La máquina de vapor encendió la primera Revolución Industrial. Pero fue la electricidad la que hizo posible su segunda gran ola y la fábrica moderna. Y explicarlo así todavía es demasiado abstracto. La electricidad se materializó en centrales, redes, motores, fábricas y millones de máquinas conectadas a una nueva infraestructura energética. Fue esta infraestructura —no la electricidad como concepto— la que transformó la sociedad. Ahora estamos inmersos en una transformación comparable y, posiblemente, todavía más profunda: la disrupción de la inteligencia artificial.

Pero, igual que con la electricidad, hablar de "la IA" en abstracto nos esconde lo más importante. Ciertamente, hay modelos que hacen posible esta transformación. Pero lo que determinará qué países podrán aprovecharla para competir mejor, capturar valor, generar prosperidad y, con esta prosperidad, sostener su escudo social, no serán solo los modelos. Será la infraestructura que hay detrás. En la parte más baja del stack hay algo mucho menos glamuroso que ChatGPT: energía.

China construye. Nosotros miramos

China lo ha entendido perfectamente. En 2025 instaló unos 370 GW de nueva capacidad solar, más del 60% de toda la instalada en el planeta ese año. La Unión Europea, unos 70 GW. Es decir: por cada MW solar que instalaba Europa, China instalaba más de cinco. Y no solo instala placas: controla gran parte de su fabricación, electrifica la industria, despliega robots y construye masivamente centros de computación. La lógica es impecable: energía abundante muy barata, automatización e IA. Si una parte creciente de la producción industrial pasa a robots dirigidos por IA y alimentados con electricidad barata, ¿quién podrá competir en costes? Compárenlo con Catalunya. Las renovables generaron en 2025 aproximadamente el 21% de la electricidad catalana. En España, más del 55%.

Catalunya tiene cerca del 16% de la población española, pero solo alrededor del 4% de la potencia fotovoltaica. Aún más revelador: España instaló solo durante 2025 unos 8,8 GW nuevos de fotovoltaica. En un solo año, más de cuatro veces toda la potencia solar acumulada por Catalunya. Este es el punto: no es que vayamos un poco atrasados. La distancia aumenta. Y aún no hemos electrificado masivamente la movilidad, la climatización, la industria, ni hemos desplegado robots y la IA a gran escala. Todo esto necesita mucha más electricidad. Después vienen los centros de datos: las auténticas centrales de la IA.

Las estimaciones varían según qué se cuente, pero el orden de magnitud es claro. Para 2030, Estados Unidos podría tener cerca de 100 GW de capacidad de centros de datos; China, entre 60 y 80 GW; Europa, unos 28 GW. España podría alcanzar los 2,5 GW. Catalunya, a unos 0,148 GW. Esto significa que, en 2030, por cada MW de centro de datos catalán, China podría tener más de 400. Podemos discutir si serán 350, 400 o 500. Lo que no podemos discutir es que no jugamos a la misma escala. Y eso importa porque un centro de IA transforma electricidad en computación y computación en inteligencia. Y esta inteligencia se convierte después en software, fábricas más productivas, robots, nuevos medicamentos, nuevos materiales, servicios y riqueza. Es aquí donde se captura el valor.

Administrar la escasez

Ante este panorama, parecería lógico que la prioridad fuera construir desesperadamente más energía, más red y más centros de datos. China lo hace. Estados Unidos lo hace. Nosotros regulamos. El Gobierno español tramita por vía de urgencia un proyecto de real decreto que impone nuevas condiciones a los centros de datos de más de 1 MW. Entre otros requisitos, deberán cubrir al menos el 80% del consumo con nueva generación renovable y acreditarlo hora a hora. No anualmente. Hora a hora. Esto obliga a contratar PPA más sofisticados, combinar diferentes fuentes de generación, incorporar almacenamiento o asumir costes adicionales. ¿Se puede hacer? Naturalmente. ¿Es gratis? Naturalmente que no. Y aquí aparece la gran paradoja. España tiene hoy solo unos 439 MW de potencia IT comercial instalada, pero los centros de datos ya han solicitado y obtenido alrededor de 12 GW de derechos de acceso a la red.

Es decir: hay inversores, hay proyectos y hay demanda. Lo que falta es red. Y ante una escasez de infraestructura que nosotros mismos no hemos construido, la respuesta es poner más condiciones a los que quieren invertir. No solucionamos la escasez. La administramos. Mientras tanto, repetimos que queremos "soberanía digital", "liderazgo en IA" y una "economía del conocimiento". Pero la soberanía no se proclama. Se construye. Con energía. Con redes. Con chips. Con centros de datos. Con capital. Y con velocidad. Podemos decidir que no queremos placas solares porque ocupan territorio. Que no queremos líneas eléctricas. Que no queremos nucleares.

Que no queremos centros de datos porque consumen energía. Todo esto es legítimo. Lo que no podemos hacer es tomar todas estas decisiones y, a la vez, pretender liderar una economía basada en IA, robots, movilidad eléctrica e industria avanzada. Los demás ya están construyendo esa economía. Nosotros todavía la estamos regulando. Y cuando los demás avanzan y tú te quedas quieto, no te quedas igual. Te haces más pobre. Comparativamente, claro. Y si continuamos así, el país digital del mañana será, paradójicamente, un país a oscuras.