Los niños que se descubren solos

- Mookie Tenembaum
- Tokio. Viernes, 2 de octubre de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Cada tres años la OCDE toma un examen a chicos de 15 años en decenas de países. Mide lectura, matemáticas y ciencia. La prueba PISA fue durante dos décadas el termómetro de la educación mundial. Entre tanto, los resultados de 2022 mostraron una caída marcada. Muchos la atribuyeron a la pandemia y esperaron que fuera pasajera. Sin embargo, los resultados de 2025 mostraron lo contrario y la caída se hizo más pronunciada. Un chico de 15 años en un país rico sabe hoy lo que sabía un chico de 13 años y medio en 2015. Es decir, perdió un año y medio de escuela sin haber faltado a clase.
Se buscó al culpable en el método y así, Finlandia, que en el año 2000 encabezaba el ranking y recibía delegaciones de todo el mundo, cayó hasta el promedio. Escocia y Gales, que copiaron el modelo finlandés de currículo flexible y sin rankings, se desplomaron. Inglaterra, que mantuvo un programa rígido y tablas de posiciones entre escuelas, se sostuvo. Mississippi, uno de los estados más pobres de Estados Unidos, enseñó a leer con el método antiguo de las letras y los sonidos y superó a California. De todo esto se deduce una receta: menos habilidades blandas, más contenidos, más exámenes y más rigor.
Sin embargo, la educación se terminó por dos motivos. El primero es que la enseñanza era una certificación para trabajar. El título decía que el portador sabía hacer algo y por eso lo empleaban. Si el trabajo se contrae hasta desaparecer, y todo indica que ese es el rumbo, la certificación no certifica nada. El segundo motivo es que el aprendizaje era el modo de adquirir conocimiento. Hoy todo lo que una persona necesita saber, que es cada vez menos, se lo puede pedir a la inteligencia artificial sin pagar, con más exactitud y con más pericia que la de cualquier maestro. Lo que PISA mide es cuánto de ese conocimiento quedó en la cabeza de un niño. Es como medir cuánta agua carga un hombre en un balde el día en que se inaugura la red de agua corriente.
La objeción habitual es que el joven que no sabe leer no va a saber qué preguntarle a la IA ni juzgará lo que le contesta. La objeción tiene una fecha de vencimiento porque la IA ya formula la pregunta cuando se le pide y evalúa la respuesta cuando se le pide. Estamos en una fase bisagra en la que todavía alguien le indica a la IA qué hacer y esta ejecuta algo pensado por un humano. Esa etapa se cerrará, puesto que el eslabón débil de la cadena somos nosotros, y un proceso mejora cuando se cambia el paso débil.
Ya no hace falta que todos los chicos sepan; se requiere a cinco que sepan, quieran y empujen
No muere la educación, desaparece la enseñanza masiva, una invención reciente. Durante casi toda la historia, el estudio fue asunto de pocos. La escuela para todos tiene menos de 200 años y nació para fabricar obreros, soldados y empleados que supieran leer instrucciones. Si esas funciones desaparecen, la escuela para todos vuelve a ser innecesaria. PISA mide promedios de países; si lo que importa es un puñado, la media es ruido.
Ya no hace falta que todos los chicos sepan; se requiere a cinco que sepan, quieran y empujen. Los demás usarán la IA para preguntar por la vida privada de los famosos, y eso está bien, porque es lo que quieren y el algoritmo no juzga.
Así, la pregunta operativa es cómo se encuentra a los cinco. La respuesta es que no se los encuentra; estos se descubren solos. La historia está llena de casos. Faraday fue aprendiz de encuadernador y leyó los libros con los que trabajaba. Ramanujan mandó cartas con teoremas desde la India a un matemático de Cambridge que no lo conocía. Ninguno de los dos salió de un sistema de detección de talentos. Y hoy el costo de aparecer es casi cero; el que quiere ya no necesita ni el libro, ni el profesor, porque tiene la IA en el bolsillo. Si con eso no aparecen, no los necesitamos. Por lo tanto, lo que aparezca alcanza, porque la IA hace el resto.
Y aquí está el cambio que la discusión sobre currículos no ve. El recurso escaso ya no es saber, sino querer. La IA no desea nada porque es una herramienta de una potencia sin precedentes, pero sin intención propia. Lo único que le falta al sistema son unas pocas personas que anhelen algo. PISA mide conocimiento en millones cuando lo que importa es intención en cinco. Es decir, mide con precisión la variable equivocada.
Los chicos que no están en esos cinco vivirán una vida sin función. Sobre eso ya escribí muchas veces y no lo repetiré; la vida no tiene función. Esos son los hechos y la IA solo los hace visibles.
Mientras tanto, los ministros de Educación de medio mundo discuten si Finlandia se equivocó y si Inglaterra acertó; debaten con seriedad, con datos y con gráficos. Pero se acaloran por cosas pasadas, de espaldas al futuro.
Las cosas como son.