No sé quién fue el científico psicópata—o el niño cafre de pueblo, que para el caso es lo mismo— que llevó a cabo el famoso experimento, pero consiste en lo siguiente: se coloca a una rana (viva) en una olla con agua fría y se procede a cocerla a fuego muy bajo. Si la echaras directamente al agua hirviendo, el pobre animal saltaría en el acto y volvería por ancas a su charca mientras se caga en todos tus muertos. Pero de este modo, subiendo gradualmente la temperatura, parece ser que el sapo se queda ahí disfrutando del baño hasta que, cuando el olor a caldo de batracio empieza a llegar a sus pequeñas fosas nasales, ya es demasiado tarde para huir. La boiling frog o síndrome de la rana es una metáfora de la incapacidad o carencia de voluntad de las personas para reaccionar a las amenazas que surgen lentamente, y ha sido usada hasta extenuación por comentaristas de todo pelaje para explicar cuestiones que van del calentamiento global al capitalismo. Y hoy, muy patilleramente, la usaré yo para introducir —que no justificar— la atroz serie de crímenes cometidos por un dandy ocioso en el Dublín de los años 80.

Imaginen el escándalo aquí y ahora si encontraran a Antonio Anglés cómodamente acogido en casa de Grande-Marlaska

Imagínese usted el haber sido criado entre algodones (si bien por una madre fría y un padre violento), en una mansión rural de la campiña irlandesa, con servicio e institutriz. Después, al cumplir la mayoría de edad, se marcha a pasar una temporadita a California, en casa de un tío suyo multimillonario, mientras asiste a charlas en la universidad de Berkeley y es testigo —solo testigo— del nacimiento de la contracultura, el amor libre y todas estas cosas de hippies. Más tarde vuelve a su país y enseguida hereda un sustancioso patrimonio que debería permitirle poder pasar el resto de sus días bebiendo vino caro, comiendo en los mejores restaurantes, viajando al continente, yendo al teatro y a la ópera y saciando su insaciable sed de ocio y cultura mientras dispone a placer de su bien más preciado: su tiempo. Y para hacerlo en unas condiciones todavía más cómodas decide mudarse con su mujer y su bebé a un lugar más cálido; a Tenerife, pongamos por caso. Pero al poco se da cuenta de que ha dilapidado toda su herencia y que en esa isla española (como en todas, sospecha) el dinero no cae del cielo... Tendrá que buscar trabajo, trabajar por primera vez en la vida.

Cubierta del libro editado por Comanegra. Foto: Comanegra.

Los que no tenemos la sangre azul, hemos llegado a normalizar eso de que te suene el despertador a primera luz para, al poco, embutirte en un transporte público maloliente y desplazarte a aquel lugar, por lo general tirando a sórdido, donde pasarás la mayor parte del día (y de tu vida) haciendo tareas monótonas y recibiendo órdenes de cualquier imbécil, para luego ir al bar a descargar la frustración a base de fútbol y cerveza. Y al día siguiente, vuelta a empezar. Siguiendo la metáfora de antes (ya lo habrán pillado), los de nuestra clase somos ranas a quienes llevan subiéndolos la temperatura desde párvulos. Si nuestros progenitores se deslomaban en la fábrica y nosotros, en total ausencia de derechos laborales, tecleamos ahora repantingados en la silla de un coworking, incluso llegaremos a pensar que nos han echado sales de baño. Llegamos a percibir la aberración que es trabajar como algo natural. Cualquiera en su sano juicio, al ser lanzado de repente al agua hirviendo que es la vida laboral, saltaría y buscaría una alternativa más razonable: coger un fusil, atracar un banco y huir deprisa en un coche robado. Y esto es precisamente lo que intentó hacer Malcolm Macarthur (1945), nuestro tristemente célebre protagonista de hoy, un aciago verano del año 1982. Hasta aquí todo bien. Lo que nadie ha conseguido entender nunca es por qué en el proceso de conseguir arma y coche tuvieron que ser asesinadas (y muy salvajemente) dos personas inocentes, y qué diantre hacía el asesino más buscado del país, en el momento de su detención, viviendo en casa del Fiscal General de Irlanda. (Imaginen el escándalo aquí y ahora si encontraran a Antonio Anglés cómodamente acogido en casa de Grande-Marlaska.) En este misterio, que conmocionó la opinión pública del país céltico hasta acabar cayendo su gobierno, intenta profundizar Mark O’Connell en Un rastre de violència, la primera traducción internacional de este true crime literario con aromas de best seller.

GUBU

“La primera vez que nos encontramos (que hablamos, debería decir, puesto que lo había visto muchas veces desde que lo liberaron en 2012) me sentí entusiasmado —explica el autor mediante una rueda de prensa telemática—. En Irlanda es un personaje muy conocido, como aquella ballena blanca inabarcable, un individuo bastante difícil de conseguir para los periodistas... Todo lo que sabíamos de él era la historia de los asesinatos y su reconocible imagen: guapo, elegante, siempre con su pajarita... Yo quería rascar algo más, saber qué hay detrás de esta pantalla. Lo convencí rápidamente de que hablara conmigo para el libro. Él lo que quería era explicar bien lo que había pasado, su infancia, su vida. Pero su relato era bastante, digamos, ‘innovador’. El reto era abrirme paso y descubrir la verdad entre todo lo que él me decía".

Macarthur no es un monstruo, y esto es lo más inquietante

Malcolom Macarthur es de por sí un personaje literario, hasta el punto que el protagonista de la ficción de John Banville —escritor a quién O’Connell dedicó su tesis doctoral— el Libro de las pruebas, Freddie Montgomery, está inspirado en su vida. Un personaje de rasgos icónicos a quien la prensa sensacionalista de su país retrató como un esnob sin escrúpulos. Un asesino de campesinos y enfermeras por vete tú a saber qué motivos, amparado por los consabidos privilegios de clase y el siempre corrupto gobierno irlandés. Los pocos pero escabrosos detalles de los crímenes que salieron a la luz, sumados a que el juicio fuese muy rápido (Macarthur se declaró culpable de los dos asesinatos, pero, al condenarlo a la pena máxima por el primero, el Estado decidió no juzgarlo por el segundo), y todo sumado al paradójico hecho de que el hombre más buscado por la justicia —habiéndose publicado retratos robot del sospechoso en los periódicos— fuera detenido, precisamente, alojado en el lujoso apartamento de la máxima autoridad del país en materia de justicia, su amigo Patrick Connolly, fueron algunas de las causas que finiquitaron la credibilidad del gobierno del flamante taoiseach Charles Haughey. De hecho, las palabras que este usó para tratar de describir el suceso (‘grotesque, unbelievable, bizarre and unprecedented’), serían recogidas por la prensa bajo el acrónimo GUBU para referirse tanto a los crímenes como, aún a día de hoy, a los escándalos del gobierno. Y a pesar de contar con todos los ingredientes de éxito para una buena crónica negra, sorprendentemente, a nadie se le había ocurrido todavía escribir un true crime sobre todo ello.

El autor, Mark O'Connell. Foto: Comanegra.

Antes de conocerlo —continúa O’Connell—, Macarthur era para mí solo una idea, una especie de fantasma. Y de repente pasó a ser algo mucho más inquietante que un fantasma: un ser humano perturbador. Mi comprensión sobre él se hizo más compleja. Se me hizo evidente que no es un monstruo, y eso es lo más inquietante. Quizás sería fácil afirmar que es un narcisista patológico o un sociópata, pero quería evitar esos términos. Si pones una etiqueta, es una forma de explicar o justificar unas acciones. No me sentía con el derecho de hacerlo. Además, él insiste en que está perfectamente sano, y muchos psiquiatras que lo han analizado le dan la razón (a pesar de sugerir cierta psicosis). Yo quería que fuera solo una exploración literaria. Mi libro habla de la presencia de la ficción en aquello que pensamos que es real”. El libro salió a la venta el miércoles y lo encontrarán en el estante más negro de su librería habitual. Cómprenlo y léanlo. Que no les asuste el hecho de que Sally Rooney firme uno de los blurbs de la cubierta. Lo realmente horripilante les espera en el interior.