Vistas en perspectiva, si algo puede concluirse de cada una de las ediciones del Foro Económico Mundial (o Foro de Davos) es que funcionan mejor como un sismógrafo que como un laboratorio de ideas. No predicen terremotos: registran vibraciones que ya están ocurriendo bajo nuestros pies. La última no ha anunciado el futuro del trabajo, aunque sí ha confirmado algo más incómodo: que ya hemos entrado en otra época, aunque sigamos usando mapas mentales diseñados para el mundo pasado. En otras palabras, Davos no ha sido capaz de constatar que el contrato social está fallando mientras seguimos actuando como si no fuera así.

Tres señales convergentes atraviesan los informes de este año. No son optimistas ni tranquilizadoras, aunque juntas revelan una verdad que cuesta aceptar: el binomio trabajo/empleo ha vuelto al centro del tablero no por nostalgia, sino porque se ha convertido en infraestructura crítica en un mundo fragmentado, desconfiado y competitivo.

Así, el Global Risks Report introduce una idea clave: 2026–2036 será la “era de la competición”. No hablamos ya de competencia económica, sino de fragmentación geopolítica, debilitamiento del multilateralismo y uso explícito del talento, la tecnología y las cadenas de suministro como instrumentos de poder. De ser ciertas estas proyecciones, se vulneraría una premisa que ha sostenido durante décadas el debate sobre el empleo, esto es, la existencia de un mercado global relativamente fluido. Hoy, las trayectorias profesionales ya no dependen solo de las capacidades individuales o de las decisiones organizativas: obedecen a políticas industriales, regulaciones migratorias, estrategias de soberanía tecnológica y tensiones geopolíticas que los individuos no controlan.

En tal contexto, el talento deja de ser un factor productivo y se convierte en un recurso estratégico. El resultado final dibuja un escenario lleno de fricciones: movilidad internacional bloqueada justo cuando más se necesita, sectores críticos con escasez estructural de talento, envejecimiento acelerado sin relevo generacional y trayectorias profesionales condicionadas por decisiones invisibles. El binomio trabajo/empleo adquiere el valor de pieza central de la estabilidad social. Tratarlo como un asunto técnico o secundario ya no es ingenuo, es irresponsable.

Davos no ofrece respuestas, pero plantea algo más inquietante: ya no hay excusas para no hacernos las preguntas correctas

Sin abandonar el foro suizo, la segunda señal relevante procede del Youth Pulse 2026 y tiene que ver con la relación entre los jóvenes y la IA, para desmontar una de las certezas más en boca de todo el mundo. Los jóvenes no rechazan la inteligencia artificial, la usan, la normalizan, la integran en su vida diaria, pero dos de cada tres creen que su impacto será vital hasta el punto de reducir sus opciones para acceder a un primer empleo.

La paradoja es brutal. La tecnología que promete democratizar capacidades amenaza los puestos que, históricamente, cumplían una función esencial: el aprendizaje de la experiencia. Durante décadas, los primeros empleos no han sido eficientes en términos productivos, pero sí sociales. Eran espacios de aprendizaje tácito, socialización profesional, construcción de identidad y redes. La IA y la automatización tensionan ese modelo. Si una máquina puede hacer “lo básico” mejor y más rápido, ¿qué queda para quien empieza? El problema no es la automatización en sí, sino el cierre de la puerta de entrada al mundo laboral.

A esto se suma una redefinición profunda del éxito profesional. Propósito, flexibilidad y aprendizaje pesan más que la estabilidad formal. No es rechazo a la estabilidad; es rechazo a una estabilidad sin sentido. El contrato de entrada al trabajo está roto. Seguir tratándolo como un problema generacional es no ser conscientes del impacto estructural que ello genera.

La tercera señal, quizá la más incómoda, procede del Edelman Trust Barometer 2026 y se centra en el hecho de que la confianza se repliega a espacios cercanos y homogéneos. La crisis de confianza ya no se limita a la pérdida de credibilidad institucional. Emerge una figura inesperada: el empleador. Las empresas siguen siendo la institución que genera mayor confianza, no por excelencia moral, sino por descarte. Para muchas personas, la empresa es uno de los pocos espacios donde aún se pueden discutir temas complejos: impacto de la IA, productividad, diversidad y cambio social bajo reglas acordadas, entre otros. Esto tiene implicaciones enormes. La resistencia a la IA no es de raíz técnica: se trata de una crisis de confianza. La productividad sin confianza genera eficiencia frágil y conflicto latente. Y muchas organizaciones no están preparadas para asumir el rol social que, les agrade o no, ya desempeñan.

Si la productividad se persigue sin confianza, la resistencia no será ideológica: será humana

Analizados en su conjunto, los informes configuran un mismo paisaje: un mundo más competitivo, jóvenes que cuestionan las promesas tradicionales vinculadas al empleo y sociedades más desconfiadas que buscan anclajes cercanos. No estamos ante una transición tecnológica y sí frente a una renegociación del contrato social que sostiene el trabajo como institución básica. No podemos pensar que solo con más contenidos formativos, cultura corporativa o liderazgo empático podemos resolver el problema. Necesitamos tomar conciencia de la relevancia del trabajo/empleo como infraestructura social y de la necesidad de buscar sustitutos en el momento en que este no pueda seguir siendo el elemento central de la vida humana.

Nos estamos acercando a una realidad que puede tener consecuencias perversas. Si el trabajo/empleo deja de ser una opción vital con sentido, las personas no se adaptarán y se desconectarán. Si la entrada al empleo deviene un privilegio opaco, la meritocracia será solo un relato vacío. Y si la productividad se persigue sin confianza, la resistencia no será ideológica: será humana. La IA no es culpable de nada. Lo somos nosotros desde el momento en que evitamos tomar las decisiones morales, políticas y organizativas que deberíamos haber tomado ya. Durante años se nos dijo que el mercado resolvería las transiciones y, ahora, ya tenemos la evidencia de que no lo hará por sí solo. Nos prometieron flexibilidad y nos entregaron fragilidad.

Davos no ofrece respuestas, pero plantea algo más inquietante: ya no hay excusas para no hacernos las preguntas correctas, tomando en cuenta que no responderlas también es una decisión. No podemos ni debemos mirar hacia otro lado. Pensar y actuar en el futuro del trabajo/empleo sin tomar en cuenta aspectos como la dignidad humana, el desarrollo vital y la pertinencia social es una grave irresponsabilidad y una muestra evidente de la ruptura del contrato social.