Dulceida es una de las influencers más conocidas, la que ha marcado el camino de todas las demás en el fascinante mundo del postureo y de la publicidad personalizada a golpe de click. Lo sabemos todo de su vida. Sabemos el color de su sofá. Cuál es su comida favorita o su canción preferida a tiempo real. Que le dan pánico las arañas y que se despierta de muy mal humor. Momentos muy suyos que hacemos muy nuestros, como cuando se sometió a una reducción de pecho o salió del armario y la red lloró con ella; situaciones ajenas, sin embargo, que a veces usamos como salvavidas para escapar de lo que nos preocupa realmente, en un contexto donde se pone más empeño en brillar por fuera que en no pudrirse por dentro.

El pasado domingo, Aida Domenech publicó en su cuenta de Instagram que abandonaba temporalmente la red social. Lo hace para reconstruirse tras lo que calificó “un año de mierda”: días antes murió su abuela y, a principios de verano, ella y su mujer, Alba Paul, anunciaban no estar pasando por un buen momento. La intimidad es un lujo al que personas como Aida suelen renunciar por algunos miles de followers i una carrera digital que les ofrece viajes pagados, ropa y bolsos carísimos y la posibilidad de asistir a eventos exclusivos a los que mayoría iríamos casi sin pestañear. Pero no todo brilla tanto como la pisada roja de unos Loubotin.

La influencer ha abandonado Instagram temporalmente porque necesita "reconectar". / Instagram

Hablar desde la responsabilidad

“Por mí y por mi salud mental, necesito parar. Soy una persona muy fuerte y nunca pensé que podría llegar a sentirme como me siento hoy, pero yo misma me estoy haciendo daño y no puedo más”, contaba la influencer. Una cosa está muy clara: es y siempre será de valientes tener la capacidad moral para gritar libremente que tu cabeza no está bien - igual que ya hizo la misma Dulceida tiempo atrás al reconocer que sufrió ansiedad durante su adolescencia. Porque no nos engañemos: los problemas relacionados con la salud mental continúan estando en la cola de lo verdaderamente importante. Aunque Simone Biles decidiera no competir en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020; aunque Iván Ferreiro lleve años hablando de sus problemas de depresión o Lena Dunham hiciera público que padece Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Y sí, es altamente positivo que cada vez haya más voces públicas que hablen de ello, para erradicar el mito y naturalizar un problema que afecta al 25% de la población mundial. Pero es indiscutible que el altavoz debe ir acompañado de un gran sentido de la responsabilidad, porque con la salud mental no se juega. Porque detrás de cada trastorno, hay una persona que lo sufre y una familia que lo padece. Porque no es estar triste o tener un día de mierda, aunque ahora el boom y la moda se muevan un poco en esa dirección.

Hablar de salud mental y sentirla en las sienes y las pieles implica una serie de conductas complicadas, y eso es algo que no puede obviarse bajo el yugo de lo que vende. Padecer cualquier trastorno mental se aleja mucho de tener una mala semana o de tener dudas existenciales – algo que evidentemente todos tenemos a lo largo de nuestra vida. Y no significa que algunas de estas situaciones puedan derivar en tragedia con el tiempo, incluso con las horas, si nos ponemos en lo peor; pero equipararlos desde el principio banaliza mucho la lucha de quien lo sufre, porque minimiza sus motivos y equipara injustamente sus emociones descontroladas a un sentimiento tan puro (y necesario) como la tristeza.

Dulceida y Laura Escanes han participado juntas en varios proyectos. / Instagram

¿Se está mercantilizando la salud mental?

Hace menos de dos semanas, la influencer Laura Escanes (con más de 1 millón y medio de seguidores) también publicó en redes que abandonaba las redes sociales por un tiempo. También por salud mental. Tras 10 días de desconexión, volvió a la carga esta semana con una foto donde explicaba que había estado de retiro en la Cerdanya y que, por primera vez en 6 años, se había borrado la app de Instagram de su móvil. También confesaba que había tenido épocas mejores. Pero ahí estaba: explicándolo todo en un post de Instagram.

Si Laura Escanes tiene la posibilidad de desconectar en medio del monte, me parece estupendo que lo haga. Me parece fabuloso que estos 10 días – solo 10 días – le hayan servido para poner en orden sus cosas. Para estar menos triste y agobiada. Pero corre el riesgo de dar un mensaje equivocado de lo que supone la gestión de un problema de salud mental para la mayoría de las personas. Porque cuando uno tiene cualquier trastorno, 10 días no son más que el inicio de una cuesta arriba que no sabes cómo va a acabar. Igual (y como mucho, depende de lo jodido que estés), en este intervalo hasta quedas con un par de colegas, te vas de excursión y haces un maratón de series para evitar pensar en todo lo que se te viene. Eso si antes no te absorben la desidia del sofá y la apatía del alma. La inmediatez del mundo digital aquí no sirve.

Que personalidades como Dulceida o Laura Escanes hablen de salud mental ante sus millones de seguidores no es una mala noticia. Seguramente ambas piensan que están ayudando y es muy probable que no exista maldad alguna en su acción. Pero la buena intención no siempre es suficiente: teniendo el poder comunicativo que tienen, deben prever todas las consecuencias que pueden generar sus palabras y no olvidar que son muchas personas las que se reflejan en ellas: millones que se sienten identificadas cuando hablan de salud mental y otras que se frustran tras ver que no mejoran tan rápido como ellas. Followers que, para bien y para mal, se mimetizan con estas influencers aun estando en polos vitales opuestos.

Es importante tener este debate antes que la dictadura del like se coma la lucha contra este estigma. No sé, quizás no hace falta hablar de salud mental y basta con decir que se está pasando un (muy) mal momento. O, quizás, antes de usar este concepto debemos pensar qué desórdenes se abarca en su paraguas. Marcarnos unos límites y cumplirlos. O, ante la duda, explicarse bien y sin tapujos para que no haya confusiones. Para no banalizar nada. Para no generar falsas expectativas en personas que están en pleno proceso de mejora y que sienten el dolor triplicado por mil. Porque la comparación, en estos casos, puede ser devastadora.