¿Queremos talento o queremos clones?

- Rat Gasol
- Barcelona. Martes, 30 de junio de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 6 minutos
Se impone, cada vez con más fuerza, una contradicción difícil de ignorar en el mercado laboral contemporáneo. Nunca habíamos hablado tanto de transformación, de innovación, de agilidad, de aprendizaje continuo y de capacidad de adaptación. Nunca habíamos asumido con tanta naturalidad que las tecnologías evolucionan a una velocidad vertiginosa, que los modelos de negocio se redefinen constantemente y que las organizaciones están obligadas a reinventarse de manera permanente para continuar siendo competitivas. Sin embargo, cuando llega el momento de seleccionar profesionales, una parte significativa de las empresas continúa actuando como si el mundo fuera extraordinariamente estable, previsible e inmutable.
La paradoja es tan evidente que a menudo pasa desapercibida. Reivindicamos la capacidad de adaptación; no obstante, premiamos la continuidad. Exigimos flexibilidad, pero desconfiamos de las trayectorias que se alejan de los itinerarios convencionales. Elogiamos la innovación, pero continuamos seleccionando perfiles que se asimilan extraordinariamente a los que ya conocemos. Reclamamos pensamiento crítico, pero nos sentimos más cómodos ante aquello que ratifica nuestras expectativas.
La irrupción de la inteligencia artificial ha contribuido a hacer aún más visible esta contradicción. Durante décadas asumimos que el principal valor diferencial de un profesional residía en el conocimiento acumulado. La lógica parecía impecable. Quien disponía de más experiencia específica, dominaba determinadas herramientas o reunía conocimientos altamente especializados, gozaba de una ventaja competitiva superior. El saber era escaso y, precisamente por eso, constituía un activo extraordinariamente valioso.
Hoy este paradigma está experimentando una transformación profunda. La inteligencia artificial no elimina la necesidad de conocimiento ni disminuye la importancia de la experiencia. Lo que altera radicalmente es la manera de acceder a él. La información es más accesible que nunca. El aprendizaje es más rápido que nunca. La capacidad de adquirir nuevas competencias se ha acelerado hasta niveles que hace solo unos años habrían parecido inverosímiles.
La paradoja es tan evidente que a menudo pasa desapercibida. Reivindicamos la capacidad de adaptación; no obstante, premiamos la continuidad
Por primera vez en muchas décadas, el valor profesional empieza a desplazarse desde el conocimiento acumulado hacia la capacidad de aprender, de interpretar, de decidir y de actuar. Las competencias estrictamente técnicas seguirán siendo necesarias, por supuesto. Pero su exclusividad disminuye a medida que aumenta la facilidad para adquirirlas. El criterio, la visión global, la comprensión de los contextos, la inteligencia relacional, la capacidad de liderazgo, la gestión de la complejidad y la toma de decisiones bajo incertidumbre emergen como factores cada vez más determinantes.
Dicho de otro modo, el conocimiento sigue siendo imprescindible. Lo que está dejando de ser excepcional es la posibilidad de acceder a él.
A pesar de esta evidencia, muchas organizaciones perpetúan la búsqueda de talento a partir de criterios que parecen concebidos para una realidad que ya no existe. Se prioriza la coincidencia sectorial, la similitud de trayectorias, la familiaridad con determinados entornos y la reproducción de recorridos profesionales prácticamente idénticos a los que la posición ha tenido tradicionalmente. Tal como si el futuro tuviera que ser necesariamente una prolongación del pasado.
Y lo puedo decir en primera persona. A lo largo de mi trayectoria profesional he desarrollado responsabilidades ejecutivas en sectores muy diversos, participando en proyectos empresariales de naturaleza muy diferente y asumiendo funciones que exigían una elevada capacidad de adaptación, aprendizaje acelerado y comprensión de realidades complejas. Sin embargo, he visto cómo mi candidatura quedaba descartada antes incluso de iniciar una conversación por el simple hecho de no proceder exactamente del sector considerado idóneo.
Y no porque me faltaran competencias. No porque la experiencia fuera insuficiente. Tampoco porque las responsabilidades asumidas fueran inferiores. Simplemente porque la actividad económica en la que había desarrollado mi carrera había sido otra.
Y es aquí donde emerge una de las paradojas más sorprendentes de los procesos de selección contemporáneos.
Muchas organizaciones perpetúan la búsqueda de talento a partir de criterios que parecen concebidos para una realidad que ya no existe
Si una empresa afirma que necesita profesionales capaces de adaptarse al cambio, ¿por qué observa con desconfianza a aquellos que ya han demostrado su capacidad de adaptarse a contextos diferentes? Si la transformación es una necesidad estratégica, ¿por qué se premia la reproducción del pasado? Si el futuro será diferente del presente, ¿por qué nos empeñamos en buscar profesionales que se parezcan exactamente a los que ya teníamos ayer?
La cuestión es particularmente relevante porque las competencias más preciadas en los discursos empresariales de hoy son, precisamente, las que acostumbran a desarrollarse cuando una persona afronta retos nuevos, cambia de entorno, asume responsabilidades distintas o se expone a realidades desconocidas. La capacidad de aprendizaje no se construye dentro de la comodidad. La adaptabilidad no nace de la repetición. La flexibilidad no se desarrolla reproduciendo permanentemente los mismos esquemas.
La misma contradicción se manifiesta cuando se analizan las trayectorias profesionales. Todavía hoy, numerosos procesos de selección observan con recelo aquellos currículums que reflejan varios cambios de organización a lo largo de los años. La permanencia prolongada en una misma empresa acostumbra a interpretarse como una demostración de compromiso y estabilidad, mientras que los recorridos más heterogéneos a menudo despiertan temores sobre la capacidad de arraigo o la voluntad de permanencia. Esta interpretación, tan extendida como discutible, merece una revisión profunda.
Cada cambio profesional implica afrontar una cultura organizativa diferente, integrarse en equipos desconocidos, adquirir nuevos conocimientos, adaptarse a metodologías diversas, construir credibilidad desde cero y demostrar su valía en contextos completamente nuevos. Lejos de representar necesariamente una debilidad, estas experiencias pueden constituir una demostración extraordinariamente exigente de dinamismo, resiliencia, curiosidad intelectual y capacidad de adaptación.
Resulta paradójico que en una economía que proclama la necesidad de reinventarse permanentemente se cuestionen, de manera explícita o implícita, aquellas trayectorias que han obligado a los profesionales a reinventarse repetidamente. Aquello que en muchos entornos se podría interpretar como una muestra inequívoca de versatilidad, de ambición profesional y de voluntad de progreso se percibe, con frecuencia, como un factor de riesgo.
Quizás el problema es que todavía interpretamos el talento desde categorías propias de otra época. Categorías concebidas para carreras profesionales lineales, para mercados relativamente estables y para entornos en los que el conocimiento se renovaba lentamente. Pero el siglo XXI funciona de otra manera. Las tecnologías evolucionan. Los sectores convergen. Las fronteras entre disciplinas se difuminan. Las profesiones se transforman. Las competencias se redefinen continuamente. Y, a pesar de todo, actuamos como si el mejor predictor del futuro fuera una reproducción exacta del pasado.
La innovación raramente nace de la uniformidad. Las organizaciones más resilientes, tampoco
La pregunta es inevitable. ¿Cuántas organizaciones están descartando profesionales excelentes simplemente porque no encajan en una descripción preconcebida? ¿Cuántas candidaturas quedan excluidas no por falta de capacidad, sino por exceso de transversalidad? ¿Cuántas empresas afirman que precisan innovación mientras seleccionan sistemáticamente los perfiles más previsibles?
La historia empresarial está repleta de ejemplos de directivos que han transitado con éxito entre sectores diversos, de profesionales que han aportado valor en entornos aparentemente alejados y de organizaciones que han prosperado gracias a la incorporación de miradas nuevas. Cuesta encontrar evidencias igualmente sólidas que demuestren que la coincidencia sectorial, por sí sola, constituya una garantía de éxito. De hecho, si fuera así, ninguna empresa fracasaría después de contratar al candidato perfecto sobre el papel, y la realidad pone de manifiesto literalmente lo contrario.
Quizás porque, en realidad, la preferencia por la familiaridad responde más a una percepción de seguridad que a una certeza objetiva. El candidato que proviene del mismo sector, que ha recorrido exactamente el mismo camino y que presenta una trayectoria prácticamente idéntica genera tranquilidad. Es fácil justificar su contratación. Es fácil defender la decisión ante terceros. Es fácil explicarla. Pero esta aparente garantía no siempre coincide con el potencial real de generar valor.
La innovación raramente nace de la uniformidad. Las organizaciones más resilientes tampoco. Las transformaciones más profundas suelen producirse cuando se combinan experiencias diferentes, cuando se confrontan perspectivas diversas y cuando alguien es capaz de cuestionar aquello que el resto considera evidente. Las empresas que aspiran a evolucionar necesitan conocimiento, naturalmente, pero también necesitan miradas frescas, personas que formulen preguntas incómodas, profesionales que no se limiten a reproducir aquello que ya funciona, sino que tengan la lucidez de identificar aquello que todavía se podría hacer mejor.
La inteligencia artificial no acabará con el talento. Lo que sí podría acabar es con una de las ideas más equivocadas que hemos construido a su alrededor. La creencia de que el mejor profesional es aquel que mejor replica lo que ya conocemos. Porque en una economía definida por el cambio permanente, por la innovación continua y por la necesidad constante de adaptación, el valor no residirá en la capacidad de reproducir el pasado. Residirá en la capacidad de interpretar el presente, comprender la complejidad y construir el futuro.
Y es aquí donde emerge una pregunta que cada organización debería formularse con absoluta honestidad.
Cuando seleccionamos personas, ¿buscamos talento o simplemente una reproducción de aquello que ya conocemos?