La información es poder: la guerra de los datos condiciona nuestro futuro vital. Ocurre que en el siglo XXI esa frase exige una actualización para formularla en los siguientes términos: la información estructurada, capturada, cruzada y monopolizada es poder.

En nuestro actual entorno vital esto ya no es futuro, sino más bien presente. Y, aunque no del todo perceptible, resulta totalmente operativo. Recordemos que, mientras yo escribo (o tú, lectora o lector, lees estas líneas), alguien está extrayendo oro de nuestras respectivas interacciones digitales (por no decir de nuestras compras, de nuestra huella digital o de nuestro historial laboral). Todos nuestros datos están siendo analizados por algoritmos que quizás no saben nuestro nombre, pero que nos conocen mucho mejor que nosotros mismos y que, además, toman decisiones en función de nuestras motivaciones, intereses y capacidad de compra, entre otros. Bienvenidos, pues, al nuevo campo de batalla: el binomio información/poder aplicado a nuestro hoy, sí, a nuestro entorno vital, decía.

¿Os suenan los conceptos de transparencia en los procesos de compra e igualdad de oportunidades? Son principios formados por bonitas palabras para un manifiesto corporativo. Pero la realidad es que existe una asimetría total en el acceso a la información. Es un efecto que podríamos denominar el espejismo de la transparencia. Hoy, las administraciones públicas, así como las organizaciones y empresas, tienen acceso a un universo de datos sobre todos nosotros: historial personal y profesional, análisis de comportamientos e intereses, o reputación digital. Mientras que las personas, a nivel individual, no poseemos ningún tipo de control sobre ellos. ¿Quién tiene el poder en esa relación? Es obvio que las personas no.

Las plataformas tecnológicas afirman tener la seguridad y la transparencia como hito central en sus procesos, pero en realidad el tablero lo han diseñado para los jugadores que les facilitan los ingresos necesarios para su subsistencia. El cliente no somos nosotros (la ciudadanía, insisto). Estas plataformas analizan y centralizan la información, controlan los flujos de visibilidad y nos clasifican y segmentan con una granularidad distópica. ¿Eres un profesional del diseño digital? Ellas ya saben si buscas o no empleo, si prefieres Figma o Sketch, si cambias mucho de empresa, si posteas sobre el síndrome del trabajador quemado o si das “me gusta” a temas vinculados a determinadas actividades. El algoritmo lo procesa. Y te etiqueta. El dato no eres tú. Es tu sombra digital. Y esa sombra tiene un precio.

Tenemos que tomar conciencia de que hoy la democracia tiene que incorporar un nuevo elemento, que no es otro que la soberanía y el control digital

En el mundo de hoy las cosas no funcionan como ocurría hace 30 años. La legislación sigue estando desactualizada frente a la economía del dato y los intentos regulatorios siempre llegan con retraso. El verdadero campo minado está en la datificación de los individuos. ¿Dónde están las leyes que regulan la propiedad de los datos? ¿Quién define los derechos ante los procesos de segmentación y clasificación de nuestros perfiles personales? ¿Dónde radica la transparencia algorítmica? ¿Cuándo hemos visto en el parlamento un debate eficiente sobre esta problemática? ¿Disponemos de organizaciones capaces de realizar este tipo de controles?

Las infraestructuras tecnológicas disponen de datos o información sobre quiénes somos, qué hacemos y qué queremos. Los seres humanos estamos siendo analizados, atomizados, perfilados, optimizados. Y mientras tanto, como individuos, estamos indefensos. Porque el poder de la información también fragmenta, aísla, jerarquiza, polariza. ¿Podemos rebelarnos individualmente contra este tipo de realidades?

Entre la distopía y la utopía hay una línea delgada que definimos como gobernanza de los datos. No se trata de volver al pasado analógico y sí de construir un futuro en el que se respete la soberanía digital de los individuos, lo que exige control y transparencia en la gestión. ¿Es posible imaginar un sistema en el que las personas podemos decidir de verdad qué datos queremos compartir, con quién y para qué? Y en el que estos se gestionen con transparencia.

Aunque no seamos del todo conscientes de ello y al margen de los conflictos bélicos que vivimos, estamos asistiendo a la batalla que se genera entre aquellos que detentan el control de los datos y los sistemas de información y quienes solo existimos dentro de ellos. Nuestro poder no está ni en el puesto, ni en la posición económica, ni tan siquiera en el número de seguidores. El poder se encuentra en los datos que nos representan cuando no estamos, cuando no hablamos, cuando no sabemos lo que están decidiendo por nosotros. Si no controlamos la información, no controlamos nada. Y, en el futuro, eso significa una sola cosa: o recuperamos el poder sobre nuestros datos o seremos eternamente clasificables, explotables y reemplazables.

Tenemos que tomar conciencia de que hoy la democracia tiene que incorporar un nuevo elemento, que no es otro que la soberanía y el control digital.