Tocar de pies a tierra y ser libre. Estas dos ideas surfean las 164 páginas de Així és la vida, el libro de memorias editado por Columna que nos permite conocer un poco mejor la figura de Teresa Gimpera, una mujer inalcanzable que provocó un enorme impacto en aquella Barcelona de los años 60 que abría una pequeña ventanilla en el mundo y en aquella España que seguía encadenada al gris de la dictadura. Una mujer inalcanzable que fue "la chica de la tele" y una modelo cotizadísima, actriz de mil y una españoladas pero también protagonista de El espíritu de la colmena, madre de tres hijos y moderna antes de que la modernidad llegara al país, siempre enganchada a una independencia insólita en la época. A sus 85 años, con una paciencia infinita y un sentido del humor envidiable, y un saber estar que siempre fue una máxima vital, la Gimpera nos recibe en su casa para charlar de un libro que se devora sin freno, en lo que se habla de maternidad, del amor y de la muerte, de feminismo y de Hitchcock, de la Gauche Divine y de enseñar el culo. Y de ser libre, y de tocar con los pies en el suelo.

Foto: Sergi Alcàzar

Intimidades

"Hace muchos años que me lo pedían, pero siempre decía que no, porque eso de confesar intimidades me daba un poco de miedo... Si explicas la verdad puedes hacer daño a mucha gente", advierte. Pero la lectura del magnífico Bocaccio, on passava tot (Columna) le hizo ver que el periodista Toni Vall era el cómplice perfecto para ayudarla a escoger y a remover en los rincones de la memoria, a elegir anécdotas y vivencias, y a ser discretos con otros, para dar forma a este Així es la vida: sin seguir ningún orden cronológico, estructurado a base de flashes, con capítulos cortos que van al grano, el libro muestra a la misma Gimpera de las distancias cortas, alguien que siempre ha intentado hacer lo que sentía, lo que le daba la gana, por encima de lo que le convenía o dictaban la moral y las normas sociales del tardofranquismo. Y que siempre ha tocado de pies en el suelo.

Confesar intimidades me hacía una pizca de miedo. Si explicas la verdad puedes hacer daño a mucha gente

"A mí, eso de ser un icono no me representa. Me hace reír. Creo que de todo tiene la culpa aquella fotografía de Bocaccio que ha pasado a la historia (se refiere a aquella dónde sale con el cuerpo lleno con los sellos del local). Pero yo no me considero un icono de nada", dice contundente y entre risas. Bromea con el fotógrafo (y, sin pretenderlo, nos da una clase magistral, tantas son las horas de vuelo como objetivo de mitos de la cámara como Leopoldo Pomés o Xavier Miserachs, el autor de la mítica foto de Bocaccio) y reflexiona sobre la naturalidad con la que vivió su explosión: "A los 16 años dije que nunca me pondría tacones ni me maquillaría, y ya ves... Empecé en este mundo por casualidad, por mi genética: ser modelo estaba mal visto, y en aquella época casi todas eran extranjeras. Me hicieron unas pruebas, unas fotos, y allí empezó todo. Para mí no era nada más que un trabajo, nunca me he considerado un supervedette. Y no me di cuenta de que aquello no era normal hasta que me empezaron a reconocer por la calle. Pero es que yo lo anunciaba todo, eh...".

La chica de la tele

Es difícil entender, a día de hoy, la conmoción que supuso la aparición de "la chica de la tele", a veces hasta ocho o nueve veces diarias, anunciando productos de todo tipo, en la sociedad española de la época. La naturalidad y su muy particular belleza tenían mucho que ver. "El físico, la genética, me ha ayudado mucho. Yo entonces no me veía guapa, y ahora veo las fotos de la época y veo que sí". Y cuando el periodista expone sus dudas, cómo es posible no verse guapa, la Gimpera exclama: "¡Te lo juro, estaba llena de complejos! Por delgada, pero porque tampoco tenía el cuerpo de maniquí, ellas no tienen curvas, y a los diseñadores les gusta que seas como un palo, porque la ropa queda mejor". La misma genética que le abrió las puertas del cine, nacional y en coproducciones europeas, como Diez negritos o Las petroleras. "Con mi físico podía hacer de todo, menos de española. Siempre me daban papeles sofisticados, de mujer más moderna, que sabía idiomas... Hice cine en todas partes del mundo. Y en eso tuvieron mucho que ver mis genes".

En los años 60 había una moralidad insoportable. Que una señora casada y con tres hijos se dedicara a hacer de maniquí, era rarísimo

Foto: Sergi Alcàzar

La popularidad en los 60 era enorme, pero la Gimpera seguía tocando con los pies en el suelo: "Cuando me paraban por la calle me moría de vergüenza. Mis hijos me estiraban de la ropa: 'ya te han conocido, ya te han conocido'. Poco a poco me fui acostumbrando. Pero nunca he tenido problemas con tener más humos de la cuenta. También tuve la suerte de caer muy bien a las mujeres, porque siempre he sido muy normal, no he ido nunca de diva, nunca en la vida. Piensa que en los años 60 había una moralidad insoportable. Que una señora casada y con tres hijos se dedicara a hacer de maniquí, era rarísimo. A uno de mis hijos, por ejemplo, un amigo de la escuela le dijo que yo era una puta. Es que así es como se veía mi profesión entonces... Se pensaban que para hacer de modelo o de actriz me iba a la cama con todo el mundo. Y eso yo, a cambio de trabajo, no lo he hecho nunca, aunque me lo propusieron a menudo".

El amigo americano

La vida de la Gimpera podría llenar tres o cuatro libros. Niña refugiada en Francia durante la Guerra Civil, madre de familia de bien joven, icono a su pesar, actriz y musa de aquella mítica Gauche Divine barcelonesa, empresaria y cocinera, propietaria de una escuela de modelos... y abanderada de la libertad. La Gimpera cambió su vida como un calcetín cuando conoció a un actor americano tan guapo como ella. Craig Hill fue el amor de su vida: cruzaron sus caminos en el rodaje de una peli de espías, Amenaza Black Box (1966), y estuvieron juntos, primero en secreto, a veces con un océano por medio, de otros a un golpe de avión, con altibajos y reconciliaciones, con alguna que otra infidelidad confesada, finalmente casados, siempre enamorados. "Era alguien muy especial. No sólo para enamorarnos, también porque no todos los hombres habrían aceptado una relación con una mujer que ya tenía tres hijos", recuerda. En el libro, nuestra protagonista explica sus aventuras con el Oriol Regàs o Leopoldo Pomés ("muchos estamos casados, pero no con las personas que queremos", dice en varios momentos, en varios capítulos). "Sí, hablo de infidelidades, claro, pero de una manera suave. Son cosas que han pasado, siempre por enamoramiento. Creo que sigue habiendo poca educación sexual, y mucha culpa es de los hombres no se han preocupado mucho de hacer sexo bien hecho. Yo aprendí gracias a Craig. A mí me enviaron a hacer un curso prematrimonial, con un cura y un ginecólogo, y, claro, no sabíamos nada de nada", afirma.

La muerte es una cosa muy natural, y no me da miedo

Craig Hill es, obviamente, uno de los protagonistas de Així es la vida, como también lo son los tres hijos de la actriz, uno de los cuales, el pequeño, Joan, murió, como decía la esquela a La Vanguardia, víctima de las drogas y del sida. Dice la Gimpera: "El capítulo de la muerte de Joan está muy bien, es muy sincero, y nada dramático. Creo que de la muerte se tiene que hablar, es una cosa muy natural. Tengo 85 años y sé que la tengo cerca. Lo que no querría es que me alargaran la vida sin sentido, que no me intuben para aguantar una semana o un mes más. Eso lo aprendí con mi hijo: cuando vives de aquella manera, con el sida, con una adicción en las drogas que no había manera de arreglar, que cuando salía volvía a entrar... Aquello lo llevamos muy en secreto, lo sabía muy poca gente, sobre todo para evitar que la prensa pudiera hacerle daño a él y no a mí, y cuando Joan murió... La muerte es una cosa muy natural, y no me da miedo. Me da rabia, porque tengo el pensamiento absurdo que cuando me muera añoraré mis hijos. ¡Y eso que no soy creyente!".

La Gimpera y el cine

"Empecé en el cine haciendo Fata Morgana, una película que escribieron para mí, una idea de Gonzalo Suárez que dirigió Vicente Aranda. Me habían propuesto hacer cine antes, pero no me sentía preparada, no había estudiado Arte Dramático. Pero esta película me iba muy bien, y acepté: a la segunda semana de rodaje pregunté cuánto me costaría dejar la película, porque me daba una vergüenza horrorosa. Imagínate rodando en la plaza Sant Jaume, con toda la gente mirándome. A partir de entonces, empezaron a llegar propuestas", nos explica.

 

Foto: Sergi Alcàzar

Hoy hay un empoderamiento fantástico de la mujer. En aquella época, la mujer no trabajaba, estaba en casa

Haría 155 películas, pero el cine, como el modelado, siempre fueron una herramienta para vivir y seguir huyendo del gris y el encadenamiento de las mujeres en el espacio que se tenía reservado para ellas. "Hoy hay un empoderamiento de la mujer fantástico. En aquella época, la mujer no trabajaba, estaba en casa, e incluso necesitaba el permiso del marido para comprarse unas medias. En el momento en que tienes solvencia económica todo cambia", explica. Y continúa, recordando lo que, probablemente, fue su gran error de su carrera como actriz: "Rehusar la oferta de Carlos Saura y Elías Querejeta para ser la protagonista de Peppermint Frappé. Seguramente la cagué. Pero estaba enamorada y preferí pasar tiempo con Craig en Roma, donde él vivía. Es que el cine ha sido siempre sólo un trabajo, y no he supeditado las cosas realmente importantes por el trabajo. En Barcelona me decían que como podía hacer aquellas españoladas tan malas, y yo los contestaba que tenía que pagar las facturas. Un actor que espera la película ideal o al director que le tiene que cambiar la vida, quizás se tiene que esperar años. Y a mí lo que se me interesaba era trabajar, y ya está. Pero tengo la suerte, el honor, de haber hecho El espíritu de la colmena. Y un puñado de buenas pelis, como Las crueles, con Aranda. Supongo que de estas 155 películas, te puedes quedar con cinco o seis. Pero las otras me dieron para poder vivir. A veces me sabe mal no tener un estatus mejor como actriz, pero es que no lo busqué", afirma.

Con Hitchcock en los talones

Nos paramos un momento para recordar la anécdota que probablemente haya explicado más veces a la vida, el cásting que hizo con el legendario Alfred Hitchcock cuando el cineasta insistió en conocer aquel modelo que había visto en una revista. "No sé qué hubiera pasado si Hitchcock me hubiera contratado para hacer Topaz, pero ya había un contrato firmado con Universal para hacer más películas. Le enviamos grabaciones y fotos mías, porque yo no daba ni el físico ni el acento para el personaje, que era una cubana morena. Pero él insistió en conocerme, y me hicieron ir a Los Angeles a hacer una prueba. Tenía claro que aquel trabajo no saldría. Mira como soy que ni se me acudió hacerme una foto con Hitchcock. Por eso, incluso, hubo algún periodista que publicó que me lo había inventado. No se me ocurrió tampoco pedir las pruebas filmadas... Todo aquello era trabajo, no tenía mucha más importancia", recuerda.

No sé qué hubiera pasado si Hitchcock me hubiera contratado para hacer Topaz, pero ya había un contrato firmado con Universal para hacer más películas

Tampoco fue ningún trauma abandonar el cine unos cuantos años por culpa del destape: "Hubo un momento en lo que en cualquier película tenías que enseñar alguna cosa. Y el año 1978 hice La ocasión. Había leído el guion y me parecía que había algunas escenas que iban muy hacia allá, pero el director, José Ramón Larraz, me dijo que ya cortaría algunas secuencias en el montaje. Y no lo hizo. La ocasión era casi porno, bastante asquerosa, y decidí que no se me daba el hambre seguir enseñando el culo a los 40 años. Entonces me decían que echaría de menos el cine... ¡y qué va! ¡En absoluto!".

La izquierda exquisita

¿Y de Bocaccio y la Gauche Divine? ¿Eran o no unos pijos que vivían en espaldas de la realidad? "Había de todo, una mezcla de gente diversa, intelectuales, cineastas... Algunos dormían de día porque pasaban ahí la noche, otros trabajábamos. Yo casi ni iba, porque era la época en que rodaba una película detrás de otra, y no tenía tiempo. En Bocaccio empezamos a mezclarnos, entendiendo que hombres y mujeres éramos iguales. A veces Rosa Regàs me recuerda la suerte que tuvimos de despertar y darnos cuenta de que no dependíamos de los hombres. Pero no todos éramos pijos. Algunos, más que pijos, eran muy ricos. Eso sí, todos íbamos contra Franco, queríamos libertad".

Foto: Sergi Alcàzar

Rosa Regàs me recuerda la suerte que tuvimos de despertar y darnos cuenta de que no dependíamos de los hombres

Como pasa en las últimas páginas de Així es la vida, donde deja caer algunas ideas sobre la política y el independentismo, acabamos la charla con la Gimpera charlando sobre la situación estancada en Catalunya: "yo creo que fuera de aquí no nos entienden" y sobre la polaridad socio-política del país: "Eso de VOX da un miedo... va en contra de todo lo que hemos avanzado. O el tema del negacionismo con las vacunas, no se entiende", afirma, antes de despertar la envidia del periodista cuando le explica qué buenas le salen las croquetas y se disculpa para no tener nada en la nevera para ofrecerle.