Leo Messi y la Teoría de Juegos
- Fernando Trias de Bes
- Barcelona. Domingo, 17 de mayo de 2026. 05:35
- Tiempo de lectura: 2 minutos
Esta semana hemos sabido que Leo Messi ha comprado las antiguas galerías Via Wagner de Barcelona por 11,5 millones de euros. Sarrià-Sant Gervasi. Turó Park. Calle Beethoven. Bori i Fontestà. Una de las zonas más caras de Barcelona. Cuatro mil metros cuadrados en un enclave donde dos buenos pisos ya pueden acercarse a esa cifra. Increíble.
La pregunta es por qué ha podido pagarlo a ese precio.
La respuesta está en los treinta y tres años de abandono. Las galerías cerraron en 1993. Desde entonces, saqueos, ocupaciones, deterioro, un incendio y una degradación progresiva que acabó convirtiendo un activo extraordinario en un despojo urbano. Lo que podía haber sido una operación rentable para sus propietarios terminó convertido en una venta de despojos.
¿Por qué sus propietarios han podido perder tanto dinero desde la inacción? Aquí entra la teoría económica. Voy a combinar dos ideas: bienes comunales y teoría de juegos.
Lo que podía haber sido una operación rentable para sus propietarios terminó convertido en una venta de despojos
Allí había 87 locales. Y, por tanto, 87 propietarios. Cada uno tenía su propia idea sobre lo que convenía hacer. Y no había forma de ponerse de acuerdo. Ese es el drama económico de muchos bienes compartidos. No hace falta que sean comunales en sentido estricto. Basta con que la propiedad esté fragmentada, que las decisiones dependan de muchos actores y que el beneficio final exija una coordinación que nadie consigue imponer. Entonces aparece el bloqueo.
Nadie quiere ser el primero en ceder. Nadie quiere aceptar una propuesta porque cree que su idea, no aceptada, es mejor. Resultado: inacción. Y, mientras tanto, el activo se pudre.
La teoría de juegos lo explica así: en determinadas situaciones, la conducta racional de cada individuo conduce a un resultado irracional para todos. Cada propietario piensa que resistir le protege. Que esperar le da fuerza. Que no aceptar una salida común evita que otro se aproveche. Pero cuando todos piensan igual, el conjunto se deteriora. El valor cae. El tiempo trabaja en contra. El mercado castiga la falta de acuerdo. Y todos pierden más que si hubieran cedido. Esa es la paradoja. Por no dejar de ganar algo, perdemos todo.
El dilema del prisionero se da en comunidades de vecinos que no rehabilitan edificios; en herencias familiares que acaban en pleitos eternos; en locales cerrados durante décadas porque nadie acepta una solución que no sea la suya. Pero también en países, instituciones y bloques políticos que confunden la defensa del interés propio con la incapacidad de moverse.
La economía demuestra que, en sistemas interdependientes, la cesión puede ser la única forma inteligente de preservar valor
Durante años, ochenta y siete propietarios tuvieron en sus manos un activo magnífico. Era un espacio enorme en una de las mejores ubicaciones de Barcelona. El desacuerdo lo convirtió en ruina. Después llegó una empresa de inversión, Santomera Bay, compró local por local, reconstruyó la unidad de decisión y vendió el conjunto a Messi.
Esta lectura vale para una galería comercial y vale para la política. La Unión Europea vive instalada en una versión sofisticada del mismo problema. Cada país defiende su posición nacional. Cada gobierno calcula su coste electoral. Cada capital teme ceder demasiado ante las demás. Y así, decisión tras decisión, la respuesta común llega tarde, llega pequeña o no llega.
Europa habla de autonomía estratégica, pero duda cuando debe financiarla. Habla de defensa común, pero sigue dependiendo de equilibrios nacionales. Habla de industria, pero compite internamente por atraer inversiones. Habla de energía, tecnología, migración, inteligencia artificial o mercado de capitales, pero arrastra procesos lentos, vetos cruzados y consensos mínimos. Cada socio protege su parcela. El resultado agregado es una pérdida gradual de peso.
La política suele presentar la cesión como una derrota. La economía demuestra que, en sistemas interdependientes, la cesión puede ser la única forma inteligente de preservar valor. No se trata de renunciar a los intereses propios. Se trata de entender que hay momentos en los que el máximo individual posible destruye el máximo colectivo alcanzable.
El caso Messi tiene el atractivo del nombre propio. Por eso ha salido en los titulares.
Pero lo relevante no es Messi. Lo relevante es el precio de la descoordinación.