¿Qué nos bloquea?

- Esteve Almirall
- Barcelona. Jueves, 16 de julio de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 5 minutos
La economía española crece, pero el PIB per cápita lleva prácticamente estancado desde la burbuja de 2007-2008. Y no es solo España. Alemania, la que había sido la locomotora de Europa, lleva una década encallada.
Podríamos pensar que los crecimientos acelerados ya forman parte del pasado, especialmente en las economías desarrolladas. Incluso China se ralentiza: este año crecerá alrededor del 4,4%, todavía mucho comparado con el 2,3% de Estados Unidos, el 2,2% de España o el 0,7% de Alemania.
Pero no es tan sencillo. Taiwán creció un 13,7% interanual el primer trimestre de 2026. Y, más importante, este crecimiento llega a los ciudadanos, que son progresivamente más ricos.
¿Qué bloquea economías como Alemania o España?
El caso de Taiwán es excepcional y se explica sobre todo por los semiconductores. Esto tiene un nombre: TSMC. Chips diseñados por Nvidia, Apple, Google y las empresas que construyen la infraestructura de la inteligencia artificial, pero fabricados en Taiwán. Una industria de alto valor añadido, con enormes sinergias, que arrastra a todo el país. Que Taiwán sea un caso particular no invalida la pregunta. Al contrario. La hace más incómoda.
Alemania y España tienen, en teoría, casi todas las capacidades necesarias: talento, industria, investigación, infraestructuras, empresas, capital, universidades y administraciones públicas potentes. Lo tienen casi todo. Entonces, ¿por qué no salen adelante?
Alemania y España tienen, en teoría, casi todas las capacidades necesarias. Entonces, ¿por qué no salen adelante?
En las organizaciones ocurre lo mismo. Volkswagen ha puesto sobre la mesa una reestructuración que podría afectar hasta a 100.000 trabajadores, sobre una plantilla global de unos 600.000, y comportar el cierre de cuatro fábricas.
Volkswagen no es una empresa pequeña sin recursos. Tiene marcas, ingenieros, fábricas, patentes, proveedores, escala global y dinero. Tiene casi todo aquello que se supone que hay que tener. Y, sin embargo, no sale adelante.
Naturalmente, ha habido errores de estrategia y de ejecución. Pero este es precisamente el punto: organizaciones que lo tienen todo también fracasan.
El análisis sobre Alemania hace tiempo que está hecho. Los costos laborales son muy altos. No solo porque los alemanes cobren bien —este no es el caso de España—, sino porque los impuestos y las contribuciones sobre el trabajo lastran la competitividad.
La energía es cara. Alemania apostó por el gas ruso, cerró las nucleares y nada de esto ha funcionado como estaba previsto. Y lo hizo en una economía industrial muy dependiente del precio de la energía.
La burocracia es asfixiante. Cualquier proyecto topa con permisos, normas, recursos, zonas protegidas y procedimientos que convierten la aprobación en una cuestión de meses o años.
El análisis sobre Alemania hace tiempo que está hecho. muy altos. Los impuestos y las contribuciones sobre el trabajo lastran la competitividad
La industria del software y de la inteligencia artificial se ha marchado. El chiste dice que el gran hub alemán de IA está en San Francisco. Y no deja de tener una parte importante de verdad.
Los costes sociales son altísimos. La sanidad funciona, pero cuesta una fortuna. La educación no está a la altura de la competencia china ni de las mejores universidades norteamericanas. La formación técnica alemana sigue siendo notable, pero el futuro ya no es solo mecánica, química y automóvil. Es software, IA, datos, plataformas, semiconductores, automatización y velocidad.
Podríamos continuar. La lista es conocida y nos suena familiar: energía cara, costes elevados, burocracia, poca velocidad institucional, baja productividad, dificultad para convertir investigación en innovación y una resistencia enorme a cambiar aquello que ya no funciona.
¿Qué hacen los alemanes? El canciller Friedrich Merz ha presentado una batería de medidas. Bajará un poco los impuestos: unos 10.000 millones de euros, aproximadamente un 0,23% del PIB. Es dinero, pero no es ninguna revolución fiscal.
Incrementará mucho el gasto militar, que podría situarse alrededor de los 100.000 millones anuales. Pero la defensa no tiene las mismas sinergias con toda la economía que la IA, el software o los semiconductores. No es TSMC. No es Nvidia. No es una tecnología que transforme todos los sectores.
También reformará las pensiones, un poco. Flexibilizará el mercado laboral, un poco. Reducirá la burocracia, un poco. E invertirá 500.000 millones de euros en infraestructuras durante doce años. Todo parece sensato. Y todo parece insuficiente.
Los chinos han avanzado a una velocidad extraordinaria y ahora Volkswagen necesita recortar costes, fábricas y plantilla para comprar tiempo
Alemania no tiene su problema principal en las infraestructuras. El gasto militar puede ayudar a algunas empresas, pero no sustituirá la caída del automóvil. Solo los gobiernos compran tanques, y compran pocos, aunque sean caros. La reforma de las pensiones es tímida. La reducción burocrática es tímida. La reforma laboral es tímida. La rebaja fiscal es tímida. Demasiado poco, demasiado tarde.
Nos podemos preguntar: ¿Esto no lo sabe el gobierno alemán? Claro que lo sabe. Entonces, ¿por qué no afronta las reformas estructurales? ¿Por qué no reduce unos costes laborales que expulsarán a una parte de la industria? ¿Por qué no desmonta una burocracia extraordinariamente cara y lenta? ¿Por qué no resuelve unas pensiones que hipotecan a las generaciones futuras para proteger a los boomers? ¿Por qué no asume la falta de competitividad europea en todo aquello que importa en la era de la IA?
La respuesta tiene un nombre: social deadlock. Un social deadlock aparece cuando todo el mundo sabe que hay que cambiar, pero quienes tienen poder para decidir tienen incentivos para impedir el cambio. El gobierno alemán hace aquello que puede acordar con los partidos, los sindicatos, los Länder, las administraciones, los grupos de interés y los votantes. Y esto, casi por definición, no solucionará el problema.
Volkswagen es lo mismo. Ha intentado competir en todas partes. No ha sido capaz de competir en baterías. No ha sido capaz de competir en software. No ha liderado el vehículo autónomo. Los chinos han avanzado a una velocidad extraordinaria y ahora Volkswagen necesita recortar costes, fábricas y plantilla para comprar tiempo.
Pero la mitad de su consejo de supervisión está en manos de los representantes de los trabajadores y el gobierno de Baja Sajonia controla aproximadamente el 20% de la empresa. ¿Será capaz de recortar 100.000 puestos de trabajo? Ni de coña. Por lo tanto, hará demasiado poco, demasiado tarde y demasiado mal. Y todos esperaremos que no acabe plegando.
Los partidos tienen incentivos para diferenciarse, no para llegar a acuerdos. Los políticos tienen incentivos para tomar medidas a corto plazo aunque hipotequen el futuro. La Administración tiene incentivos para contratar a más gente y protegerse, no necesariamente para ser más eficaz.
Lo que separa las economías que avanzan de las que se hunden no es solo aquello que tienen. Es su capacidad de cambiar cuando están a tiempo
Los sindicatos tienen incentivos para defender los puestos de trabajo actuales, aunque eso impida crear los puestos de trabajo del futuro. Las empresas incumbentes tienen incentivos para alargar el viejo modelo, aunque el viejo modelo ya esté agotado.
Con el funcionamiento normal de las instituciones, tenemos garantizado que faltarán incentivos para cambiar. O aún peor: los incentivos nos empujarán en la dirección contraria.
Más polarización si son políticos. Más funcionarios, aunque no sean necesarios, sí es la Administración. Más investigación, aunque lo que falte sea innovación. Más partidos, aunque lo que se necesite sean acuerdos. Más confrontación, aunque nos lleve al desastre colectivo.
¿Tienen solución los social deadlocks? No mucha, para qué nos vamos a engañar. Un choque externo acostumbra a desbloquearlos. Un enemigo potente nos obliga a movernos. Una crisis profunda fuerza a hacer en seis meses aquello que no hemos querido hacer en veinte años. A veces, un líder consigue alinear a todo el mundo antes de que llegue el desastre.
Pero esperar el desastre no es una estrategia. Es una rendición. Sería bueno que fuéramos capaces de superar estos bloqueos antes del colapso. Que reconociéramos cuando las instituciones que nos dieron estabilidad se han convertido en mecanismos para impedir cualquier cambio.
No basta con tener talento, dinero, universidades, infraestructuras y empresas. Todo esto es necesario. Pero no es suficiente.
Lo que separa las economías que avanzan de las que se hunden no es solo aquello que tienen. Es su capacidad de cambiar cuando aún están a tiempo. Y esta es la pregunta incómoda: no qué nos falta, sino qué nos bloquea.