La sostenibilidad, de la opción a la necesidad. Una cuestión de supervivencia económica
- Ana Garcia Molina
- Barcelona. Miércoles, 16 de septiembre de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 4 minutos
Durante demasiados años se ha presentado la sostenibilidad como un valor añadido, una acción voluntaria o una política de responsabilidad social. Hoy esta visión ha quedado superada. La sostenibilidad es una condición imprescindible para garantizar la viabilidad económica de las empresas y de los mercados. Hemos llenado memorias corporativas de compromisos, objetivos y declaraciones de intenciones mientras el cambio climático, el agotamiento de los recursos y la inestabilidad geopolítica continuaban redefiniendo la economía mundial. La realidad es contundente: un cambio climático de consecuencias imprevisibles. La crisis climática ya no es solo una cuestión ambiental, sino un problema económico de primer orden para Europa. Los episodios extremos de este verano, especialmente las sequías, las olas de calor y las inundaciones, han generado unas pérdidas estimadas de 43.000 millones de euros en la Unión Europea. Una factura que, lejos de reducirse, podría alcanzar los 129.000 millones de euros anuales en 2029 si no se aceleran las políticas de adaptación.
El cambio climático ha dejado de ser una previsión científica para convertirse en una realidad que afecta a toda la sociedad y a los diferentes sectores económicos. La sequía, la falta de recursos hídricos, las interrupciones en las cadenas de suministro, el incremento de los costes energéticos o la pérdida de biodiversidad no son amenazas futuras: ya forman parte de la realidad general y también empresarial. Y, sin embargo, todavía hay quien continúa gestionando sus organizaciones como si nada hubiera cambiado. Todavía hoy hay sectores sociales y económicos que consideran la sostenibilidad como una opción.
Los errores más frecuentes sobre la sostenibilidad han sido los siguientes:
- Confundir la sostenibilidad con el discurso ambientalista. Muchas empresas han invertido más esfuerzos en explicar qué quieren ser que en demostrar qué están haciendo en materia ambiental. Este modelo ha agotado su recorrido. Clientes, inversores y administraciones ya no compran promesas; exigen datos, evidencias y resultados. El greenwashing no solo erosiona la confianza, sino que pone en riesgo la credibilidad de todo el tejido empresarial.
- La idea de que la sostenibilidad es responsabilidad de un único departamento, o depende exclusivamente de un responsable ESG o de una acción puntual de marketing. Esta idea está condenada al fracaso. La sostenibilidad debe estar presente en toda la cadena de valor, en la gestión financiera y de inversión y en la gobernanza. Si no forma parte de la operativa del negocio, simplemente no existe.
- La idea de que la sostenibilidad en las empresas debe ser voluntaria. La experiencia demuestra que no ha sido así. Es necesaria la regulación. Sin criterios comunes, sin transparencia y sin información verificable, es imposible comparar, confiar o invertir con rigor. La regulación no sustituye el compromiso empresarial, lo hace creíble.
- La sostenibilidad es un gasto. Las empresas que hoy lideran sus sectores comparten una característica: han dejado de entender la sostenibilidad como un gasto y la han convertido en una herramienta de competitividad. Han descubierto que mejorar la eficiencia energética, reducir residuos, innovar en economía circular o anticipar riesgos climáticos no solo protege el planeta, sino que también protege la cuenta de resultados. La sostenibilidad genera eficiencia, reduce vulnerabilidad, atrae talento, facilita el acceso a la financiación y refuerza la confianza de los mercados.
Ninguna actividad económica que no sea sostenible tiene garantizada su viabilidad futura
Desde la Comisión de Economía y Sostenibilidad consideramos que, en el contexto actual, el debate ya no es si las empresas se pueden permitir invertir en sostenibilidad. La verdadera pregunta, mucho más incómoda y determinante, es otra: ¿cuántas empresas se pueden permitir continuar sin hacerlo? En un mercado global cada vez más exigente, desvincular el crecimiento de la sostenibilidad no es solo una visión anclada en el pasado, sino también una estrategia condenada al fracaso. Ninguna actividad económica que no sea sostenible tiene garantizada su viabilidad futura. Tarde o temprano, deberá transformarse, adaptarse o desaparecer. Por ello, no podemos aceptar que actividades económicas insostenibles sigan creciendo; el único crecimiento legítimo es aquel que se construye sobre bases sostenibles y responsables.
La reciente propuesta de la Comisión Europea para modificar el sistema europeo de comercio de derechos de emisión (ETS) que permitiría que determinadas industrias mantengan más derechos de emisión durante más tiempo si, a cambio, presentan y ejecutan planes verificables de inversión en descarbonización. Consideramos que es una medida con riesgos importantes, porque el éxito del ETS depende de que las empresas tengan un incentivo económico creciente para reducir emisiones. Si se alarga la disponibilidad de derechos de emisión, este incentivo se debilita: se puede retrasar la reducción real de emisiones; disminuye la credibilidad de la política climática europea y las empresas que ya han invertido en tecnologías limpias pueden quedar en desventaja respecto a competidores que no lo han hecho. Cabe decir que la propuesta todavía se tiene que negociar con el Parlamento Europeo y los estados miembros. La reforma solo funcionará si las inversiones verdes exigidas son realmente verificables y hay sanciones efectivas para quien no las cumpla.
El único crecimiento legítimo es aquel que se construye sobre bases sostenibles y responsables
La Comisión intenta equilibrar los dos objetivos: mantener la competitividad de la industria europea y avanzar hacia la descarbonización. Lo que no se puede negar es que el Sistema Europeo de Comercio de Emisiones (ETS) ha sido uno de los instrumentos climáticos más efectivos y que modificarlo demasiado para proteger la industria puede acabar reduciendo los incentivos a innovar. La competitividad europea depende más de acelerar la descarbonización que de abaratar la contaminación. Devienen necesarias actuaciones sobre las importaciones de terceros países que no cumplan con los objetivos de sostenibilidad y que limitan aún más la competitividad de las empresas europeas y, a la vez, su capacidad para devenir más sostenibles. La Unión Europea, en estos momentos de incertidumbre, debería dar un paso adelante y liderar la transformación en sostenibilidad de los sectores económicos.
Opinamos que la sostenibilidad y competitividad ya no se pueden entender como objetivos separados. Y para lograr este reto se necesitan compromisos reales y consecuencias para quien no los cumpla: sanciones económicas efectivas y una política comercial europea que evite competir en desigualdad con países o sectores sometidos a estándares mucho menos ambiciosos. Construir, pues, un marco que impulse la descarbonización sin debilitar la capacidad productiva de las empresas europeas.
El debate ya no es si la sostenibilidad es cara. El verdadero coste es mantener un modelo económico que degrada los recursos de los que depende su propia existencia. Sin sostenibilidad no hay competitividad. Sin competitividad no hay empresa. Y sin un planeta habitable, no hay economía posible.
No es solo una exigencia ambiental: es una condición para garantizar la prosperidad económica futura y la continuidad del planeta.
*Ana Garcia Molina, presidenta de la Comisión de Economía de la Sostenibilidad del Col·legi d'Economistes de Catalunya.