La organización del presupuesto doméstico ha dejado de limitarse al ahorro general. En 2026, cada vez más consumidores aplican fórmulas específicas para controlar uno de los gastos más constantes del mes como lo es el supermercado. Entre los métodos que más circulan en entornos especializados en consumo y finanzas destaca la llamada regla del 70-20-10 aplicada a la compra de alimentos.

El planteamiento es sencillo, pero su atractivo radica en la claridad a la hora de optimizarlo todo. No exige cálculos complejos ni cambios drásticos de hábitos, sino una redistribución estratégica del gasto. El objetivo no es gastar menos a cualquier precio, sino optimizar la cesta manteniendo calidad y un equilibrio nutricional que sea sano.

El 70% que sostiene la alimentación real

La base del sistema se centra en destinar la mayor parte del presupuesto a productos frescos y esenciales. Frutas, verduras, huevos, legumbres, carnes o cereales forman el núcleo de esta categoría. Son los alimentos menos procesados y más útiles a la hora de preparar comida, además, por lo general permiten un mayor ahorro en comparción a opciones menos sanas y más procesadas.

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Este enfoque introduce además un beneficio indirecto ya que reduce la dependencia de productos ultraprocesados, donde el margen comercial suele ser mayor a cambio de uno alimentos de dudosa calidad. Priorizar frescos no solo impacta en la salud, sino también en la eficiencia del gasto alimentario.

El 20% que protege el bolsillo de una cuenta monstruosa

La segunda capa del método se dirige a la despensa. Aquí entran productos de larga duración y artículos donde la marca comercial rara vez altera la funcionalidad. Arroz, pasta, conservas o productos de limpieza representan un terreno donde las marcas blancas han ganado terreno de forma notable. La lógica económica es fundamental aquí. En muchos de estos productos, la diferencia de precio entre marca líder y marca de distribución puede ser significativa sin que exista una brecha tan importante en lo que se refiere a la caliad del producto como tal. De este modo, el ahorro acumulado en esta franja suele ser uno de los elementos clave de este método.

El último 10% cumple una función menos obvia, pero clave en términos de comportamiento del consumidor. Reservar un margen para caprichos evita el llamado efecto rebote que se traduce en compras impulsivas derivadas de restricciones excesivas.

En este tipo de métodos, el componente psicológico resulta determinante. La planificación estricta sin espacio flexible tiende a fracasar en contextos de consumo cotidiano. Incluir un porcentaje deliberado para extras introduce sostenibilidad en el hábito. La regla del 70-20-10 no actúa como una norma rígida, sino como una guía de control presupuestario. Su popularidad responde precisamente a ese equilibrio entre disciplina financiera y realismo en la compra diaria.