¿Estamos creando empresas inteligentes dirigidas por personas agotadas?
- Edgar González
- Barcelona. Sábado, 7 de noviembre de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 2 minutos
Nunca habíamos tenido tanta tecnología a nuestra disposición. Inteligencia artificial, automatización, herramientas de gestión, asistentes virtuales, sistemas predictivos... Las empresas invierten millones de euros para ser más eficientes, tomar mejores decisiones y ganar productividad. Todo parece orientado a hacernos la vida más fácil.
Pero hay una paradoja que cada vez me llama más la atención: mientras nuestras empresas se vuelven más inteligentes, muchos de sus directivos están cada vez más agotados.
Agendas imposibles, reuniones interminables, correos a cualquier hora, decisiones urgentes y una sensación permanente de no llegar a todo. Hemos conseguido que las máquinas trabajen más deprisa, pero no parece que hayamos conseguido que las personas trabajen mejor. Y quizás nos deberíamos preguntar por qué.
Durante años hemos asociado el compromiso profesional con la disponibilidad absoluta. Un directivo que responde mensajes a las once de la noche parece más implicado que otro que lo hace al día siguiente. Quien tiene la agenda llena transmite una imagen de importancia. Y quien siempre está disponible parece imprescindible.
Durante años hemos asociado el compromiso profesional con la disponibilidad absoluta. Quien siempre está disponible parece imprescindible
Pero, ¿realmente, esto es liderar?
Hemos normalizado el agotamiento como si fuera una demostración de responsabilidad. Y lo más preocupante es que, en muchos casos, no solo lo aceptamos, sino que lo premiamos.
Conozco directivos que pueden explicar con una precisión extraordinaria los indicadores de productividad de sus organizaciones, pero que serían incapaces de decir cuándo fue la última vez que dispusieron de una tarde entera para reflexionar sobre el futuro de la compañía. Profesionales brillantes que dedican más tiempo a gestionar urgencias que a tomar decisiones estratégicas. Y no es una contradicción menor.
La tecnología nos debería permitir liberar tiempo para aquello que realmente aporta valor: pensar, escuchar, anticiparnos, desarrollar talento y tomar decisiones con perspectiva. Pero a menudo ocurre exactamente lo contrario. Cada herramienta que promete ahorrarnos tiempo acaba generando nuevas tareas, más información para analizar y más expectativas de respuesta inmediata.
La tecnología nos debería permitir liberar tiempo para lo que aporta valor: pensar, escuchar, anticiparnos y tomar decisiones con perspectiva
Hemos convertido la eficiencia en una excusa para exigirnos todavía más. Y aquí es donde creo que tenemos un problema de liderazgo, no de tecnología.
Porque una organización no es inteligente solo porque utilice inteligencia artificial. Lo es cuando sabe distinguir lo que es importante de lo que simplemente es urgente. Cuando entiende que la calidad de una decisión no depende de la velocidad con la que se toma. Cuando respeta los espacios de concentración y comprende que descansar no es perder el tiempo.
Un directivo agotado puede seguir tomando decisiones, evidentemente. Pero difícilmente las tomará siempre con la misma lucidez, creatividad y capacidad de escucha. Y cuando esto se convierte en una situación permanente, las consecuencias acaban afectando a toda la organización.
Quizás ha llegado el momento de revisar algunos de los indicadores con los que medimos el buen liderazgo. Menos horas de disponibilidad y más calidad en las decisiones. Menos reuniones y más conversaciones útiles. Menos urgencias artificiales y más capacidad de anticipación.
Una organización no es inteligente solo porque utilice IA. Lo es cuando sabe distinguir lo que es importante de lo que simplemente es urgente
No se trata de trabajar poco, ni de renunciar a la ambición o a la exigencia. Se trata de entender que el alto rendimiento sostenido no puede construirse sobre el agotamiento permanente de las personas.
La inteligencia artificial seguirá avanzando. Las empresas dispondrán de sistemas cada vez más sofisticados, rápidos y precisos. Pero hay algo que ningún algoritmo podrá resolver por nosotros: decidir qué tipo de organizaciones queremos construir y cómo queremos trabajar en ellas.
Porque quizás el verdadero progreso empresarial no consistirá en conseguir que las personas hagan cada vez más cosas en menos tiempo, sino en permitir que dediquen más tiempo a las cosas que realmente importan.
¿Para qué de qué sirve tener una empresa cada vez más inteligente si las personas que la tienen que dirigir no tienen tiempo ni energía para pensar?