¿Una segunda subprime? Blackstone y cía.

- Fernando Trias de Bes
- Barcelona. Domingo, 7 de junio de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Estos días ha ocurrido con algunos grandes fondos de crédito privado en Estados Unidos un conato de pánico. Blackstone ha limitado los reembolsos en uno de sus vehículos de private credit al 5%, después de que los inversores pidieran retirar aproximadamente el doble. Otros fondos han vivido tensiones parecidas.
Cuando un fondo limita las retiradas, el mercado se pone nervioso. Es normal. La palabra retirada recuerda demasiado a la palabra pánico bancario y evocamos las imágenes de 1929 con colas de personas en las entidades financieras para retirar sus fondos que no están en caja. Pánico recuerda demasiado a los bancos.
Pongamos orden.
Primero, no hablamos exactamente de banca comercial al uso. Hablamos de private credit. Tampoco es private equity. El private equity compra empresas. El private credit presta dinero a empresas. A veces a compañías medianas; o a negocios que no encuentran financiación fácil en la banca tradicional; o a sociedades participadas por fondos; o a empresas con mucho relato y poca caja.
Si todos los clientes acuden a la vez a sacar su dinero, ningún banco puede devolverlo todo en efectivo al instante
Estos fondos no guardan todo el dinero en una cuenta corriente. Lo prestan. Ese es el negocio. Captan capital de inversores y lo colocan en préstamos a medio o largo plazo. Si muchos inversores quieren salir a la vez, el fondo no puede convertir todos esos préstamos en efectivo sin romper valor. Tendría que vender activos con descuento, forzar operaciones malas o castigar a quienes permanecen dentro.
Por eso existen límites de retirada en estos fondos. No son una anomalía. Forman parte del contrato. Quien invierte en crédito privado acepta, aunque a veces lo olvide, que cambia liquidez por rentabilidad. Quiere cobrar más que en un activo líquido, pero ese mayor rendimiento tiene un precio: no siempre puede salir cuando le conviene.
La analogía con un banco sirve hasta cierto punto. Si todos los clientes acuden a la vez a sacar su dinero, ningún banco puede devolverlo todo en efectivo al instante, porque lo ha prestado en hipotecas, créditos y financiación empresarial. En la eurozona, el coeficiente mínimo de reservas es del 1% sobre determinados pasivos, principalmente depósitos a corto plazo. El resto puede estar prestado, invertido o colocado en activos líquidos, siempre que el banco cumpla las demás exigencias de capital y liquidez.
Pero es que, como he señalado, en los private credit, además, los fondos de los inversores no son depósitos bancarios. No prometen liquidez diaria. Y no tienen respaldo público. No están diseñados para funcionar como una cuenta corriente.
Que un fondo limite reembolsos no significa necesariamente que esté quebrado
Por eso, que un fondo limite reembolsos no significa necesariamente que esté quebrado. Significa que hay más demanda de salida que liquidez disponible. Es un problema de liquidez, no necesariamente de solvencia.
Ahora bien, ¿hay problema de solvencia? Esa cuestión sí inquieta más. Y eso es lo que debe atenderse realmente. La pregunta importante no es solo si los fondos pueden devolver el dinero hoy. Es si prestaron bien ayer.
Ahí está el verdadero riesgo. Durante años, el crédito privado ha crecido muchísimo. Lo ha hecho aprovechando el hueco que dejó la banca tradicional después de la crisis financiera. Los bancos quedaron más regulados y otros actores ocuparon parte de ese espacio: fondos, gestoras, aseguradoras, vehículos especializados. El dinero no desapareció. Cambió de canal.
Muchas empresas han encontrado financiación flexible. Muchos inversores han obtenido rentabilidades atractivas. Pero también se ha creado una zona menos transparente, menos líquida y más difícil de valorar. Cuando todo va bien, esa opacidad molesta poco. Cuando alguien pide salir, molesta más.
Parte del nerviosismo se vincula a empresas de software y compañías tecnológicas amenazadas por la IA
Y entonces aparece la inteligencia artificial en el relato. Parte del nerviosismo se vincula a empresas de software y compañías tecnológicas amenazadas por la IA. Y vuelve la temida palabra: burbuja.
Una burbuja se produce cuando el precio de un activo se separa de su realidad económica. Cuando alguien paga cada vez más por algo no porque vaya a generar beneficios suficientes, sino porque espera vendérselo más caro al siguiente. Otra cosa distinta es prestar dinero a una empresa sin futuro porque utiliza una palabra de moda. Eso no es exactamente una burbuja. Es mala concesión de crédito.
La IA tiene algo de fiebre del oro. Mucha gente cava. Muy pocos encontrarán la mina. Eso no invalida el oro. Tampoco convierte cada pala en una burbuja. Lo peligroso es financiar a todos los buscadores como si cada uno tuviera ya una veta asegurada.