El coleccionista Antoni Geloch i Viladegut (Lleida, 1956) acaba de presentar Quan érem lleidatans, primer volumen de sus memorias nada heroicas. Licenciado en Derecho y en Farmacia en la Universidad de Barcelona, también ha seguido cursos en las universidades de Grenoble y de Harvard. Ha trabajado a la administración pública y en empresas multinacionales y es un apasionado por el arte y por la reflexión sobre el hecho artístico, director de la Colección Gelonch Viladegut, especializada en grabados, académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de Sant Jordi y presidente de los Círculos del MUHBA y del Museo Frederic Marès de Barcelona.

Antoni Gelonch - Sergi Alcazar

Antoni Gelonch/Sergi Alcàzar

Define Quan érem lleidatans como "unas memorias de los años de infancia y juventud de un niño y de un chico que pertenecía a una familia de clase media a la Lleida de la posguerra, del desarrollismo y del fin del franquismo". ¿Por qué este título? ¿Ahora ya no lo son de leridanos?

El año 1977 yo encuentro en la Feria del Libro de Barcelona a la escritora Teresa Pàmies, de Balaguer, y ella había escrito Quan érem capitans y Quan érem refugiats. Eso me hizo pensar en el hecho de que yo era de Lleida, pero ya no vivía allí. Hay quien se ha tomado el título muy mal... Quería hacer el guiño a la Pàmies, y al mismo tiempo, explicar la historia de mis hermanos y la mía cuando éramos leridanos. La nuestra y la de muchos otros leridanos que se marcharon de Lleida para estudiar o trabajar. Leridanos que no viven allí y que pueden tener dos sensaciones: la nostalgia melancólica y, al mismo tiempo, un cierto desdibujamiento. Sueñas una ciudad que ya no es como imaginabas. Haciendo el libro también me di cuenta de que en Barcelona hay más gente de las comarcas de Lleida que de las de Girona o Tarragona.

¿Se considera, pues, un exleridano?

El otro día me preguntaron si había dejado de ser leridano por el hecho de haberse marchado de la ciudad y la verdad es que yo tengo la sensación que no me he ido nunca del todo. Siempre he tenido un vínculo sentimental. Hasta hace diez años la madre mía todavía vivía allí. Creo que mi final será allí, aunque en medio haya vivido en muchas otras ciudades. El libro son las reflexiones de alguien que ama apasionadamente una ciudad donde no vive, pero de las cuales tiene todos los recuerdos y que lo ha construido tal como es.

¿Lleida es la gran desconocida?

El otro día en otra entrevista me preguntaban si Lleida era la Cenicienta de Catalunya y les decía que lo que era seguro es que ningún príncipe vendría a probarle el zapato. Lleida es desconocida porque es la capital más lejana y la que no tiene costa. Hay un imaginario barcelonés que cree que Catalunya es Barcelona, el Empordà y la Cerdanya. Lo del medio es para pasar. A mí me hacen gracia los que hacen proclamas de amar el país sin voluntad de conocerlo. ¿Cómo se puede amar un país que no se conoce? Catalunya no es una gran Barcelona, ni un gran Vic, ni una gran Girona. El país es mucho más diverso y sus avatares históricos, también.

¿Cómo ha marcado la historia el carácter de Lleida?

Lleida ha recibido siempre el primer varapalo de cualquier ataque contra Catalunya. En 1707 fue ocupada por los felipistas, siete años antes de la caída de Barcelona, y los franquistas ocuparon Lleida el 3 de abril de 1938 y durante nueve meses fue frente de guerra. Cada vez que se ha escapado una bofetada a Lleida le ha tocado recibir y eso ha impedido una continuidad en las clases dirigentes. Cada cambio ha provocado la eliminación de las élites. Así es muy difícil construir una ciudad.

Lleida ha recibido siempre el primer varapalo de cualquier ataque contra Catalunya

¿Las historias que pasan al Empordà parece que tengan que ser universales y, en cambio, hablando de Lleida este libro tendrá un recorrido más local?

Los leridanos se sentirán reflejados porque explico su historia, cuáles fueron los pilares del franquismo, como le costó salir de aquel régimen... Piensa que mi padre decía que Lleida era una ciudad con gobernador. Y Francesc Porta, uno de los dinamizadores de la cultura en aquellos años, dijo que era como un rebaño sin pastor. Es un libro para los leridanos, en primer lugar, pero también para todos los catalanes, para que puedan saber cómo son las comarcas de Ponent, cuál es su historia, como condiciona la manera de pensar el hecho de ganarse la vida de una manera o de otra. Si no se conoce Lleida, no se puede decir que se conoce Catalunya. Parece que como el poeta habló de "Hacia el norte", los barceloneses no han hecho otra cosa que ir. Todo eso también afecta al libro. Parece que los libreros ven Lleida y ya piensan que venderán pocos.

¿Cómo definiría a los leridanos?

Somos gente que quiere y luto. Querrían ser más conocidos, porque así serían más queridos, duelen que no se los ame  lo suficiente, pero tampoco hacen mucho para ser más conocidos. Es un pez que se muerde la cola. Es gente que más que ninguna otra sabe de la influencia de la naturaleza sobre la vida, acostumbrada a hacer trabajos duros y que saben salir de las adversidades... Poco amigos de la retórica en un país donde nos gusta demasiado. Tienen la sensación que ni les aman ni les conocen y eso los lleva a refugiarse en un cierto folklorismo. Cuando en la televisión hay un personaje de Lleida es lo que tiene que dar risa. ¡Y en el campo de la política un leridano parece que sólo podía ser conseller de Agricultura! Lleida es desconfiada y cerrada por los que no son de allí, fruto de una historia mucho dura.

Hay un imaginario barcelonés que cree que Catalunya es Barcelona, el Empordà y la Cerdanya

Antoni Gelonch - Sergi Alcazar

Antoni Gelonch/Sergi Alcàzar

El libro va del yo íntimo al nosotros colectivo. ¿Cómo era su familia?

Los Gelonch y los Viladegut son muy diferentes. Los primeros están hechos a ellos mismos. Mi padrino, hijo del Soleràs, en las Garrigues, fue a hacer de carpintero a Lleida y acabó montando una fundidora. La empresa fue colectivizada y él, que era de convicciones republicanas, hizo la retirada pasando por Solsona, Berga y Ripoll. Volvió a Lleida y los franquistas le devolvieron la fábrica. ¿Eso me hace preguntar si mi familia ganó o perdió la guerra? Es evidente que ideológicamente la perdió, pero desde el punto de vista empresarial la ganó. El Viladegut, por el contrario, son una familia acomodada que vivía en una casa magnífica en la Rambla de Aragón. Mi padrino tenía tierras y trabajó en el Ayuntamiento de Lleida. Estas dos familias tan diferentes se vinculan por el matrimonio de mis padres. Mi padre, a quien los suegros le hicieron saber que no era lo que esperaban para su hija, era una persona disciplinada, trabajadora y punto de unión de la familia y era muy sufridor. En cambio, mi madre era muy poco sufridora, con unas convicciones muy claras que no había que proclamar demasiado. Juzgaba poco, sabía escuchar y era muy dulce. Con el padre nos quedaron conversaciones pendientes. Con la madre, no.

Los padres le transmitieron unas convicciones religiosas sólidas pero nada beatas.

A mi familia no se tenían que hacer grandes aspavientos, no se tenía que llorar en público ni hacer declaraciones encendidas. Ellos tenían una religiosidad alejada de la exhibición pública de la fe, en una época que la religión era omnipresente. Mi madre, con respecto a los curas, decía que teníamos que hacer lo que decían, pero nunca que lo hacían.

¿Cómo le transmitieron la catalanidad?

Cuando salió el Cavall Fort nos suscribimos enseguida. No era demasiado habitual en nuestra clase. Mi madre siempre habló catalán, incluso a unos vecinos que eran de fuera y trabajaban en delegaciones ministeriales. Cuando le pregunté por qué lo hacía me dijo que eran ellos que habían venido de fuera y que se tenían que adaptar a nuestra lengua. En casa se respiraba una catalanidad práctica, no pasional. El catalán era la lengua de casa y no había que hacer ni concesiones ni aspavientos.

Por contraposición a La forja de un rebelde, habla de la forja de uno calmado. ¿Cómo fue su formación?

Entre los seis y los doce años fui a los Maristas y a partir de entonces hasta los dieciocho fui en el Instituto. Son dos formaciones completamente diferentes. A los Maristas los libros de texto eran profundamente franquistas y la disciplina, estricta. En el Instituto tuve la suerte de tener grandes profesores, como el poeta Jordi Pàmias, que me hizo amar la literatura. O Jordi Sirera, profesor de Ciencias Naturales que me influyó en el hecho de que estudiara farmacia. Yo era un niño calmado y con el tiempo todavía soy más, siempre he rehusado la batalla directa porque pienso que no se saca nada.

¿El coleccionismo nace en esta época?

De pequeño todo el mundo ha hecho colecciones. Nos dábamos hartones pastelitos de Bimbo para completar los álbumes. Coleccionas cromos, coches, sellos, etc. El problema es cuando pasan los años y sigues coleccionando. Coleccionar es algo arraigado a la condición humana. Todos los humanos coleccionamos. Unos lo hacemos de una manera sistemática, de otros de una manera más atrabiliaria. Pero todos coleccionamos recuerdos.

Todos los humanos coleccionamos. Cuando menos, recuerdos

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Antoni Gelonch/Sergi Alcàzar

En el libro habla de la Lleida de la guerra civil, con un alto nivel de violencia, y la posguerra, con una revancha muy acusada.

Lleida en los años 20 y 30 es gobernada por la Juventud Republicana, un partido, o mejor dicho un movimiento, tan grande e importante que hizo ser capaz de construir el Campo de Deportes, con campo de fútbol, piscina, velódromo, etc. a mis dos padrinos eran socios y su manera de pensar no era exactamente igual. Era el partido de Humbert Torres o Alfred Perenya. Durante la guerra en Lleida son ejecutadas 407 personas. El 67% de los curas del obispado son asesinados, pero también seminaristas, personas de derechas... Cuando entran los franquistas hay una revancha muy violenta, donde se ejecutan 400 personas más y se marchan en el exilio 800 personas más. Hay que tener en cuenta que de los 32.000 habitantes en Lleida, cuando entran los franquistas sólo quedan 2.000 porque el resto ha huido de los bombardeos, en que en Lleida son más mortíferos que los de Gernika.

Habla de Lleida como de una ciudad prisión, destruida.

Lleida tenía cuatro prisiones. Incluso la Seu Vella, donde hasta 1947 habrá militares, fue convertida en prisión. El 75% de la ciudad está destruida, el 7,2 de la población es muerta o al exilio, y Franco adopta Lleida para reconstruirla. Una operación que se hace sin Plan de Ordenación Urbana y con una pésima calidad arquitectónica. Desde el punto de vista moral el control era muy estricto, con el obispo Aurelio del Pino y Gómez, que se vanagloriaba de ser confesor de la mujer Franco y sacaba y ponía alcaldes, mandando más que el gobernador.

¿Qué tuvo de especial el franquismo de Lleida?

Las élites sociales que quedan se apuntan al franquismo. Hacer ver que no había catalanes que le daban apoyo no es verdad. El Caliu Ilerdenc, en este sentido, era una institución fundamental, después de la guerra. Es una reacción de esta élite ante la llegada de gobernadores y delegados ministeriales de Valladolid y que se encarga de ocupar los principales cargos para evitar que vayan a parar a gente de fuera. Los socios del Caliu Ilerdenc, como Eduard Aunós o Josep Maria de Porcioles, constituyen la nueva élite del franquismo y un 40% de los cargos estarán vinculados. El Caliu domina el panorama político, social, económico y cultural hasta el final de los sesenta.

De este entorno sale la idea del leridanismo. ¿Qué era?

El leridanismo tiene una expresión máxima en los años sesenta cuando hay un intento de crear la Región del Valle del Ebro, que quería decir desmembrar Catalunya por el lado más débil. Según esta idea, Lleida no era ni catalana, ni aragonesa, sino española. Eso, sin embargo, acabará siendo un boomerang para el régimen, porque provoca una reacción popular a través de adhesivos, carteles por las fiestas, donde se decía "Soy de Lleida y catalán". Eso se desestimó, pero tuvo una continuidad cuando las parroquias de la Franja son segregadas del obispado de Lleida para pasar en el nuevo obispado de Barbastro-Monzón.

El leridanismo pasaba por decir que Lleida no era ni catalana, ni aragonesa, sino española

¿La reacción contra estos planes fueron un revulsivo?

Entre el 65 y el 70 hay hechos que cambian la perspectiva. El uno es la publicación del libro Lleida, problema i realitat, donde e varios autores como Josep Lladonosa, Francesc Porta, Simeó Miquel, Joan Gabernet y Josep Vallverdú, que estudia la situación de aquel momento y religa la ciudad con una catalanidad básica en contra del discurso del Caliu y del Instituto de Estudios, Ilerdenses. Había que combatir tanto el leridanismo, como la tentación del lleidatanisme. Además, el obispo del Pino se marcha y llega un obispo nuevo, Ramon Malla, que afloja la presión. Además, a la reacción popular contra los planes de separar Lleida de Catalunya se suma la llegada de los Estudios Universitarios, primero como aulas de la UB o la UAB, y que será el embrión de la UdL. Eso hace que los leridanos que querían estudiar no hacía falta que se marcharan. Por primera vez hay futuro y aquello tan negro, que ha producido tanto de dolor, queda atrás. Todo viene a demostrar que los que han querido partir la catalanidad de aquella ciudad y aquella comarca, no han salido adelante.

¿Cómo lo vivió el niño que era?

El año 1974 cuando yo me marcho de Lleida para estudiar, Franco todavía estaba vivo y todo este franquismo seguía mandando. Pero el chico calmado que era tenía claro los principios de la catalanidad y la democracia que tendrá que llegar. Encontraba que para tener futuro había que dejar Lleida atrás. Veía la ciudad desdichada que merecería ser más amada y más conocida. Por eso he escrito el libro, al fin y al cabo. Para explicarme a mí mismo, para explicar cómo era Lleida y para explicar por qué Lleida es tan especialmente especial.

El libro quiere explicarme a mí mismo, para explicar cómo era Lleida y para explicar por qué Lleida es tan especialmente especial

Antoni Gelonch - Sergi Alcazar

Antoni Gelonch/Sergi Alcàzar

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