La noticia es aparentemente menor y bastante técnica: un despacho regulatorio español, finReg360, y una empresa tecnológica, Flanks, anuncian el lanzamiento de lo que llaman la primera “autopista europea” para que los bancos intercambien datos de sus clientes. El titular habla de intercambio, de eficiencia, de que los sistemas “hablen entre sí”. Todo suena razonable, incluso aburrido. Pero no lo es.

Lo que se ha presentado no es una app, ni un servicio para particulares, ni software. Es una infraestructura. Un estándar para que bancos, gestoras, aseguradoras y entidades financieras compartan información de forma automática, segura y compatible, sin tener que rehacer sus sistemas cada vez que interactúan entre ellos. No se trata de qué datos se usan, sino de cómo circulan.

El proyecto se dirige al corazón del sistema financiero: banca privada, gestores de patrimonio, custodios, fondos de inversión. A todos aquellos que gestionan patrimonios globales con sistemas fragmentados. Cada entidad ve solo una parte de la “peli” (el cliente), cada banco habla un idioma tecnológico distinto, y cualquier visión consolidada del patrimonio es costosa, lenta y plagada de inexactitudes o errores.

Esta “autopista” no nace por una iluminación repentina de estos dos “emprendedores”, sino por algo mucho más prosaico: la regulación europea. Después de obligar a los bancos a compartir datos de cuentas y pagos con PSD2, Bruselas prepara el siguiente paso, el llamado Open Finance. Ya no solo cuentas corrientes, sino inversiones, seguros, planes de pensiones, hipotecas. El mensaje es claro: los datos han de poder viajar.

Europa lleva años persiguiendo la unificación financiera. El dato compartido es el siguiente paso. Y probablemente el más sensible

El problema es que la ley puede ordenar compartir, pero no construye autopistas. Y sin autopista, cada intercambio es un atasco. Lo que hacen finReg360 y Flanks es adelantarse a lo que viene y ofrecer una solución antes de que el regulador obligue a improvisar. No es altruismo, es anticipación. Y negocio, claro.

Hasta aquí, la explicación técnica. Lo interesante viene en las siguientes líneas.

Esto no es solo una mejora de eficiencia. Es un cambio de modelo. Durante décadas, el sistema financiero europeo ha funcionado como un conjunto de silos nacionales, institucionales y tecnológicos. Cada banco era una caja negra. Cada país, una frontera. Esto avanza hacia algo distinto: una red en la que el dato viaja, se normaliza y se vuelve inter-operable.

Europa lleva años persiguiendo una unificación financiera que nunca termina de llegar. Moneda común, sí. Mercado de capitales, a medias. Supervisión bancaria, más o menos. El dato compartido es el siguiente paso. Y probablemente el más sensible. Porque el dato no es solo información económica; es identidad, comportamiento, decisiones vitales.

Cuando el sistema se convierte en red, el poder deja de estar solo en las entidades y pasa también a la infraestructura. El mundo es de quien controla el dato

Vamos con el peaje. Oficialmente, todo esto se hace en nombre del cliente. Y es cierto que la protección de datos sigue siendo el marco legal. Consentimiento explícito, trazabilidad, control. Sobre el papel, más garantías que antes. Pero nuestra vida financiera va a ser cada vez más transparente.

La pregunta incómoda siempre aparece: ¿y Hacienda? Formalmente, estas infraestructuras no están pensadas para la Agencia Tributaria. Pero también es cierto que el sector público ya recibe hoy enormes cantidades de información financiera de forma automática. Cuando algo se puede hacer fácilmente, antes o después alguien se plantea hacerlo. No seamos cándidos. Esto va a pasar más adelante.

La autopista de datos no obliga a nadie a circular. Pero una vez construida, todos acabarán usándola. Como casi siempre en economía, la decisión no es moral. Es práctica.

Que sí, que esto tiene ventajas evidentes. Más competencia, menos costes operativos, menos papeleo absurdo. Pero también tiene implicaciones menos cómodas. Cuando el sistema se convierte en red, el poder deja de estar solo en las entidades y pasa también a estar en la infraestructura. En quien define los estándares, los accesos, la velocidad y las reglas del juego. El mundo es de quien controla el dato. Ya lo sabemos.

Por esas autopistas primero viajaremos solos. Pero antes de lo que pensamos circularán coches de policía junto a nuestros propios coches

Y cuando el poder esté en la infraestructura es cuando el poder político pone contra las cuerdas al empresarial. Por esas autopistas primero viajaremos solos. Pero antes de lo que pensamos circularán coches de policía junto a nuestros propios coches.

“1984” bancario. Un George Orwell financiero. Hace tiempo que vamos hacia ahí. La distopía empieza a convertirse en real.