El amanecer es aquel momento que va desde el alba hasta la salida del sol. Se puede decir que es el espacio de tiempo en que salimos de la situación de muertos vivientes (cuerpos que duermen, es decir, cuerpos relativamente muertos, pero que respiran y, por lo tanto, muertos no inertes) a otra de vivos conscientes, momento en el cual tenemos que empezar a convertir el pensamiento en acción a través de nuestros cuerpos, ejecutar nuestras voluntades o reprimirlas: en definitiva, vivir de manera consciente. El despertar puede ser instantáneo e ilusionante cuando el día por delante se presenta claro: el cuerpo se ve lanzado con energía ante un panorama que promete disfrute. Pero, a veces, este despertar se puede convertir en una pesadilla, en una experiencia desagradable; por delante no hay un horizonte claro, más bien una nebulosa, una tiniebla terrible que te invita a quedarte en la cama y continuar el sueño. El amanecer es un momento de semiconsciencia, donde la noche se mezcla con el día; por eso hay muchas personas que dicen que es el momento del día que más les gusta.
L’Albada es también el título del montaje que, dentro del Festival Grec, se presenta hasta el 30 de julio en el Teatre La Biblioteca de Catalunya, un texto de Jaume Viñas al que dan vida un elenco de once actores (Cristina Arenas, Patrícia Bargalló, Joan Marmaneu, Clara Mir, Noël Olivé, Eduard Paredes, Maria Ribera, Oriol Ruiz Coll, Ismael Sempere, Ramon Vila y Jaume Viñas) dirigidos por Oriol Broggi. La historia abarca un arco temporal amplio que va desde 1936, con el golpe militar de Franco que inició la Guerra Civil, hasta 1992, contexto donde se sitúa el inicio de la acción: una clase de historia en la que un profesor impulsa a una chica de veinte años criada en un orfanato, Alba, a arremangarse para descubrir su pasado familiar. Ante el espectador se presentan escenas de diferentes momentos entre las décadas de 1930 y 1990, un diálogo entre épocas diversas que se necesitan las unas a las otras para tener sentido. Hay un hilo que conecta todo lo que pasa y, a lo largo de las más de tres horas que dura el espectáculo, el espectador se ve obligado a mantenerlo bien agarrado para no perderse. Aunque en algún momento quien ve la obra se puede sentir abrumado por tantos nexos de unión, se tiene que decir que el reto se logra y la historia acaba siendo plenamente asequible: se puede entender.
La obra consigue transmitir una idea importante en lo que tiene que ver con el legado de la guerra: la relación que hay entre unos personajes y otros, a pesar de que ellos mismos no sean conscientes. Una de las mentiras más grandes de la historia de España es decir que la guerra terminó en 1939. Todo aquel que acabó en el bando de los perdedores sabe que no es así y que, probablemente, la peor parte para muchos todavía estaba por venir después en forma de represión. Porque una vez que terminaron las batallas entre ejércitos, la guerra contra los que se salvaron de las ejecuciones continuó en las prisiones, donde miles murieron de hambre. Muchas familias destrozadas se vieron forzadas por el miedo a adoptar el silencio, a dejar abandonados a sus seres queridos, a adoptar nuevas identidades y olvidar el pasado por completo. Este silencio todavía perdura y lo sabemos perfectamente aquellos que hoy somos los nietos de aquellos niños que se quedaron huérfanos por culpa de la represión franquista.
Muchas familias destrozadas se vieron forzadas por el miedo a adoptar el silencio, a dejar abandonados a sus seres queridos, a adoptar nuevas identidades y olvidar el pasado por completo
Uno de los aciertos del montaje de L’Albada es trasladarnos la idea de que la guerra civil española no es un zoo lleno de fósiles que nosotros contemplamos, mientras paseamos un domingo por la mañana dejándonos sorprender por las creaciones de la madre naturaleza. La guerra civil española es un acontecimiento trágico de nuestra historia reciente, que se alargó con una dictadura atroz que no dio lugar a la reconciliación. Y todavía nos pica. La democracia tampoco facilitó que se hiciera justicia. La Transición y la Constitución (¡aplausos aquí porque el montaje las cuestiona!) fueron un pacto de silencio en el que también participaron las izquierdas asimiladas al nuevo sistema. La democracia española se levantó sobre unos cimientos tenebrosos y ahí permanece. Los archivos militares, en algunos casos, todavía son agujeros negros de la memoria, donde miles de papeles rasgados se van amarilleando y deshaciendo poco a poco hasta ser insalvables: porque probablemente ha habido más prisa en digitalizar los papeles de la conquista de América que en preservar los documentos que explican la historia de miles de hombres y mujeres engullidos por la larga noche franquista.
La ley de la memoria histórica establece que todos los descendientes en línea recta de los represaliados por el franquismo son víctimas del conflicto y tienen el derecho de reparación y a conocer la verdad. No es un derecho que se pueda ejercer de forma pasiva. Hace falta voluntad, determinación, tiempo y ciertos conocimientos para encontrar información en los archivos, como le pasa a Alba, la protagonista de la historia de Jaume Viñas, que se enfrenta, entre otras cosas, a impedimentos burocráticos y a la arbitrariedad de funcionarios del Estado con vocación de servicio a España. L'Albada nos recuerda que buena parte de la historia de este país, la historia de la gente y de muchas familias, está todavía soterrada. Los mecanismos que la democracia debería haber habilitado para hacer justicia han sido hasta ahora más un brindis al sol que una realidad que nos abra ventanas al pasado y nos permita transitar por la memoria. Es importante para todos conocer los capítulos anteriores al nuestro, saber en qué punto estás de la historia para participar de forma consciente y no convertirse en un títere ciego que baila al ritmo impuesto aquí desde 1939.
