A pesar de los muchos datos que reflejan la buena marcha de la economía catalana en los últimos años, existe una percepción bastante extendida de que esta bonanza es más un espejismo estadístico que una realidad tangible para la mayoría de la gente. Un primer argumento que se esgrime contra el “Catalunya va bé" apunta a un patrón de crecimiento que hace aumentar rápidamente el volumen total del PIB, pero mucho menos el PIB per cápita –que sería la variable relevante para medir el bienestar de las personas. Efectivamente, entre 2001 y 2024, el PIB per cápita de los catalanes ha aumentado a una tasa media anual bastante exigua, del 0,6% en términos reales (descontando la inflación medida por el deflactor del PIB, según la serie histórica de la Contabilidad Regional que publica el INE). Ahora bien, se trata de una media a lo largo de un período muy heterogéneo, que incluye la fuerte caída económica de la crisis financiera de 2008. Si focalizamos la mirada en los períodos más recientes, observamos que en 2024 el PIB per cápita creció un notable 2,3%, y un 1,5% de media anual en el conjunto de la década 2014-2024 –a pesar del traspié de la pandemia en los años 2020 y 2021. En niveles, en 2024 el PIB per cápita de los catalanes se situaba dos puntos porcentuales por encima de 2019, antes de la pandemia. Y es importante destacar que este avance se produce en un contexto de rápido aumento de la población, que tiende a diluir los incrementos del PIB cuando se miden por habitante. La principal causa del débil crecimiento histórico del PIB per cápita se atribuye –correctamente– al pobre crecimiento de la productividad del trabajo o PIB por persona ocupada. Pero también en este aspecto los datos de 2024 apuntan en la buena dirección, con un aumento de la productividad del 1,3%, a pesar del fuerte avance del empleo. Tanto el PIB por habitante como el PIB por persona ocupada, en términos reales, se situaban en 2024 en torno a un 13% por encima de los valores registrados a principios de siglo.

Veremos si en los próximos años estas buenas tendencias, relativamente incipientes, se consolidan. Pero, en cualquier caso, hay otros datos estadísticos, más allá del PIB, que pueden ayudar a entender por qué las percepciones sociales difieren sustancialmente de estas cifras macro. La primera variable a considerar es la Renta Bruta Disponible de los hogares (RBD), que resulta de sumar todos los ingresos que reciben los hogares (salarios, rentas de la propiedad, transferencias y prestaciones públicas monetarias recibidas del sector público, como las pensiones) y restar las detracciones de estos ingresos (impuestos directos y cotizaciones sociales, intereses pagados). Esta variable nos dice mucho más sobre el bienestar concreto de las personas –el poder adquisitivo real que tienen para comparar bienes y servicios– que el PIB per cápita. Pues bien, la RBD per cápita, deflactada de la misma manera que el PIB para obtener valores reales descontando la inflación, muestra unos avances mucho más débiles. Entre 2001 y 2023 la RBD ha aumentado a una tasa anual media del 0,3%, la mitad que el PIB per cápita, aunque entre 2014 y 2023 –que es el período de relativa recuperación del PIB per cápita– se ha incrementado a un ritmo ligeramente superior, del 0,7%. En conjunto, en el año 2023 la RBD por persona en Catalunya solo había aumentado un 6,1% respecto a los valores registrados a principios de siglo –menos de la mitad en comparación con el PIB per cápita y la productividad.

Entre 2001 y 2023 la Renta Bruta Disponible ha aumentado a una tasa anual media del 0,3%, la mitad que el PIB per cápita

¿Por qué estas diferencias? Si analizamos la RDB por componentes se obtienen algunas respuestas. En primer lugar, uno de los principales factores determinantes de la renta bruta disponible de los hogares, la remuneración del trabajo por persona asalariada, ha crecido aún menos que la RDB en términos reales durante los mismos periodos: un 0,2% medio anual entre 2001 y 2023 y un 0,4% entre 2014 y 2023. Es decir: en lo que llevamos de siglo los ingresos brutos del trabajo solo se han incrementado, en términos reales, un escaso 5,5% acumulado a lo largo de todo el periodo. Por otra parte, el aumento de la presión fiscal sobre estos ingresos brutos ha aumentado notablemente, de manera que el peso que representan los impuestos directos más las cotizaciones sociales sobre la RDB ha pasado de un 36% a casi un 43%. Mientras que, por otra parte, las transferencias y prestaciones monetarias recibidas del sector público, aunque también han aumentado a un ritmo elevado en los mismos periodos, lo han hecho por debajo de la suma de impuestos y cotizaciones. Hay que tener presente que todos estos valores son medias, que inevitablemente ocultan la dispersión de resultados por segmentos de renta y colectivos sociales. Es evidente, por ejemplo, que los jóvenes que quieren acceder a la vivienda han sufrido una pérdida de poder adquisitivo real más acusada de lo que reflejan los valores medios de la RDB referidos al conjunto de la población. Como es igualmente evidente que una parte importante de la población ocupada obtiene rentas mucho más bajas que la media, y sufre la inflación de precios de determinados bienes esenciales con mayor intensidad.

En resumen: las percepciones subjetivas y las observaciones estadísticas no son realidades paralelas sin intersección posible, aunque hay que tener cuidado a la hora de sacar conclusiones de medias estadísticas que, por definición, ocultan la dispersión de resultados alrededor del valor considerado representativo. Las percepciones sociales se corresponden más de lo que se piensa con los datos provenientes de fuentes oficiales, cuando se analizan con un poco de profundidad. Percepciones y datos convergen en una misma conclusión: las buenas cifras en términos de los principales agregados macroeconómicos no se han traducido como desearíamos en una mejora proporcional del bienestar para el conjunto de la población, con una cierta perspectiva histórica. No obstante, es igualmente cierto que los últimos datos de aumento de la productividad y del PIB per cápita apuntan en la dirección correcta, y si se consolidan durante los próximos ejercicios harán posible una mejora más amplia y mejor repartida del bienestar. La cuestión es que esta consolidación difícilmente se dará si no se afrontan los retos estructurales que distorsionan el patrón de crecimiento, demasiado orientado a la generación de empleo en detrimento de la productividad. Esperemos que este 2026 represente un punto de inflexión, y que tanto los poderes públicos como los agentes sociales sean capaces de llegar a grandes consensos que permitan abordar con eficacia los principales retos que tenemos planteados como país.