Nadie quiere pagar impuestos: el caso de los ultrarricos

- Guillem López-Casasnovas
- Barcelona. Miércoles, 18 de febrero de 2026. 05:30
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Es conocido que la economía está generando hoy grandes fortunas, a la vez que deja a bastante gente detrás, sin salida ni esperanza de mejora. Esto es cierto tanto a nivel de un solo país como en el mundo más global. Ultraricos los ha habido siempre, pero pertenecían en el pasado a las clases más poderosas políticamente, en nombre de los derechos que ejercían sobre la tierra (latifundistas, nobles) o sobre las personas (los monarcas y los esclavistas). Ahora empieza a haber ultraricos salidos de clases más populares desde el ingenio o el talento personal, sin necesariamente un legado dinástico. En la economía actual, el fenómeno de one winner takes all es el cebo de muchos tecnólogos innovadores y del sentimiento de que la riqueza se ha democratizado. Todo el mundo lo puede intentar sin más condicionamientos. Artistas y deportistas de superélite y especuladores de capital van detrás. A diferencia de los anteriores, no les hace falta ejercer la coacción sobre otros para conseguir sus fortunas: es el talento, la preparación, la lotería del gen, la asunción exitosa de riesgo y un plus de suerte, lo que lo puede permitir. Y este éxito ya no genera un rechazo similar al que causaba el poderoso que abusaba de los derechos de otros, sino que más bien causa admiración o envidia.
Lo cierto es que, a pesar de esta acumulación de fortunas, excepto en casos puntuales, no se detecta un sentimiento de agradecimiento por la suerte o la fortuna que la genética ha dado a aquellos que ya no saben contar el dinero que tienen, quizás pensando que se lo merecen, como para hacer un retorno social en forma de pago de impuestos. Ni que sea a modo de aceptación de que su beneficio es la externalidad de todos aquellos que les admiran y les pagan los royalties de reconocimiento voluntario en los mercados, utilizando maquinaria, software o pasando por taquilla. De manera que ellos, como muchos otros ciudadanos de condición diversa, tampoco quieren pagar impuestos; al fin y al cabo, el estado de bienestar no es para ellos y tampoco hacen uso de la mayoría de los servicios públicos.
Son tan ingentes las fortunas que se mueven hoy en el mundo que es tentador en todo momento y lugar plantear que un impuesto, que a menudo se dice temporal, con un tipo bastante bajo, generaría una gran recaudación que podría permitir muchas cosas en bien de sus conciudadanos o de la humanidad en general. Así lo piden hoy conocidos grandes economistas como Stiglitz, Saez, Zucman, Milanovic... Pero no. Ellos también, con el apoyo de algunos medios acólitos y analistas de conveniencia, argumentan en contra de aquellas formas de fiscalidad.
Excepto en casos puntuales, no se detecta un sentimiento de agradecimiento por la suerte que han tenido aquellos que ya no saben contar el dinero que tienen
Un argumento a menudo utilizado para hacer ver que la salsa sería más cara que el pescado es el de la elasticidad —la facilidad de respuesta— de las fortunas ante un incremento de la presión fiscal. A golpe de clic, con nocturnidad y alevosía, se pueden deslocalizar las grandes fortunas de un día para otro, ya que siempre en el mundo global habrá quien aspire a atraer hacia sí todos aquellos recursos con fiscalidad más favorable globalmente, y, aun así, el país recaude más. De modo que si uno sube los impuestos sobre el capital, sobre el patrimonio, sobre las herencias, sobre las grandes fortunas, la amenaza es la misma deslocalización de la riqueza, del ahorro, de la inversión, de la creación de puestos de trabajo. Los tipos podrán ser más altos, progresivos, pero no habrá bases de riqueza que se puedan gravar. Una coerción de movilidad casi infinita que no pueden combatir las rentas del trabajo en igual medida. Como dice la teoría económica, a más rigidez del factor, más inelasticidad, mayor gravamen. Otra razón a menudo esgrimida contra el aumento de la presión fiscal sobre el capital es que, sin embargo, el Estado gasta mal cualquier recaudación que se le ponga en las manos. Y la compasión hacia los menos favorecidos también la puede ejercer, y mejor, la iniciativa privada desde un altruismo controlado de fundaciones y corporaciones sin ánimo de lucro. Es la teoría de la redistribución como bien privado voluntario, que negligencia su aspecto más trivial: todos los ricos, a pesar de quererla por bien de la cohesión social y de la legitimación de su ganancia, pueden esperar que la redistribución la haga alguien otro. Y así no la acabe haciendo nadie.
Ante el supuesto realismo fáctico de los dos argumentos, conviene recordar su futilidad: cuando una cosa se valora negativamente (la eficiencia en el gasto público), antes de dinamitarla, conviene mirar de enmendar para mejorarla. Y sobre la ligereza con la que se amenaza con la deslocalización, conviene recordar que, si bien el capital no tiene patria, sí la tienen las personas que lo acumulan. La única fuerza, pues, que puede contrarrestar aquel comportamiento es poner en valor aquello que no se compra ni se vende: la estima social, el reconocimiento propio, el sentido comunitario de pertenencia. Por lo tanto, en nuestra casa, ni una distinción, ni el nombre de una calle, ni un galardón de país para aquel que no se reconoce en él.