Una calçotada de verdad no puede empezar con una reserva en línea en un pueblecito de “l’Empordà” ni con un correo de confirmación de una “experiencia gastronómica km 0”. Una calçotada empieza con un mensaje de WhatsApp o con una llamada de un amigo que te pregunta: “El domingo, ¿qué?” Y la respuesta es y siempre debe ser: “Yo traeré los calçots.” Y, a continuación, alguien más debe contestar: “Pues yo traeré el pan y, si tengo tiempo, ¡haré la salsa de romesco!”
Y es que hay que tener muy claro que comer calçots no es hacer una calçotada. Masías con encanto, mesas largas perfectamente puestas, baberos esperpénticos y tejas instagrameables llenas de calçots envueltos en papel de periódico. Y, atención: guantes. ¡¡¡Guantes!!! ¿Qué cojones es esto de comer calçots con guantes?
Una calçotada no es nada de todo este postureo. Es un ritual, una tradición. Una calçotada es tener que ventilar la ropa al llegar a casa porque hueles a humo, es llevar restos de ceniza en la mejilla y es mancharte las mangas de la sudadera. ¡Porque a hacer calçotadas se va con sudadera! Y si cuando se acaba la calçotada tú no te has ensuciado, si tú no tienes que ducharte cuando llegas a casa, si a ti no te repite la salsa durante horas y horas y se te va repitiendo ese sabor a cebolla en la boca… Siento decirte que no, que tú no has hecho una calçotada como Dios manda.
En estas calçotadas de neorrurales y de postureo barato, todo es muy bonito, sí… hasta que alguien abre la boca. Con suerte, el menú quizás esté en catalán, ¡pero que no os engañen!, está en catalán porque queda bonito y porque hace pueblo. “A mi me encantan los calçots”, “qué bien, esta calçotada en el campo”... ¡Venga ya! A ti solo te encanta la foto que colgarás en los stories para jugar a ser moderno y enseñar al mundo que tienes amigos y que este fin de semana lo pasas fuera. El catalán para ti es como el babero ridículo logotipado este que te han “regalado” con los 50 € que has pagado por venir a hacer “una calçotada”: queda bien, pero solo es decorativo, folclórico, anecdótico y de temporada.
Con la lengua también deberíamos ensuciarnos un poco más. Hablarla sin complejos. Mantenerla aunque el interlocutor cambie de lengua
Quizás es que hemos convertido nuestra cultura en attrezzo. Y el postureo es precisamente eso: hacer ver que vives una tradición mientras la vacías de contenido. Hacer fotos apuntando el calçot hacia arriba, pero no saber ni decir “calçot” y vivir aquí desde hace veinte años y no pronunciar ni una triste palabra en catalán “porque a mi esto del catalán…”.
En una calçotada de verdad también tiene que haber una lengua de verdad. Es ese “vigila que crema”, ese “passa’m el porró” (porro no, p-o-r-r-ó!), ese “hòstia que en són, de bons, aquests calçots!”... “càgum Déu, aquest ha quedat ben cru!”... Y “aquesta buti no val ben res”. Esta es la lengua que se activa cuando hay alguien que exclama un “això és de puta mare!” con la boca bien llena y sucia. ¡Ah! Y tiene que haber cierto caos. Gritos. Alguien que no sabe pelar calçots, el que ha sudado la gota gorda haciendo el fuego y cocinando la carne para todos... Niños por todas partes y mucha cerveza. Y siempre tiene que haber el plasta que dice que todo lo del año pasado era mejor, el que se pone las botas y se pasará el dia siguiente con pedos apestosos, alguien que acabará tomando cubatas a las 17 h de la tarde y hasta un loco que se habrá atrevido a hacer alioli por primera vez en la vida.
Y sobre todo: todo esto tiene que pasar con las manos sucias. Porque ensuciarse es implicarse. Y con la lengua también deberíamos ensuciarnos un poco más. Hablarla sin complejos. Mantenerla aunque el interlocutor cambie de lengua. No hace falta ponernos guantes, nos podemos manchar de identidad sin perder la nuestra propia.
La calçotada no es una performance rural para colgar en Instagram. Es un acto colectivo. Dejemos de monetizarla. Si la convertimos en un espectáculo para turistas o en una experiencia aesthetic para urbanitas con miedo a la mancha, acabaremos teniendo fuego sin rescoldo, tradiciones sin tradición.
Una calçotada de verdad es esto: brasa, grupo de amigos, lengua y manchas en la camiseta. El resto es todo mentira. Así pues, ahora que ya lo sabes, repite conmigo: “no pagaré por hacer calçotadas. Llamaré a mis amigos, traeré algo de casa, cogeré cervecitas (aunque sean sin alcohol), no me pondré guantes para comer calçots y me remangaré todo lo que haga falta.” ¡Venga, buen provecho!