Dos noticias económicas esta semana que me han llamado la atención por su conexión. Uno, en Suiza: se votará limitar la población a diez millones de habitantes. Dos, en España, un informe atribuye a la inmigración casi la mitad del crecimiento del PIB desde 2022.

Leídas juntas, parecen incompatibles. Una economía que necesita más gente. Otra que fija un techo.

Desde Malthus sabemos que la población importa. Él temía que creciera en progresión geométrica mientras los alimentos lo hicieran en progresión aritmética. Falló en el desenlace, pero acertó en algo esencial: la demografía condiciona la economía. Durante dos siglos, crecer en habitantes ha sido una forma directa de crecer en producción. Más trabajadores. Más consumo. Más PIB.

España lo está viviendo. La población activa ha aumentado con intensidad. Sectores con escasez de mano de obra han seguido funcionando. El tamaño del mercado laboral se ha ensanchado. El crecimiento reciente se explica en buena parte por ahí. Es un shock de oferta. Más personas trabajando, más actividad. No en vano somos un país de servicios.

Durante dos siglos, crecer en habitantes ha sido una forma directa de crecer en producción. Más trabajadores. Más consumo. Más PIB

Suiza, sin embargo, plantea lo contrario. Diez millones y punto. Número redondo. Es incluso, si me lo permiten, gracioso. Queremos ser diez millones. Pero de aquí no pasamos. Decisión política con implicaciones económicas profundas. Si se fija la población, el crecimiento ya no puede venir por cantidad. Solo queda la productividad. Tecnología. Formación. Innovación. Organización. Lo que Robert Solow identificó como el residuo que explica el crecimiento cuando el trabajo y el capital dejan de expandirse.

Es una apuesta de país rico. Con uno de los PIB per cápita más altos del mundo, cuando se alcanza cierto nivel de renta, la prioridad cambia. El objetivo deja de ser expandirse y pasa a ser preservar.

La teoría económica clásica asocia crecimiento a prosperidad. Crecer o quedar atrás. Perder peso relativo. Influencia. Capacidad de negociación, gracias al tamaño. En el muy largo plazo, estancarse mientras otros avanzan tiene costes geopolíticos evidentes. Pero la función de bienestar social no es el PIB agregado. Es la renta por persona, la calidad de vida, la estabilidad institucional.

Ahí aparece el giro. En sociedades maduras, el debate ya no es cuánto más podemos producir. Es cómo mantenemos lo conseguido sin tensionar vivienda, infraestructuras, cohesión social y medio ambiente. El crecimiento demográfico acelera el PIB, es cierto. Pero también eleva la presión sobre los precios y los servicios públicos.

¿Debe el crecimiento ser siempre el objetivo central? El debate sobre crecimiento sostenible y límites ecológicos ha ganado espacio

Nada de esto invalida la contribución económica de la inmigración. Los datos españoles muestran que amplía la oferta de trabajo y facilita que la economía no se contraiga. Recordemos que nuestra productividad está muy limitada. Tampoco convierte en irrelevante el envejecimiento europeo. Sin flujos migratorios, muchas economías perderían dinamismo.

La cuestión es otra. ¿Debe el crecimiento ser siempre el objetivo central? Economistas como John Stuart Mill ya hablaron en el siglo XIX de un “estado estacionario” compatible con progreso moral y bienestar material. Más recientemente, el debate sobre crecimiento sostenible y límites ecológicos ha ganado espacio. No es decrecimiento. Es priorización.

Suiza lanza un mensaje incómodo. Tal vez hemos llegado a un punto en que “más” no siempre es mejor. Tal vez la ambición colectiva se desplaza desde expandir a consolidar. Desde maximizar el tamaño a optimizar la calidad.

Suiza puede permitirse cerrar parcialmente la puerta y exigir que cada punto adicional de riqueza provenga de hacer mejor las cosas, pero… ¿dónde está España? ¿Necesita ampliar base laboral o elevar productividad? Los partidos de extrema derecha abogan por la posición suiza. Los moderados piden más inmigrantes legalizados.

Dos modelos. Dos momentos históricos distintos. Cada país decide. ¿PIB o PIB per cápita?