La invasión de Irán y la apuesta energética
- Xavier Alegret
- Barcelona. Lunes, 16 de marzo de 2026. 05:30
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Si es cierto el tópico que dice que todas las crisis generan oportunidades, aprovechemos las que pueden venir de la situación de incertidumbre y encarecimiento de la energía a causa de la guerra de Irán. Que venga una crisis más o menos grande dependerá en buena parte de la duración de la guerra y de sus consecuencias en los países implicados, pero sí que nos deja lecciones de las cuales deberíamos tomar nota.
Como con la invasión de Ucrania, en la de Irán la primera y más rápida consecuencia económica ha sido el encarecimiento de la energía a causa del freno en las exportaciones por parte de un país productor. El petróleo y el gas se han disparado en las últimas semanas, con alguna subida diaria de dos dígitos. Antes de la invasión, el barril de Brent se pagaba a unos 70 dólares; ahora supera los 100 dólares. El gas también se disparó, pero después retrocedió y acumula solo un alza del 5 %.
Estas subidas tienen un efecto automático en el precio de la gasolina, los carburantes, el gas natural y también la electricidad, ya que hay parte que se produce con gas y gasolina. Esto afecta a toda la economía, puesto que impacta en cada eslabón de la cadena productiva: encarece la fabricación por los costes energéticos, el transporte —hay que pagar más para llenar el depósito de los camiones— y la distribución. Por lo tanto, cuando vamos a la tienda, nos cuesta más llenar la cesta.
Es un proceso automático, pero no lineal. Afecta más o menos en función de la dependencia del petróleo y el gas. Todas las economías lo tienen, pero no en la misma medida. Para el transporte, es casi inevitable. Pero en la electricidad, cada vez más importante en nuestra economía, el mix productivo lo condiciona todo. Cuantas más tecnologías tengas que no dependan del petróleo y el gas, más aislado estarás de los conflictos internacionales. Es decir, renovables y nuclear.
El efecto de la invasión de Irán en los precios energéticos es automático pero no lineal. Afecta más o menos en función de la dependencia del petróleo y el gas
En este sentido, España está en una situación ventajosa. Así lo certifica el informe del think tank Ember publicado el pasado viernes, que sitúa al Estado como el más protegido de Europa. El estudio asegura que el impacto de la subida del gas en el precio de la luz se produce solo en el 15 % de las horas, mientras que en un país tan cercano, y similar en cuanto al clima, como Italia, son el 89%, lo que lo hace extremadamente vulnerable.
Estos datos son un claro elogio de la política energética española de las últimas dos décadas, en las cuales ha apostado desacomplejadamente por la expansión de la energía eólica y solar. Con subvenciones, con un efecto encarecedor de la factura de la luz por el llamado déficit de tarifa, pero a la larga ha sido positivo porque la luz generada con renovables es la más barata de producir y, además, como ya se vio con la guerra de Ucrania, te protege.
Con el apagón hubo cierto debate sobre si España había ido demasiado lejos con las renovables. Esta crisis nos hace ver que no, que hay que seguir este camino, por los motivos ya expuestos y porque la electrificación de la economía irá a más y necesitaremos más producción. Quizás será necesario que se gestione mejor la red, y que se modernice para poder asumir toda la electricidad que se fabrica. También que se invierta en almacenamiento, para aprovechar aún más uno de los grandes recursos naturales del Estado, el sol. No puede renunciar a ello. España, que no tiene recursos naturales, no puede frenar su apuesta renovable.
Catalunya, en cambio, no ha hecho los deberes, y los tiene que hacer ahora a toda prisa. Tardará muchos años en llegar a un nivel de renovables aceptable. Mientras tanto, aproximadamente el 60 % de la electricidad que genera sale de los reactores nucleares de Ascó I, Ascó II y Vandellós II. Es evidente, por lo tanto, que Catalunya no puede renunciar a estas centrales. Tampoco España, aunque su peso relativo sea más pequeño, porque su precio también está protegido de los conflictos de los que hablábamos y porque aportan estabilidad en el suministro.
España no puede renunciar a sus grandes recursos naturales energéticos, el sol y el viento. Pero tampoco a la estabilidad que aporta la nuclear
Por ahora, y a pesar del clamor del sector energético y del mundo empresarial, el gobierno español mantiene el calendario de cierre de las centrales nucleares, que empieza con Almaraz (Extremadura) en 2027. La semana pasada, el ministerio de Transición Ecológica reiteró que no prevé ninguna prórroga. Es un error. Francia ya ha rectificado, en Estados Unidos se proyectan nuevos reactores para alimentar los centros de datos y Alemania, que completó el cierre nuclear, tiene ahora un problema de precios energéticos que frena la competitividad de la industria, su gran pilar económico.
España no puede renunciar a su apuesta renovable, pero tampoco a las nucleares. Para reducir la dependencia del ciclo combinado y, por lo tanto, de los combustibles fósiles; para tener un mix que dé más estabilidad al sistema eléctrico, y porque, de aquí a 10, 15 o 20 años, cuando todos los coches se enchufen y la industria haya ido abandonando cada vez más los fósiles y también esté enchufada, tengamos suficiente electricidad para no quedarnos a oscuras.