Lo confieso: no tengo ni idea de fútbol. Yo soy de las que celebran un gol porque todo el mundo lo celebra y de las que necesitan que alguien le explique por qué han anulado otro. Pero lo que más me sorprende no es el juego, sino la lengua. Quienes entienden empiezan a hablar con una naturalidad sorprendente de falsos nueves, dobles pivotes, carrileros, líneas de presión, bloques bajos, transiciones, desmarques, vaselinas, remates de chilena y escuadras. Y yo, que todavía sigo preguntando qué es exactamente un fuera de juego, me limito a asentir con la cabeza mientras espero a que alguien meta un gol.
Por deformación profesional, sin embargo, siempre acabo haciendo lo mismo: buscar las palabras. La primera sorpresa es el título de este artículo. Mucha gente, en catalán, dice "futbolero", pero no es una palabra normativa. En catalán, lo más adecuado es decir futboler o futbolera. Igual que decimos culer, casteller o sardanista, también podemos ser futbolers.
Y, cuando rascas un poco, descubres que el fútbol es un auténtico tesoro lingüístico. Por ejemplo, no siempre hay que decir hat-trick. En catalán podemos hablar perfectamente de un triplet de gols. Tampoco hay que decir clean sheet: basta con decir que un equipo ha deixat la porteria a zero. Y cuando un jugador marca desde casi medio campo, no mete un golazo porque sí: hace una rematada espectacular, un xut llunyà o una canonada, según el caso.
Incluso un mundo que te parece completamente ajeno acaba despertando la curiosidad cuando te paras a mirar sus palabras
También hay palabras que muchos hemos oído toda la vida, pero que nunca nos hemos parado a pensar qué significan. Una escaire no es solo la herramienta de carpintería: en fútbol es el ángulo superior de la portería. Una vaselina no tiene nada que ver con el bote que todos tenemos en el lavabo, sino con ese golpeo suave que supera al portero por arriba. Una xilena no es una persona de Santiago de Chile, sino un remate acrobático. Y un refús es, simplemente, un balón alejado de la portería para evitar el peligro.
Luego están los conceptos tácticos, que parecen pensados para asustar a cualquiera que se acerque al fútbol por primera vez. El fals nou, que ni es falso ni lleva necesariamente el número nueve. El doble pivot, que no es ninguna pieza mecánica. El carriler, que no trabaja en el tren. O el desmarcatge, que no consiste en quitar una etiqueta de una camiseta.
Y todavía añadimos palabras importadas, que repetimos sin pensar demasiado: play-off, derbi, míster, VAR… Algunas ya forman parte de nuestro día a día, pero otras conviven perfectamente con alternativas catalanas. Podemos hablar de una eliminatòria, de un entrenador, de un videoarbitratge o, simplemente, del àrbitre de vídeo. Esa es la gracia de la lengua. Incluso un mundo que te parece completamente ajeno acaba despertando la curiosidad cuando te paras a mirar sus palabras. Porque detrás de cada término hay una historia, una metáfora o una forma concreta de entender el juego. Continuaré sin distinguir un buen doble pivote de una mala salida de balón. Seguramente todavía preguntaré qué ha pasado cuando el árbitro pite un fuera de juego. Pero, al menos, ahora ya sé que el fútbol también se puede aprender a través de la lengua. Y, por lo menos, la próxima vez que alguien me pregunte si soy futbolera, tendré una respuesta preparada. —No, no soy futbolera… pero me estoy entrenando. Mientras tanto, dejadme empezar por lo más fácil: aprender las palabras antes de aprender de fútbol.
