hasta 150.000 dólares de Singapur, unos 100.000 euros.

La gran pregunta es si 0,67 euros pueden competir con la capacidad de las redes sociales para retener la atención. Probablemente, no. Pero Singapur no parece querer competir con los algoritmos en el terreno de la recompensa inmediata, sino crear una rutina que permita recuperar una capacidad más difícil de mantener: concentrarse durante un rato en una sola historia, una idea o un libro.