El pastel y el horno
Es cierto que los salarios son bajos; lo que no se explica nunca es de dónde salen
- Pau Vila
- Barcelona. Miércoles, 5 de agosto de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
El Observatorio Funcas publicó el pasado viernes un dato preocupante: ocupar a un trabajador en España cuesta hoy un 30,8% más que en 2019, mientras que la productividad por ocupado ha crecido, en el mismo periodo, un 0,2%. Dicho de otra manera, hemos encarecido el factor trabajo casi un tercio sin que cada persona produzca prácticamente nada más que hace siete años. El dato llega en un momento en que se ha consolidado en las redes un mantra que se repite día sí, día también: el problema de este país no son los impuestos ni el importe de las pensiones, sino los salarios bajos.
Es cierto que los salarios son bajos; lo que nunca se explica es de dónde salen. Un salario no es una cifra que se decida en una mesa de negociación ni en un decreto, sino el reparto del valor añadido que genera una actividad, es decir, los ingresos menos los costes. Este excedente es lo que llamamos productividad, y es la única fuente real de la que pueden salir sueldos, impuestos, dividendos y pensiones. Hemos olvidado, como sociedad, algo que cualquier agricultor entendía hace cien años: solo se puede repartir lo que se tiene. Si el pastel es pequeño, por mucho que discutamos la anchura de cada porción, nadie se irá harto de la mesa.
Aún más importante que el tamaño del pastel, sin embargo, es si crece o decrece. Según la OCDE, el salario medio español, medido en paridad de poder adquisitivo, era de 54.564 dólares en 2024, por debajo de los 56.675 que marcó en 2009. Quince años después, todavía no hemos recuperado el máximo. No es solo que el pastel crezca poco: es que la porción media del trabajador todavía es más pequeña que la de antes de la crisis financiera. Compárese con los países bálticos.
En 1995, el salario medio lituano, con la misma medida, era de 13.552 dólares, poco más de una cuarta parte del español. En 2024 era de 52.898, prácticamente el nuestro. Lo han multiplicado por casi cuatro mientras nosotros, desde 1990, hemos avanzado un escaso 13%. Conviene ser precisos: en PIB por habitante, Eurostat todavía sitúa a España por encima de Lituania en 2025. Pero la fotografía importa menos que la película, y la película dice que un país que salía del bloque soviético hace treinta años nos ha alcanzado casi por completo y, al ritmo actual, nos superará antes de que termine la década. La receta no tiene ningún misterio: entender que solo se reparte lo que se tiene y, por lo tanto, poner el esfuerzo en generar la base.
La película dice que un país que salía del bloque soviético hace treinta años nos ha alcanzado casi por completo
En nuestra casa hace demasiados años que el esfuerzo está puesto en el otro lado de la ecuación. Las pensiones contributivas superarán los 230.000 millones de euros este 2026, un 13% del PIB y un 5,8% más que el año pasado. Entre 2011 y 2024, la pensión media creció un 57,1% y el salario medio, un 29,5%. La tasa de sustitución, es decir, la relación entre la primera pensión y el último sueldo, alcanza el 80,4%, la más alta de Europa, cuando la media de la OCDE es del 50,7%. Y simultáneamente, lo que debería inquietar a los defensores del mantra, la presión fiscal sobre las rentas más bajas subió 1,3 puntos entre 2018 y 2024, mientras en la media europea bajaba en una proporción similar. Repartimos más de lo que producimos, lo repartimos hacia el lado que ya no genera, y lo financiamos gravando precisamente los salarios que decimos querer subir.
Cuando la conversación pública decide que el problema es el reparto y no la generación, ocurre lo que vemos: costes que corren más que la productividad, márgenes que se estrechan, inversión que se aplaza y, al final, sueldos que no suben. Un sistema que reparte más de lo que genera acaba encontrando las costuras, y normalmente no por el lugar donde las esperaba.
El informe PISA de 2018 fue un aviso poco oído: los resultados españoles de comprensión lectora se tuvieron que retener siete meses y, cuando finalmente se publicaron, situaban al país en 477 puntos, por debajo de los 487 de media de la OCDE. El organismo descartó la manipulación, pero constató que una parte nada despreciable de los alumnos había contestado más de veinte preguntas en menos de veinticinco segundos y siguiendo patrones mecánicos. Podemos discutir el termómetro; lo que no podemos es hacer ver que el capital humano, que es la materia prima de toda productividad futura, no tiene nada que ver con lo que cobraremos dentro de veinte años.
La salida no es misteriosa, pero sí impopular: discriminar por renta las ayudas que hoy se dan a todo el mundo, ligar el crecimiento de las prestaciones a la capacidad real de la economía y trasladar los recursos liberados hacia aquello que hace crecer la base: inversión, formación, energía competitiva y un contexto en el que llevar a cabo una actividad económica no sea un periplo irresoluble. Los bálticos no obraron ningún milagro; simplemente entendieron el orden de los factores. Primero el horno, después el pastel y, solo al final, la discusión sobre las porciones.