Pau Coya presenta en el Teatro Akadèmia El dia que va morir David Bowie, una adaptación de la novela de Sebastià Portell que traslada a escena el trayecto vital de un joven mallorquín en Barcelona. La obra parte de una situación de espera —los resultados de unas pruebas médicas de infecciones de transmisión sexual— para construir un relato fragmentado sobre la identidad, el deseo y la necesidad de pertenencia.

A partir de este punto de partida, la pieza se despliega como un flujo de memoria desordenado, como si de un reel o TikTok se tratara, donde el protagonista revisita experiencias vividas en la ciudad. Barcelona aparece aquí como un espacio dual: a la vez promesa de libertad y escenario de desorientación. En este contexto, la noción de sexilio —la migración de jóvenes queer desde territorios de origen más restrictivos hacia grandes ciudades— actúa como telón de fondo del relato, sin convertirse en un discurso explícito, sino en una presencia constante.

La dramaturgia opta por una organización no lineal del material escénico. Las escenas no siguen una progresión narrativa tradicional, sino que se disponen como episodios autónomos que construyen, por acumulación, el estado emocional del protagonista. Este mecanismo permite alternar registros y situaciones sin transiciones marcadas, generando un ritmo continuo e irregular a la vez.

Llorenç Gris

Entre el deseo y la inseguridad

El dispositivo escénico se basa en la transformación constante. Lluís Febrer encarna al protagonista desde una fisilidad exigida, sosteniendo un recorrido que oscila entre momentos de lucidez y de derrumbe. A su alrededor, Catalina Florit y Xavi Frau asumen una multiplicidad de personajes que van cambiando de función según la escena, en un juego interpretativo que refuerza la idea de desplazamiento y fragmentación identitaria. Este sistema de transformaciones contribuye a un dinamismo que evita la fijación de roles estables.

Otro elemento estructural es el uso de las referencias culturales y musicales, que actúan como puntos de anclaje del relato. La figura de David Bowie atraviesa toda la pieza como símbolo de mutación e identidad cambiante, mientras que otros elementos de la cultura pop sirven para situar la acción en un imaginario compartido que conecta con una generación concreta.

El montaje construye así un recorrido más sensorial que narrativo, en el que la acumulación de situaciones, voces y materiales escénicos dibuja el estado interno del protagonista. El resultado es una propuesta que no busca la linealidad ni la resolución, sino la inmersión en un espacio mental marcado por la sobrecarga, el deseo y la incertidumbre. El dia que va morir David Bowie se configura, en este sentido, como una aproximación escénica a una experiencia generacional marcada por la movilidad, la fragilidad emocional y la búsqueda constante de identidad en entornos urbanos cambiantes.