Los ayuntamientos tienen tendencia a publicar libros de autobombo de su ciudad. Es quizás este motivo por el que las ediciones oficiales rara vez hacen la competencia a las ediciones privadas: la mayor parte de los lectores no están interesados en consumir propaganda en formato libro. Pero Kitsch Barcelona, de Anna Pujadas, es un libro atípico, porque a pesar de ser publicado por el Ayuntamiento de Barcelona, supone un cuestionamiento en toda regla a la imagen oficial de esta ciudad. Pujadas recorre la ciudad en busca de elemetos kitsch y, además, recoge una serie de testimonios de intelectuales sobre aquello que consideran kitsch en la ciudad.

¿Nada se salva?

Anna Pujadas, profesora de teoría e historia del diseño en la Escola EINA, es la coordinadora del libro, pero en realidad, esta es una obra coral, en que diferentes perspectivas confluyen, se sobreponen y se enfrentan en el análisis de los excesos estéticos de la ciudad. Evidentemente, Pujadas tiene un papel clave, porque instiga, escoge los comentarios, hace el montaje... Pero finalmente se consigue una visión panorámica, con vistas muy diversas. Incluso hay quien lo niega todo. Según Agustí García en Barcelona "estamos demasiado sometidos a la cultura del diseño y del turismo Gaudí como para que haya kitsch". El resto de los participantes en la obra no están muy de acuerdo con él, y aportan un ejemplo tras otro. En realidad, según J.F. Yvars, en Barcelona "se está haciendo kitsch desde el románico y el gótico".

La creación y recreación de Barcelona

Anna Pujadas apunta que Barcelona ha creado una imagen que se ha consolidado tanto con su promoción exterior, que después hace falta que todo en la ciudad acabe adecuándose a la imagen creada. Barcelona, ciudad masificada y convertida en un gran escaparate, acaba siendo deudora de su propia imagen. La ciudad tiene que cumplir los estereotipos que se le atribuyen y eso, justamente, es uno de los puntos claves del kitsch. En lugar de una localidad donde vivir, se convierte en un decorado: la máxima expresión de eso es el Pueblo Español.

Discusió sobre el kitsch

Kitsch es una palabra polisémica, que nos remite a diferentes concepciones que llevan asociadas valoraciones bien diversas. Para algunos lo kitsch es aquello falso, engañoso, cursi, trivial, masificado, simplista... Pero cada vez el kitsch tiene un sentido más relativista: lo kitsch sería aquello de mal gusto, opuesto al buen gusto oficial. Por lo tanto, aquello que hoy es kitsch, mañana puede dejar de serlo. Y aquello que para uno es kitsch, no tiene por qué serlo para otra persona. En general, se asocia aquello kitsch en aquello excesivamente fácil, masificado, que intenta apelar directamente al sentimentalismo, que cruza sistemas de valores contrapuestos y que presenta una visión del mundo platónica, sin conflicto. Anna Pujadas incluso se refiere a un proceso de "kitschificación", mediante el cual una cosa que en principio no es kitsch, acaba vulgarizándose y volviéndose kitsch. 

Los clásicos

Evidentemente, el libro de Pujadas carga contra algunos de los emblemas del kitsch local. Y no se libran de la crítica, obviamente las esculturas de Lladró. En la gama económica más baja, se llevan el premio los objetos de decoración de las tiendas de "Todo a Cien" con sus colores chillones y el plástico de mala calidad; y, todavía peores, las Tiger, que no son sino "Todo a cien" con ínfulas de modernidad. Pero también hay quien menciona las joyas Tous, que ofrecen simulacros de obras de arte a paladas, o Pronovias, que ha hecho soñar con ser princesas por un día a centenares de miles de mujeres de clase media y baja. Ni siquiera el día de Sant Jordi se salva de las críticas: las rosas de colorines inventadas para la festividad son el blanco de algunos autores. Y, evidentemente, como cumbre del sentimentalismo, hay varias menciones a la Navidad: a las luces en la calle, a las ferias, a los "galets" gigantes plantados en las aceras... El único elemento del libro que no está en Barcelona es otro clásico: la tienda de souvenirs de Montserrat (antes conocida como "la reja de los tontos").

Disfrutó en cuestión

Que el libro cuestione los horribles souvenirs de trencadís de Gaudí que venden en las Ramblas no sorprenderá a nadie. El trencadís se ha convertido en un recurso fácil para los creadores faltos de imaginación; la nube de trencadís de la campaña "Barcelona inspira" creada por el Ayuntamiento, alarmaba casi a cualquiera; y pocos serán los que se sorprendan de las críticas a las cajas de galletas con motivos de Gaudí. Muchos, también, se han enfrentado a los añadidos de Subirats en la Sagrada Familia, como lo hace en el libro Eduard Cairol. Anna Pujadas misma deja bien claro que las imitaciones comerciales de la obra de Gaudí, banalizadas y masificadas, entran de lleno en lo kitsch. Pero algunos de los colaboradores del libro van mucho más allá que Pujadas, y llegan a atacar abiertamente a Gaudí, el emblema de la ciudad. Narcís Comadira hace un cuestionamiento en toda regla del icono de Barcelona. Asegura que "Si ya la fachada original de Gaudí era un horroroso monumento al kitsch, lo que se está haciendo ahora no tiene nombre ni perdón"; se trataría de un "monumento a la mentira, al mal gusto, al sentimentalismo." También Isabel Campi y Raúl Oliva califican a la Sagrada Familia como gran monumento kitsch de la ciudad. Jeffrey Swartz refuerza la crítica a Gaudí con un ataque en toda regla en los campanarios del templo, tan idolatrados. Pedro G. Romero se centra en la arquitectura civil de Gaudí, y considera de lo más kitsch las chimeneas del Palau Güell, tan idolatradas por algunos.

Monumentos sin chispa

Hay muchos monumentos barceloneses que algunos de los analistas consideran abiertamente kitsch. Jeffrey Swartz cita la "tremenda fuente de la Plaza de España, hecha por Jujol." Coincide con él el antropólogo Octavi Rofes, que añade el resto de la plaza de España, y el geógrafo Toni Luna añade al lote la plaza de toros de las Arenas reconvertida en centro comercial (el edificio del MNAC también es incorporado al paquete). Teresa Camps añade a la lista el Arco de Triunfo. Y las cuatro columnas jónicas de Montjuïc, en recuerdo de las cuatro barras, merecen las críticas de Raúl Oliva. Martina Millà destaca "La dama del paraguas" del parque de la Ciutadella, que además del elemento clasista, tiene un toque terriblemente esnob. El medievalista cuartel del Bruc compite en las críticas con la orientalista plaza de toros de la Monumental. Pero, probablemente, el monumento que genera más consenso en su adscripción al kitsch es el Tibidabo, al que Josep Pla ya calificó de "la mayor mona de Pascua de Catalunya".

Gato por liebre

Algunos de los autores, cuando se refieren al kitsch prefieren centrarse en la revitalización falseada del pasado: aire clásico adornado con unos toques de diseño, como los cafés de franquicia con un ambiente "colonial". Entre los locales kitsch pseudoantiguos, Tània Costa ironiza sobre el bar Pastel, y Eduard Vázquez sobre el Sor Rita Bar, mientras que Daniel Vila no esconde su fascinación por La Concha, el local de la calle La Guàrdia dedicada a Sara Montiel. Raúl Oliva se centra en un local que es la máxima expresión del cartón piedra (y de la cera): el bar Bosc de les Fades del Museu de Cera. Entre el kitsch más idolatrado, figura el bar Kentucky, el bar de los marines norteamericanos; el diseñador Curro Claret asegura que representa "un tipo de kitsch que me parece muy importante, relevante, estimulante, que connecta con una parte muy humana de las personas y la sociedad".

El kitsch más moderno

Los autores estudiados no sólo encuentran kitsch en los elementos modernistas y noucentistas de la ciudad, sino que algunas de las obras de diseño que se han vendido como un emblema de modernidad barcelonesa también son cuestionados. Empezando por la ceremonia de inauguración de Barcelona 92 (y algunas obras olímpicas, como la Torre Telefónica de Calatrava o la famosa Gamba de Mariscal). Pero también hay quien considera puro kitsch el sofá con forma de labios besucones de Óscar Tusquets, un emblema del diseño local. Entre los locales "de diseño" se cita la tienda Beriestain, donde se venden muebles nuevos que imitan los antiguos, con un toque colonial o rural; el Hotel Campo se añade a la lista como establecimiento en que el estilo "retro" roza peligrosamente el mal gusto; y otro hotel, el W (Vela) de Bofill, también merece críticas despiadadas. Entre los grandes monumentos de la ciudad, Raúl Oliva centra sus críticas en las cerillas de Claes Oldenburg, en el Pabellón de la República.

Kitsch a la mesa

Uno de los desafíos de Kitsch Barcelona es incorporar también elementos gastronómicos a la crítica al kitsch barcelonés. Si Barcelona se está convirtiendo en un parque temático, también los locales de restauración de Barcelona son, cada vez más, elementos de este parque temático, donde lo realmente importante es el atmósfera y no la comida. Y la atmósfera es de lo más simplificada y estereotipada. De forma hipócrita, lo industrial se quiere presentar como típico y genuino. Y no hace falta que sea típico de aquí: hay una avalancha de genuidades exóticas que en el fondo no pasan de cocina aproximativa (se acaba comiendo una cosa que se parece remotamente a un plato del otro extremo del mundo). La crítica al kitsch gastronómico se inicia con el clásico de toda la vida de nuestro país: el pijama. Pero Ada Parellada da el premio al kitsch a los platos clásicos catalanes manchados con una reducción de vinagre de Módena; Isamel Vallvé se inclina por los productos reformulados y vestidos con nombres de importación: pasteles, galletas y magdalenas reconvertidos en cakes, cookies y muffins. Y en medio de tanta masificación, Enric Jardí apuesta por  añadir a la lista de lo kitsch a los "cosmopolitismos convertidos en marca" como las salsicherías Viena o las tabernas vascas.

Un libro para pensar

Sin duda, al pasar las páginas de este libro, tendremos sentimientos contradictorios. Probablemente compartiremos algunas de las críticas de los autores. Es posible que acabemos sorprendidos del gran número de elementos kitsch que hay en las calles y plazas de nuestra ciudad y que nunca nos habíamos planteado como conjunto. Pero es muy probable que nos parezca absolutamente injusto que algunos elementos amados de la ciudad se hayan incorporado a la obra. Y esta, justamente, es la riqueza de este libro. Pujadas y los otros colaboradores de Kitsch Barcelona nos obligan a reflexionar sobre los límites del buen y del mal gusto. Y a plantearnos las virtudes y los vicios estéticos de una ciudad a menudo planteada como un simple escaparate en el que los ciudadanos, a veces, acabamos siendo una pieza más de este montaje kitsch. Si alguna cosa se puede criticar a este magnífico y provocador libro es, justamente, que los barceloneses estén tan absentes de sus páginas, como si ellos mismos no tuvieran nada de kitsch.

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