Cuando Mònica Terribas anunció ayer, en el transcurso de la tertulia, que Rita Barberá había muerto de un ataque cardiaco lo primero que pensé es qué habría dicho Joan Fuster. Las anécdotas de la historia, igual que los males del cuerpo, acostumbran a ofrecer lecturas morales de un buen calibre. Como explicaba este diario ayer, Barberá fue a morirse justo el mismo día que Fuster habría hecho 94 años. No me diréis que no es bonito.

Barberá y Fuster representan la quintaesencia de las dos Valencias que la política española hace años que se esfuerza en enfrentar. Como Jordi Pujol, Barberá parecía un muñeco sacado de una falla, mientras que Fuster entroncaba con la Corona de Aragón renacentista, casi borrada de la historia por la represión. La vulgaridad de Barberá, y el éxito que tuvo como alcaldesa, no se puede explicar sin la castellanización masiva de Valencia, igual que la aparición de un intelectual de la categoría Fuster es inseparable de la resistencia de la nación catalana.

Barberá ha muerto, igual que murió Joan Fuster, en la marginación, y coincidiendo con el agotamiento de un ciclo histórico. La corrupción y el urbanismo faraónico que representa Barberá son un fruto tan propio de la España de la Transición, como lo es el intelectualismo fusteriano de la Valencia arrasada por las dictaduras y la administración borbónica. Fuster no podía hacer una literatura populista como la que hizo Josep Pla porque, en la remota Sueca, la nación catalana no tenía margen para negociar nada con España.

El genio de Sueca tuvo que volar muy alto y refugiarse en el elitismo para poder llegar a Barcelona y asegurar el sustrato común que connecta a los Países Catalanes. De la misma manera que la España de Barberá promocionó la grosería y la frivolidad para debilitar los vínculos entre Valencia y el Principado, Fuster tuvo que ir a buscar el siglo XVI para construir una obra sólida que mantuviera su sentido al cabo del tiempo.

Estos españoles que atacan a Barberá, y la acusan de corrupta, sin que haya podido ser juzgada, me hacen pensar en aquellos convergentes que decían que Fuster era demasiado abstracto y que la Comunidad Valenciana valía más dejarla a parte. Teniendo en cuenta que hasta hace dos días Pablo Iglesias todavía tenía a miedo de dejar claro que el catalán y el valenciano son la misma lengua, Podemos es poco creíble a la hora de dar lecciones sobre la trayectoria de Barberá.

Tampoco lo eran los jóvenes vicesecretarios del PP que abrieron la veda, más preocupados por su futuro político que por regenerar la política española de verdad. Barberá era fruto de una historia, de un capital humano y de una política castellanizadora que basó la paz social y la modernización de España en el urbanismo de mal gusto, la corrupción generalizada y la marginación de figuras incomodas, por demasiado catalanas, como Joan Fuster.

El caso de Barberá era ideal para que los líderes regeneracionistas explicaran que los conflictos territoriales no se pueden resolver con medidas estéticas y que buena parte de los problemas de inestabilidad que tiene el Estado parten del hecho de que su unidad se ha construido sobre el espolio y la negación de la nación catalana.

Mientras España se empeñe en vivir en el presente continuo, como es típico de las tiranías, la lucha contra la corrupción sólo generará discursos tóxicos, tan grotescos como los que durante la Transición sirvieron para contraponer la paella valenciana al catalanismo de Fuster. De momento, las miserias que deja la generación de Barberá sólo ha dado juego a jóvenes toreros con más ganas de lucirse que de enfrentarse a los problemas de fondo de su tiempo.

La muerte de la exalcaldesa tiene una resonancia simbólica especial porque fue una figura decisiva en la articulación de esta España democrática pero todavía caciquil que, con Rajoy, ha tomado finalmente el poder estatal. El tiempo dirá si Barberá ha sido eliminada como aquellos arquitectos egipcios que los faraones enterraban dentro de la pirámide porque sabían demasiadas cosas, o si su desaparición servirá para abrir una nueva etapa, en Valencia y en España.

La burguesía valenciana quizás se debería de preguntar por qué después de salvar la cabeza de Rajoy dos veces, Barberá acabó sus días sintiéndose utilizada y traicionada por aquellos que ella siempre había considerado los "suyos". No parece una casualidad que el tufillo de turba en la Place de la Concorde que ha marcado la muerte de Barberá, se haya ido incubando a partir del ambiente que promovió el mismo PP hace un par de años para intentar parar el independentismo.

Ante un infarto tan poético como el que ha fulminado la exdirigente popular, Espanya se ha partido, com es habitual con los casos de corrupción, entre los aprendices de Robespierre y los admiradores del cinismo duro de Fouché. Quizá el futuro passaria por ser capaz de imaginarse qué habría escrito hoy Fuster -ese que los amigos del padre de Barberá llamaron Nazi, cuando publico Nosaltres els valencians. 

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