Querida pareja desconocida,

Supimos de vuestra existencia hace más de una década, cuando Lluís Gavaldà os dio voz y vida después de veros flirtear un día en alguna sala de exposiciones de Tarragona. Aquella historia de amor vuestra entre un vigilante de sala de museo que "soporta un sueldo de mierda" y una visitante que decide hacerse socia y ahorrarse el 10% de la entrada "para mirarlo aturdida" nos cautivó en todos, seguramente por eso Per veure't a tu no sólo sigue siendo once años más tarde una de las mejores canciones de la más reciente producción de Els Pets, sino que ya se ha convertido en el himno apócrifo de los auxiliares de sala de los museos: los auténticos centinelas del arte.

Si hoy he decidido escribiros es para preguntaros cómo os va, si ya habéis tenido hijos, si os habéis comprado una casa con jardín en Vilafortuny o si seguís distinguiendo con facilidad a Rothko y Mondrian, evidentemente, pero sobre todo para recomendaros una cosa: si podéis, id al Museo Can Framis de Barcelona y visitad 8 hores amb Tàpies. Hacedlo y ya entenderéis por qué. Es bien sencillo: vosotros quedasteis capturados ya para siempre en una canción y a los protagonistas de la nueva exposición de la Fundació Vila Casas los ha capturado durante tres años la cámara de 35 mm de Sophie Köhler, que con este proyecto documental en el cual visibiliza a los invisibles del arte ganó el Premio de Fotografía Villa Casas 2020.

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El artista Sophie Köhler al lado del retrato de Pablo Jesús Ladero, trabajador del Macba. (ACN)

Vosotros dos sois un caso excepcional, pero ¿sabíais que la mayoría de mortales dedicamos una media de 29 segundos a contemplar las obras en un museo? Contra este escaso medio minuto, ¿qué significa dedicar ocho horas al día a sentarse en una sala llena a cuadros? Estar allí callado, a menudo en silencio, sólo pendiente de que nada altere la paz establecida y con una libertad de movimientos reducida a los escasos metros cuadrados de aquellas "cuatro paredes" de las cuales vosotros habláis a la canción. No sólo parece duro, sino que lo es. Qué os tengo que decir. Esta es la realidad que Köhler plasma en todas las fotografías de un proyecto en el cual, aparte de capturar imágenes, también ha querido grabar |testimonios de todos aquellos anónimos que trabajan en el MNAC, MACBA, Fundación Mapfre y Fundació Tàpies y que son mucho más que simples sujetos casi invisibles sentados a la sombra de alguna creación artística: en 8 horas con Tàpies ganan la voz y el nombre con el fin de expresar su realidad interior, también de forma audiovisual, convirtiéndose por fin en los protagonistas del lienzo.

Mirad, un día, delante de aquella estatua que tiene en el puerto, le confesé a Salvat-Papasseit que sí, que tenía razón, que quizás sé qué es coger uvas en la vendimia o servir helados en la plaza del Pi, pero no-sé-què-és-guardar-fusta-al-moll. Hoy os confieso que tampoco sé qué es guardar obras en un museo, pero escuchando a los once protagonistas de la exposición me he podido hacer una idea mejor. No todo se basa en responder donde está el lavabo, alertar de no tocar los cuadros colgados en la pared o pedir a alguna familia que sus niños dejen de gritar en medio de una exposición de escultura precolombina. La vida de un auxiliar de sala va mucho más allá de eso, pero por desgracia somos bien pocos los que lo tenemos en cuenta cuando vamos a cualquier sala de exposiciones y vemos a aquellas personas sentadas permanentemente allí con cara de estar durando ocho horas esperando permanentemente un tren que no llega.

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Abel Marco, auxiliar de sala en el MNAC y en el Museo Municipal de Badalona. (Vila Casas)

Uno de los propósitos de Köhler es precisamente expresar la vulnerabilidad de todos estos profesionales reivindicando el gran servicio, a menudo despreciado, que hacen al arte y al placer que el arte nos provoca, por eso quizás a partir de ahora seremos muchos más los que nos miraremos de otra manera a los auxiliares de sala. Nos seduce el nombre de un artista consagrado, o la compilación de cuatro o cinco obras de un genio del barroco, o la presencia en un museo de alguna obra maestra del impresionismo francés que está de paso por Catalunya gracias a un convenio europeo, pero cuando vamos, si tenemos algún problema o necesitamos alguna información para visitar mejor la muestra, la persona más importante del mundo en aquel momento deja de ser Cézanne, Caravaggio o Yayoi Kusama y pasa a serlo el auxiliar de sala. Por eso lo reconozco, sí: a veces, nos hacen falta canciones como la vuestra o exposiciones como la de la Vila Casas para darnos cuenta de la importancia que el factor humano tiene en las cosas, también en el hecho de visitar una exposición.

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Una visitante a la exposición delante de una de las fotografías con el protagonismo de una silla vacía. (Vila Casas)

Todo el mundo echaría de menos La batalla de Tetuán de Fortuny si entrara en su sala del MNAC y sólo existiera su ausencia en la pared, pero en cambio nadie se exclama cuando la silla del auxiliar de sala está vacía porque, por ejemplo, en aquel instante ha tenido que ir al lavabo. La diferencia, sin embargo, es que Fortuny parió una obra maestra sin la capacidad -que nosotros sepamos- de avisar a una ambulancia si sufrimos un infarto en medio de la sala o de explicarnos con un mapa en la mano a cuántas salas nos encontramos del Pantocrátor de Taüll. Por eso os he escrito esta carta, porque no sé si vosotros sois reales, pero gracias a vosotros dos tomé conciencia que aquellos humildes trabajadores sentados en todas las salas de todos los museos que visito sí que lo son, de reales, y más allá de pasarse ocho horas salvaguardando las obras que nosotros tardamos 29 segundos a contemplar, realmente se pasan ocho horas dialogando internamente con las obras que, muchas veces gracias a ellos, acaban dialogando también con nosotros.

Por cierto, ¿todavía sois aficionados a los prerrafaelitas?

Atentamente,

P.

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