El arte moderno convertido en una herramienta de tortura. Esta es una de las peculiaridades de las chekas psicotécnicas construidas por Alphonse Laurencic entre 1937 y 1939 como centros de detención política del espionaje republicano. Ahora, el MNAC, en sus salas consagradas al arte del periodo de la guerra civil, presenta la exposición Habitación. El Archivo F.X., las checas psicotécnicas de Laurencic y la función del arte. Un proyecto de Pedro G. Romero. La exposición, comisariada por Ángel Calvo Ulloa y Nuria Enguita, arranca a partir del trabajo sobre las chekas que Pedro G. Romero realiza desde hace casi 20 años, y cuenta con colaboraciones de los artistas Patricia Gómez, Mª Jesús González, Lola Lasurt y Álvaro Perdices, y se podrá ver hasta el 28 de abril.

Introducirse al horror

Un espacio minúsculo y muy oscuro. Muchos ladrillos colocados de forma inverosímil en el suelo, de tal forma que es imposible andar por la celda o, simplemente, sentarse en el suelo. Un espacio para estirarse demasiado pequeño, de tal forma que sólo puede permanecer en él en un equilibrio extremadamente inestable. La reproducción de una cubículo de una cheka a medida real es uno de los elementos más cautivadores y más perversos de Habitación. Es horroroso entrar allí. Pasarse meses enteros allí, como les pasó a algunos detenidos, debió ser, simplemente, el infierno. De forma provocadora, los autores de la exposición han reproducido un recortable, elaborado por un grupo anarquista de Kiev, mediante el cual se puede reproducir a talla mini una cheka psicotécnica de Laurencic. No es un juego infantil, aunque lo parece.

2. Habitación, sala. Un proyecto de Pedro G. Romero en el Museo Nacional

Habitación, sala. Un proyecto de Pedro G. Romero en el Museu Nacional. Foto: Museu Nacional d'Art de Catalunya (Marta Mérida), 2018.

El arte contra el hombre

El arte se ha considerado a menudo como una herramienta para hacer el mundo más habitable. La exposición se plantea, también, la práctica contraria: el uso del arte con el fin de provocar dolor y malestar. Y usa como eje central de esta reflexión las denominadas chekas psicotécnicas de Alphonse Laurencic, los centros de detención que funcionaron entre 1937 y 1939 en los templos de las calles Vallmajor y Zaragoza, de Barcelona, y al convento de Santa Úrsula, de Valencia. Las chekas (los comisarios usan el término "chekas", con "k", para diferenciarlas de los otros centros de detención, no "psicotécnicos"), se convirtieron en todo un símbolo de la barbarie roja para los franquistas. Pero el eje de esta exposición no es tanto la denuncia de la brutalidad republicana, como la reflexión sobre las posibilidades más perversas del arte. La exposición no se centra mucho en la persona de Laurencic, un individuo muy ambiguo, de novela, que parece ser que había flirteado con la delincuencia y que había entrado en contacto con la Bauhaus en los años 1920 en Berlín. Tenía conocimientos de arquitectura y de decoración. Nunca fue un destacado militante de izquierdas, y durante la guerra fue encarcelado por el Servicio de Información Militar (SIM: el espionaje republicano) por un delito común. Con el fin de librarse del castigo puso su talento al servicio del SIM para hacer las chekas más inhabitables. Fue fusilado al fin de la guerra, en el Camp de la Bota.

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El conocimiento al servicio de la destrucción

Algunas de las hojas mostradas en la exposición nos relatan los horrores de las chekas, concebidas como espacios donde la vida fuera lo más horrible posible. Además de los ladrillos en el suelo, que impedían pasear, las camas tenían una inclinación de 20 grados, lo que impedía descansar, ya que si alguien se movía mientras dormía acababa en el suelo. Las pinturas geométricas en las paredes estaban orientadas a crear agitación entre los presos. Pero se recurrió a otras técnicas. En algunas checas se ponían relojes que habían sido manipulados para que fueran mucho más rápido del tiempo real: de esta forma los presos nunca podían adaptarse a ningún horario. Algunos cubículos disponían de timbres o de otros aparatos sonoros que impedían el descanso psicológico de los presos. Había celdas en forma de armario donde sólo se podía estar en cuclillas. Algunas celdas estaban pintadas con alquitrán por dentro y por fuera de tal forma que en verano se sobrecalentasen al máximo. Algunas de las superficies para dormir estaban formados por estrías de cemento, de tal forma que el cuerpo del detenido quedaba llagado en una sola noche. Había celdas de castigo que eran como auténticos nichos. A veces se organizaban fusilamientos simulados para aterrorizar a los presos...

Retorno a los horrores de la guerra

En la exposición se muestran obras de arte referentes a las chekas, como pinturas basadas con las realizadas por Laurencic en las paredes de las celdas, y que tenían como intención desorientar a los presos y hacerles más fatigosa su estancia. Pero en la muestra también juega un papel importante la documentación de archivo, que incluye declaraciones de las víctimas que pasaron por estos centros de detención. También ocupa un lugar destacado la bibliografía franquista sobre las chekas, aunque se aclara que esta no siempre era fiable. Y hay fotografías, películas, octavillas y otros materiales sobre estas fábricas de horrores. La exposición acaba con un contrapunto completamente contemporáneo: Guantánamo. Las chekas psicotécnicas de la guerra civil eran una muestra de la modernidad al servicio de la deshumanización. También lo es Guantánamo, donde las técnicas más actuales y sofisticadas son puestas al servicio de la deshumanización, donde expertos en destrucción de personas ensayan las técnicas más agresivas contra las personas. Y, al mismo tiempo, Habitación reflexiona sobre el universo carcelario a partir del caso español y se pregunta sobre la justicia y la eficacia de estas instituciones.

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Un catálogo que es más que un complemento

El catálogo se vuelve indispensable en una exposición en que, pese a sus pequeñas dimensiones, es fácil perderse, por la diversidad de materiales reunidos y por la acumulación de textos muy densos, que provocan una gran dispersión. El catálogo incluye dos entrevistas en Pedro G. Romero, artículos de Slavoj Žižek, Marisa García Vergara, Boris Groys y otros expertos en el tema. Pero aporta numerosa información, diversa y curiosa, como que Antoni Tàpies visitó una cheka psicotécnica en 1939 y quedó impactado por la visita. Y documenta que Heinrich Himmler visitó a la checa de la calle Vallmajor en 1940, durante su estancia en Barcelona, en plena Segunda Guerra Mundial. El catálogo recoge los 20 años de trabajo del Archivo F.X. en el campo de las chekas y la iconoclastia, incluyendo las llamadas Hojas de Libre Circulación, en las que se documenta extensamente el fenómeno de las chekas. Una reflexión muy completa, aunque dispersa, sobre este horror surgido del arte.

 

Foto de portada: Habitación, Cheka, un proyecto de Pedro G. Romero en el Museu Nacional. Foto: Museu Nacional d'Art de Catalunya (Marta Mérida), 2018

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