Hay frases que no recordamos cuándo nos las dijeron por primera vez, pero que se han quedado a vivir dentro de nosotros. No ocupan mucho espacio, no hacen ruido, pero nos condicionan y nos persiguen cada día. Son frases pequeñas, dichas con voz de adulto, a menudo con buena intención —o no, no lo sé. Cuando somos pequeños, no entendemos que las palabras también nos educan. Que no solo nos ayudan a entender nuestro entorno y nuestro mundo, sino que también nos ayudan a construirlos. Las frases que nos dicen nos enseñan qué está permitido, qué es posible y qué merece ser intentado. Y lo hacen en la lengua más cotidiana, una aparentemente muy inofensiva.
Estas Navidades, viendo vídeos antiguos —tengo la suerte de que mi padre grabó muchos momentos en VHS— nos he visto y oído. Este año lo he hecho con una mirada diferente. No ha sido solo un ejercicio de nostalgia, ha sido una revelación. La manera en que siempre nos ha hablado nuestra madre: respetuosa, confiada, firme… Nos ha hecho como somos. Nos animaba a hacer las cosas solas, a intentarlo, a equivocarnos, nos hacía preguntas y nos hablaba como a adultas: “¡Valentina, ábrelo tú!”. “Julia, míralo bien: ¿qué es eso?”... Y no nos hablaba desde la orden, sino desde el acompañamiento.
Mirando estos vídeos he entendido muchas cosas. He entendido por qué no hemos crecido con miedo a equivocarnos ni a hacer nada mal. He entendido el porqué todavía hoy confiamos más en el podemos hacerlo que en el debemos hacerlo. La lengua también deja herencias invisibles, y algunas son profundamente amables. Otras, imagino, deben de ser profundamente dolorosas.
Deseo que este 2026 seamos un poco más cuidadosos con cómo nos dirigimos a los niños. Que pensemos antes de decir, que confiemos más y que mandemos menos
En un vídeo de esos de psicología barata de Instagram, decía algo muy obvio, pero muy contundente: los niños se lo creen todo. Si les dices que existen los Reyes Magos, se lo creen. Si les dices que hay un tronco que caga, también se lo creen. Aceptan el mundo tal como se lo presentamos, porque todavía no tienen herramientas para dudar de él. Por eso las palabras dichas con confianza pueden sostener toda una vida y, por eso, si les decimos que no son buenos o que son demasiado lo que sea, también se lo creerán. Los niños se lo creen todo, y, por tanto, también se creen que no pueden, si les decimos que no pueden.
Y también es por eso que es tan peligroso caer en el lenguaje de la prohibición, el lenguaje de la recomendación encubierta, el lenguaje comparativo y también el futurista: “No llores”, “esto no es para ti”, “tú eres más débil que tu hermana”, “ya verás cuando seas mayor”... y también el de las expectativas impuestas, el que confunde orientar con dirigir. Acompañar con controlar. Amar con manipular. “Tienes que estudiar mucho”, “tienes que trabajar de lo que toca”, “esto es lo que te conviene”... Y ahora alguien dirá que somos la generación de cristal y que no se nos puede decir nada… No, yo soy de la opinión de que debemos poder poner límites y decir que no, pero debemos hacerlo sin coaccionar, sin amenazar, sin imponer y, sobre todo, sin herir a nadie.
La lengua de la infancia no es neutra. Es emocional. Es la lengua con la que aprendemos si tenemos derecho a equivocarnos, a decir que no o a querer otra vida. Por eso cuesta tanto deshacerse de ella después. Porque no son frases que hayamos aprendido: son frases que nos han pasado por el cuerpo y atravesado de arriba abajo. Y, al final, cuando somos mayores, pasamos media vida revisando aquel lenguaje, intentando entender de dónde viene todo. Aprendemos a hablarnos diferente, desmontamos frases que ya no nos sirven. Buscamos palabras nuevas para explicarnos quiénes somos ahora y hacia dónde vamos. De hecho, quizás crecer es eso: atrevernos a sustituir el “no puedo” por el “lo intentaré”, el “tengo que ser” por el “quiero ser”.
El lenguaje y las frases que nos construyen (y también las que nos persiguen) llegan mucho antes de tener las herramientas para cuestionarlas. Es por eso que deseo que este 2026 seamos un poco más cuidadosos con cómo nos dirigimos a los niños. Que pensemos antes de hablar, que confiemos más y que mandemos menos. Que sepamos acompañar sin marcar el camino de nuestros hijos. Que les dejemos espacio para equivocarse, para querer otra cosa, para no cumplir exactamente con aquello que habíamos imaginado. Y que, si algo les ha de quedar grabado de nosotros, sea una voz que les acompaña, no que les limita.
