La aparición repentina, el pasado martes, de un socavón en el barrio de Sant Gervasi-la Bonanova de Barcelona, junto a la estación de FGC de El Putxet, se ha saldado, por suerte, sin tener que lamentar daños personales, aunque ha sido necesario desalojar ocho fincas y los residentes de 93 viviendas todavía no han podido volver a sus hogares. Ahora bien, este socavón, además de despertar los fantasmas del Carmel, ha hecho aflorar otro recuerdo, el de un trágico accidente que tuvo lugar en el año 1962, también causado por un socavón, y que provocó la muerte de un joven obrero, cuyo cadáver, además, no se pudo recuperar hasta al cabo de un mes.
Aquel luctuoso suceso tuvo lugar el 9 de marzo de 1962, en la esquina de la calle Castanyer con Teodora Lamadrid, es decir, a unos 150 metros del socavón actual en dirección montaña, en una zona caracterizada por un cambio del subsuelo de granitos a pizarras, como también por el paso de corrientes subterráneas y el sedimento de antiguas rieras. En este contexto, delante del número 10 de la calle Castanyer la madrugada del 19 de marzo, y tras unos días de fuertes lluvias, se produjo un socavón que provocó un susto considerable a los vecinos, que rápidamente desalojaron el inmueble. La tragedia llegaría unas horas después, cuando una cuadrilla de obreros llegó para apuntalar el inmueble afectado.

Fue en aquel momento que un joven obrero, Leoncio Aranda Otero, de 25 años, fue engullido por un nuevo movimiento de tierras mientras trabajaba en las tareas de apuntalamiento. Así lo recordaba el Diario de Barcelona en su edición del día siguiente, donde relacionaba el socavón con una "corriente de agua subterránea considerablemente aumentada con motivo de las lluvias de estos días" y hacía una cronología de los hechos con los siguientes pasos: un primer socavón hacia las tres y media de la madrugada; desalojo inmediato de las diez familias residentes en Castanyer 10; llegada a primera hora de la mañana de una brigada para apuntalar el inmueble, y unas dos horas más tarde, "inopinadamente, se produjo un nuevo hundimiento, quedando sepultado el obrero". En aquel momento, las tareas de apuntalamiento fueron asumidas por los bomberos, como también los intentos de salvamento del obrero desaparecido, "cuya suerte se desconocía alrededor de las diez de la noche, hora en que redactamos estas líneas".
Un malagueño a punto de casarse
El mismo diario ampliaba la información en la edición del día siguiente, el domingo 11 de marzo de 1962, con una noticia titulada Tragado por la tierra, desapareció un obrero de veinticinco años de edad, donde aclaraba que los técnicos municipales "determinaron sin duda alguna que la existencia de una mina de agua subterránea, reventado su cauce por las continuas lluvias caídas días atrás, había provocado el socavón". Además, ofrecía más detalles del incidente, con otro obrero herido y Aranda desaparecido por un hoyo que "se calcula tiene unos dieciséis o veinte metros de profundidad", una medida obtenida, atención al dato, debido a que "los gritos de angustia del hombre que allí cayó se fueron oyendo cada vez más lejanos y durante varios segundos".
Los gritos de angustia del hombre que allí cayó se fueron oyendo cada vez más lejanos y durante varios segundos"
De la víctima, de quien ya se presagiaba el desenlace mortal, se explicaba que era natural de Málaga, de 25 años, que llevaba seis meses de residencia en Barcelona y que debía casarse el mes siguiente. "Vivía este joven en Esplugas de Llobregat, en compañía de su madre y un hermano, casado, que se encontraba a su lado al producirse el doloroso accidente, y estuvo a punto de caer en la sima con él", continuaba el Diario de Barcelona, que señalaba que el hermano todavía estuvo a tiempo de lanzarle una cuerda, "a la que se aferró Leoncio, pero las arenas movedizas que le envolvieron enseguida le debieron obligar a soltar aquella cuerda, dominado por la asfixia".




La misma información añadía como muy posible que se tardara días en recuperar el cuerpo del "infortunado trabajador", abriendo la puerta a no encontrarlo nunca, ya que el terreno del subsuelo era pantanoso y los trabajos de apuntalamiento se hacían con cinturones de seguridad, "en previsión de nuevos hundimientos". Añadiendo un toque truculento a todo ello, la crónica acababa advirtiendo que, en caso de caer a causa de un nuevo hundimiento, los operarios acabarían en un "misterioso abismo de infinitas cavernas, agua y arenas".
Una nueva información, del mismo medio, fechada el 22 de marzo, reproducía una nota de los servicios técnicos municipales, donde, en el lenguaje administrativo del momento, se especificaba que, a pesar de los esfuerzos llevados a cabo, "no ha podido ser rescatado hasta ahora el cuerpo del productor que quedó sepultado". Asimismo, se señalaba que continuaban las tareas para asegurar el edificio afectado, anunciando que se rellenaría el agujero, eso sí, sin abandonar "la búsqueda del productor sepultado, que se proseguirá por todos los medios".
Un mes y medio después, aparece el cadáver
En todo caso, el cuerpo de Leoncio Aranda acabó por aparecer, eso sí, un mes y medio después. El 20 de abril, el Diario de Barcelona abría su página de sucesos con este titular: Se recupera el cadáver del obrero que hace alrededor de un mes desapareció bajo tierra al producirse un socavón en la calle Castañer. Se trataba del epílogo trágico pero esperado del accidente que se llevó el cuerpo del joven Aranda el 9 de marzo anterior. La crónica afirmaba que el 19 de abril se recuperó el cadáver una vez "el cuerpo del obrero sepultado se había localizado en el fondo de un pozo de unos nueve metros y medio de profundidad". Los bomberos recuperaron el cadáver y cerraron este episodio.
El cuerpo del obrero sepultado se había localizado en el fondo de un pozo de unos nueve metros y medio de profundidad"
Precisamente, un resumen de todos los hechos se puede recuperar por medio de la revista ¡Alarma!, editada por el mismo cuerpo de Bombers de Barcelona, que en el número correspondiente al mes de abril de 1962 ofrece una narración de los hechos, añadiendo detalles desde la perspectiva de los bomberos, añadiendo, además, diversas fotografías de los hechos, incluida una en la que se ve el momento de recuperación del cadáver. La crónica finaliza con la narración del rescate y se cierra con un epílogo donde, además de lamentar la muerte de Leoncio Aranda, se concluye que se pudo salvar el cuerpo "para poderle dar cristiana sepultura". Por suerte, en el socavón de 2026 no se ha tenido que lamentar ningún daño personal.
