Barcelona, 18 de marzo de 1810. El Diario de Barcelona, publica en catalán y en francés el primer decreto del mariscal Augereau (el flamante superprefecto napoleónico en Catalunya). Durante aquella etapa (1810-1814), Catalunya vivió una transformación; efímera, pero de gran trascendencia. A la restauración de la oficialidad del catalán, se sumó la importación del legado de la Revolución francesa (1789-1794): se abolió la Inquisición, se secularizó la sociedad, se decretó la libertad de imprenta y se instauró un régimen plebiscitario que consultaba a la ciudadanía las grandes cuestiones de estado. Una primavera política, cultural y social; impulsada, en buena parte, por unas élites catalanas cualitativamente muy importantes que vieron en el régimen napoleónico la oportunidad de rescatar el país del marasmo borbónico y catapultarlo hacia la modernidad: los catalanes de Napoleón.

Grabado de Barcelona (1810), obra de Alexandre Laborde / Fuente: Institut National d'Histoire de l'Art, París.

El contexto

Casi dos años antes, Carlos IV y Fernando VII (quintos y sextos Borbones hispánicos) habían vendido la corona española a Napoleón, y el emperador de Francia había nombrado a su hermano José nuevo rey de España. Pero José I Bonaparte, legítimo rey de España (cuando menos, tan legítimo como Carlos I -el primer Habsburgo-; o como Felipe V -el primer Borbón-), no gobernó nunca sobre Catalunya. En la compra-venta de Bayona (05/05/1808), Napoleón se reservó el dominio directo sobre Catalunya "la region la moins espagnole de Espagne" (la región menos española de España). Catalunya fue administrada directamente desde París, aunque aquel estatus no se oficializó hasta un año y medio después: el 10 de enero de 1810, el mariscal Pierre-François Auguereau era nombrado gobernador de la región francesa de la Catalogne, extremo sur del Midi.

El superprefecto Argereau

Augereau (París, 1757 - 1816) se convirtió en una pieza decisiva en aquel proceso de encaje. Diseñó una estrategia de atracción hacia la nueva administración napoleónica que pasaba por el reconocimiento de la singularidad cultural catalana (la nacional, no; por descontado): la oficialización del catalán (proscrito y perseguido desde la ocupación borbónica de 1714). Sería una de las primeras y más efectivas medidas de aquella estrategia, que rápidamente encontró resonancia entre unas ideológicamente predispuestas élites mercantiles e intelectuales del país. Augereau, hábilmente, se rodeó de un grupo relativamente extenso de colaboradores catalanes que, si bien cuantitativamente (en el conjunto de la población del país) representaban una pequeña minoría, cualitativamente tenían una gran importancia: eran las élites del mundo económico, científico y académico catalanes.

Mapa del Primer Imperio francés / Fuente: Cambridge Modern History Atlas

El abogado Puig y el médico Garriga

Tomàs Puig i Puig (Figueres, 1771 – 1835) fue la mano derecha del superprefecto Augereau; alcalde de Figueres y, posteriormente, prefecto del departamento del Ter (las comarcas de Girona). Abogado, defensor de la lengua y de la cultura catalanas, fue el jurista que tradujo al catalán el Código Civil napoleónico. Y Josep Garriga i Buach (Sant Pere Pescador, 1777 – Elna, circa 1820), médico, defensor de la rehabilitación política de Catalunya, fue el que se enfrentó duramente con los consejeros castellanos de José I en Bayona y en Madrid en la reivindicación de la restauración de las instituciones de gobierno catalanas liquidadas a sangre y fuego por el régimen borbónico (1714). Puig y Garriga serían destacadas personalidades de aquella intelectualidad catalana, formada por profesionales liberales, y con un perfil que explica claramente aquel movimiento.

El industrial Gómina y la Junta de Comercio de Catalunya

Erasme Gómina (Moià, 1746 – Barcelona, 1821) es otra destacada personalidad de los catalanes de Napoleón. Industrial de extracción social humilde, se labró una extraordinaria carrera empresarial que lo convertiría en uno de los hombres más ricos y más influyentes del país. Fue el primer comerciante que se igualó a las grandes fortunas nobiliarias locales proborbónicas. Innovador y visionario, fue uno de los introductores de la máquina de vapor en el proceso de fabricación; y fue un divulgador incansable de la gran oportunidad de negocio que representaba formar parte de un estado francés, que con 40 millones de consumidores cuadruplicaba el mercado español. Desde su miranda de poder y reconocimiento, influyó en el posicionamiento pronapoleónico de la Junta de Comercio de Catalunya.

El policía Casanova, el juez Madinaveytia y el complot de la Ascensión

Ramon Casanova (Barcelona, 1756 – París?, 1812); y Juan Madinabeytia (San Sebastián?, siglo XVIII – París?, siglo XIX); son los personaje más oscuros, pero no menos representativos, del colectivo de los catalanes de Napoleón. Como jefe de la policía de Barcelona, y como regente de la Audiencia, respectivamente, desplegaron el sórdido aparato de represión del régimen napoleónico en la capital catalana que, en una obsesiva carrera a la captura de espías y de disidentes, cometieron auténticas atrocidades. El operativo más destacado que dirigieron estos dos siniestros elementos fue la desarticulación del llamado "complot de la Ascensión". El 3 de junio de 1809 (meses antes de la aparición en escena de Argereau), detuvieron, torturaron y ejecutaron a los rentistas Salvador Aulet, Joan Massana y Josep Navarro; y los clérigos Joaquim Pou y Joan Gallifa.

Portada del Diari de Barcelona (1810), en catalán y en francés / Fuente: Archivo Histórico de Barcelona

Los bandoleros Boquica y Pera

La actividad de aquellos ejecutados revela claramente la composición sociológica del antibonapartismo catalán: terratenientes y clericato. Es decir, el conservadurismo más reaccionario. Y eso tendría una proyección en el mundo rural catalán, mayoritario en aquella Catalunya de inicios del XIX. Y si bien es cierto que las clases populares rurales -abrumadoramente iletradas- compraron a pies juntillas el discurso antifrancés que divulgaba el clericato desde la Revolución francesa (1789), también lo es que la militancia antibonapartista de los oligarcas rurales ("del dueño") impulsaría a algunas personas de aquel mundo hacia el nuevo régimen. Los más destacados serían los jornaleros disidentes convertidos en bandoleros durante el régimen borbónico y, a partir de Augereau, reconvertidos en agentes bonapartistas; Josep Pujol "Boquica" (de Besalú) y Joan Serra "Pera" (de Valls).

El fin del idilio

La inteligente estrategia del mariscal Augereau no tuvo continuidad, en buena parte, a causa de las precipitadas decisiones del mismo Napoleón. Argereau fue relevado por un torpe Ettienne Mc Donald y este por un incapaz Antoine Rampon. Y los reveses bélicos en Rusia y en España contribuirían a oscurecer el paisaje. El 26 de enero de 1812, el Principado fue fragmentado en cuatro departamentos siguiendo el modelo francés. Pero al frente de aquel aparato, ya casi no había catalanes. Ni siquiera civiles franceses. Casi todos los cargos estratégicos pasaron a ser ocupados por militares franceses. El aroma envolvente de enamoramiento dejaba paso a un tufo maloliente de acoso. Y el cuarto de vuelta definitivo se produciría cuando, en abril de 1812 y a pesar de los esfuerzos del abogado Puig, el nuevo régimen decidía ignorar el catalán en la publicación del Código Civil napoleónico.

Mapa franceés de Catalunya (1793) / Fuente: Bibliothèque Nationale de France

El fracaso de la Catalunya napoleónica

La publicación del Código Civil napoleónico en francés... ¡y en castellano! (en aquel momento totalmente desconocido en el Principado) con el absurdo argumento que los catalanes todavía no habían normativizado su lengua, provocó una gran decepción entre los catalanes de Napoleón. Aquella estúpida decisión, que marcaría un punto de inflexión en la relación entre el nuevo régimen y las élites catalanas bonapartistas; estuvo precedida de una formidable discusión entre los dos cabecillas napoleónicos del momento en Catalunya: el conde de Chauvelain, partidario del castellano y el barón de Gérando, partidario del catalán. Nunca sabremos lo que habría pasado si Augereau no hubiera sido relevado del cargo, o si Gérando hubiera podido imponer su criterio... o, todavía más, si Napoleón hubiera ganado la guerra. Pero lo que sí sabemos es que Napoleón, con todo lo que tenía, fracasó estrepitosamente en Catalunya.

 

Imagen principal: retrato del mariscal Augureau (1834), obra de Jeanne Belloc / Fuente: Musée de l'Armée, París